Matar a Sadam

Por Juanjo Sánchez Arreseigor, historiador y especialista en el Mundo Árabe (EL CORREO DIGITAL, 08/11/06):

Sadam Hussein es el único gobernante en la Historia que ha utilizado armas de destrucción masiva contra su propia población civil. ¿Qué otra sentencia era factible esperar, salvo la muerte? Sin embargo los cínicos podrían afirmar que el verdadero delito de Sadam no fueron sus brutalidades sanguinarias contra la población civil, su financiación durante años del terrorismo internacional ni sus guerras de agresión contra sus vecinos. La verdadera causa de la condena a muerte de Sadam fue que perdió todas las guerras. El éxito lava todos los crímenes, pero el fracaso es imperdonable.

Sadam rechaza ser ahorcado como un vulgar criminal. Exige ser fusilado honrosamente como militar, pero no lo es. Durante décadas, Sadam ha vestido de uniforme pero jamás ha sido soldado. Nunca ha ejercido el mando en batalla ni ha recibido instrucción militar ni ha estado en combate. Ni siquiera ha hecho la mili. Su uniforme era sólo parte del atrezo del poder dictatorial. En el interior, Sadam gobernó mediante una brutalidad sistemática elevada al rango de virtud. Luego aplicó el mismo esquema a la política exterior, cada vez que creía que el equilibrio de fuerzas le era favorable. Inició dos guerras (contra Irán en 1980 y contra Kuwait en 1990) que, en teoría, debería haber ganado con facilidad y perdió las dos. La tercera guerra le fue impuesta. Obviamente, esta Tercera Guerra del Golfo la inició George W. Bush fundamentalmente por el petróleo, siendo las demás causas aducidas meros pretextos, pero el propio Sadam también inició los dos conflictos anteriores por la misma razón: apoderarse del ‘oro negro’.

La condena de Sadam, las reacciones que pueda provocar, las semblanzas biográficas, recursos judiciales, el debate sobre la parcialidad o imparcialidad de los jueces ocuparán los titulares varios días, pero todo eso pertenece al pasado, porque Sadam es pasado desde hace años. Lo que importa es el futuro de Irak y, a este respecto, la gestión de Sadam ha sido nefasta. La sangrienta revolución que derribó la monarquía hachemita había sentado las bases para la industrialización del país y su desarrollo social y tecnológico de manera que, en 1979, cuando Sadam llega al poder, Irak ya no podía ser considerado como un país subdesarrollado. Tampoco debemos caer en el error de mitificar la situación iraquí en 1979, pero el pasar de la dictadura colegiada y desarrollista del partido Baas a la tiranía personal de Sadam tuvo consecuencias sociales poco visibles en titulares de prensa, aunque no por ello menos catastróficas. El desarrollo del país se estancó y luego se invirtió.

La gestión de gobierno de Sadam supuso un retroceso a formas sociales arcaizantes, con el clan familiar del propio Sadam acaparando el poder, buscando la sucesión hereditaria dentro de la propia familia, como en Siria. Para asentar su poder Sadam alentó el resurgir de un sistema de clientelismo caciquil a través de los jefes de clanes, tribus y linajes extensos, ancestrales, casi feudales que el Baas había intentado, con cierto éxito, debilitar y eliminar. Sadam optó por devolverles el poder a esos caciques tribales a condición de que le fueran adictos. Les sobornaba ofreciéndoles ventajas a unos sobre los otros, en un sistema jerárquico piramidal o de círculos concéntricos. Por eso tiene todavía algunos adictos que no dudan en alabarle en publico. Cualquier desobediencia era castigada con la aniquilación, como hizo con sus yernos tras haberles garantizado el perdón. No podía haber perdón porque habían traicionado a ‘La Familia’. En muchos aspectos, el gobierno de Sadam recordaba más a los clanes mafiosos que a la administración racional de un Estado moderno, dictatorial o de cualquier otro tipo.

Estos problemas de involución social, corrupción galopante, privatización del poder en beneficio de ciertos clanes o familias, deterioro de los servicios públicos, retroceso de la alfabetización, pérdida de estatus de la mujer, fuga de cerebros o incluso la eliminación física de estas personas por su oposición al régimen habrían sido exactamente los mismos aunque Sadam hubiera obtenido mediante conquista la producción petrolífera de sus vecinos. La victoria, por otra parte, no habría traído la paz. Irán trazaría planes de reconquista mientras que los demás Estados árabes, aterrorizados por la anexión de Kuwait, habrían cerrado filas contra Irak e incluso tendido la mano a su viejo enemigo iraní contra el nuevo adversario común, de manera que, incluso sin intervención occidental, las guerras se habrían prolongado indefinidamente, arruinando a Irak.

A largo plazo, Sadam deja a su país una herencia envenenada. La armonización e integración de los variopintos grupos humanos que habitan el país ha sido siempre el máximo problema nacional. Para asentar su poder, Sadam fue exactamente en dirección contraria, aplicando el viejo adagio de ‘Divide y vencerás’. Eliminado Sadam por los invasores, queda abierta la puerta para la desintegración y balcanización de Irak, alentada activamente por la ideología irracional del integrismo islámico. No ha sucedido así porque los iraquíes se resisten a zambullirse en semejante abismo y, paradójicamente, porque las fuerzas extranjeras actúan como elemento de cohesión. En vez de dispararse entre sí, los iraquíes pueden optar por disparar todos juntos a los invasores, útiles chivos expiatorios de la mala situación actual. Claro que ése no era exactamente el plan de George W. Bush para reconstruir Irak cuando envió sus tropas allí.