Matanza en Yemen

Por Juanjo Sánchez Arreseigor (EL CORREO DIGITAL, 04/07/07):

Hemos perdido a siete compatriotas en un salvaje atentado cometido en un país remoto con el que jamás hemos tenido conflicto alguno. ¿Por qué? Yemen, tan extenso como España, es un país muy antiguo. Yemen del Norte fue una de los pocas naciones islámicas que preservó su independencia frente al colonialismo occidental. La monarquía tradicional fue derribada en 1962 por una revolución de izquierdas que llevó a Yemen del Norte a la órbita soviética. Los británicos se apoderaron del estratégico puerto de Adén en 1839 y desde allí absorbieron poco a poco las comarcas circundantes para formar la colonia de Yemen del Sur, que consiguió su independencia en 1967. Sin embargo, el gobierno efectivo de ambos territorios lo formaban siempre los jeques de los clanes. El poder central controlaba a estos gerifaltes mediante complicadas mezclas de sobornos, pactos, chantajes e intimación militar. El territorio era pobre y los yacimientos de petróleo brillaban por su ausencia.

Al terminar la Guerra Fría ambos países iniciaron negociaciones y acordaron fusionarse en mayo de 1990. Arabia Saudí se opuso. El reino saudí había sido creado conquistando todos los reinos locales que no estuvieran bajo la protección o el dominio de una potencia colonial, pero Yemen del Norte se les escapó. Además, la mayoría de los yemeníes eran zaydies, una secta chií a la que los suníes saudíes, adeptos del wabahismo más intransigente, consideraban integrada por herejes abominables. Irak en cambio ofreció todo su apoyo a la unificación. Por lo tanto, el nuevo Estado escogió el bando perdedor cuando Sadam Hussein invadió Kuwait. Eso le costó diez años de ostracismo internacional.

Por aquel entonces ya se habían descubierto algunos yacimientos de petróleo, convirtiendo Yemen en un pequeño exportador, pero los precios eran muy bajos y al mismo tiempo las represalias saudíes y norteamericanas saboteaban la economía yemení. Los saudíes expulsaron a decenas de miles de emigrantes yemeníes. Sólo fueron indultados unos pocos como los Bin Laden, naturalizados saudíes gracias a su mucho dinero e influencias. Los expulsados regresaron a un país donde el presidente unificado era el del Norte, Ali Abdalah Saleh, en el poder desde 1978. La población del Norte era casi cuatro veces mayor que la del Sur. El sistema era autoritario, bajo apariencias democráticas, de manera que surgieron tendencias separatistas en el Sur, abortadas por la fuerza en la breve guerra civil de 1994.

La reafirmación del poder central, el aumento de los precios del petróleo y el crecimiento del turismo suscitaron la esperanza de un verdadero desarrollo en uno de los países más pobres del mundo, pero Saleh gobierna despóticamente e incluso prepara el terreno para fundar una dinastía, dejándole el poder a su hijo. En estas condiciones está claro que el desarrollo nacional no constituye una prioridad para el Gobierno. Saleh usó los fondos públicos para comprar la lealtad de los jeques, de manera que el dinero del petróleo y del turismo sirvió para reforzar a los elementos más arcaicos y localistas del país. Los jeques empezaron a organizar bajo mano pequeños disturbios e incluso secuestros de turistas extranjeros para arrancarle más concesiones al Ejecutivo.

Tras los atentados del 11-S, Saleh, escarmentado de su error con Sadam Hussein, apoyó sin reservas a Estados Unidos, pero gran parte de la población no fue de la misma opinión. Las masas descontentas se politizaron y radicalizaron al verse acorraladas entre sus jeques, atentos sólo a sus pequeñas tajadas, y una Administración central inoperante e incluso inexistente en muchas regiones. Como los partidos políticos de oposición les parecen poco efectivos, pues el Gobierno los reprime o los soborna, el integrismo islámico ha crecido velozmente y los actos de violencia han sido muy numerosos. Cuando el Ejecutivo intenta arrestar a alguien, se tropieza con la solidaridad de las redes de parentesco extenso y clientelismo de los clanes y caciques, llegando a estallar pequeñas guerras locales que pueden durar semanas o incluso meses.

Al mismo tiempo operan factores culturales sin relación alguna con la religión: Yemen, sobre todo el Norte, es una sociedad muy cerrada. El relieve es muy montañoso, compartimentado en muchos valles pequeños poco comunicados entre sí. En la década de 1950 todavía existía tráfico de esclavos. En los pueblos aislados, donde todas las mujeres mostraban sus rostros abiertamente, incluso a viajeros ocasionales, se los tapaban con velos al abrirse una nueva carretera. Por lo tanto no debería sorprender a nadie que algunos yemeníes reaccionen de manera violenta frente al turismo de masas. Añadámosle a este cuadro una organización fanática antioccidental como Al-Qaida y comprobaremos que los viajeros occidentales son un blanco obvio. Matarlos tiene siempre considerable resonancia mediática, lo que implica publicidad para los terroristas.

Ahora podemos entender el origen de la tragedia, pero no hay que exagerar. Yemen recibe desde hace años un turismo masivo pero los ataques homicidas a viajeros son algo totalmente excepcional. En un país mayoritariamente chií, Al-Qaida no puede conseguir muchos partidarios. Mucha gente vive del turismo. Sin embargo, el pronóstico global es pesimista. Mientras la población siga duplicándose cada 17-18 años y se mantenga el despotismo dinástico del actual Gobierno, las tensiones internas seguirán creciendo y los turistas sufrirán las consecuencias.