Matar por nada, morir por nadie

Augusto Borderas es ex senador de Álava por el PSE-EE (EL PAIS, 05/07/05).

La situación de la banda terrorista ETA es crítica y se encuentra seriamente debilitada. Esto es lo que dicen los medios. Aunque añaden que su capacidad para matar sigue intacta, puesto que para ello, sólo se necesita un individuo y una pistola. Sin embargo, la gran diferencia para los violentos ha llegado de manera inesperada. Ha sido la atroz masacre del 11-M de 2004 la que ha desencadenado un hecho imposible y esquizofrénico: la existencia de terroristas buenos y terroristas malos.

Los terroristas de ETA eran los de casa, mataban poco a poco y por un ideario patriótico y entendible: la independencia vasca. Pero los otros matan de cien en cien, indiscriminadamente, ¡en el Pozo del Tío Raimundo!, ¡en nombre de Ala! No, no es lo mismo. Por eso, hasta las víctimas son diferentes: matar a concejales de PP, bueno, pero matar a los de CC OO o a emigrantes ecuatorianos… Hombre, don Sabino había escrito despectivamente de los sucios maquetos, que blasfemaban y bailaban al agarrao; pero de eso a poner catorce bombas en los trenes españoles de las siete de la mañana en los arrabales obreros de Madrid… Un respeto. Ciertamente que se habían puesto bombas vascas en Vallecas, pero eran daños colaterales. En una guerra los gudaris también mueren. Hay muchos ejemplos. Terroristas buenos y malos.

Así, la gran pregunta de los etarras puede ser: ¿y si nos confunden? Por eso, de momento, ETA no mata. Pone bombas, advierte que existe, extorsiona a los que puede, porque los que quieren no cuentan, tira cócteles molótov a las sedes socialistas y quema cajeros automáticos que no sean de la caja donde tiene el aita la libreta.

En la ultima campaña electoral, la ilegalizada Batasuna distribuyó impunemente, un folleto titulado “Euskal Herria. Elkarrizketa. Akordioa. Herri kontsulta“, en el que dice cuáles son los temas clave para lograr el acuerdo y superar el conflicto. Los reduce a dos: la autodeterminación y la territorialidad. Es decir, derecho de autodeterminación (léase a la independencia) y conjunción de territorios y realidades políticas. Es decir, Euskadi Sur (CAV) Euskadi Norte, Navarra.

Todo dirigente político vasco o no vasco sabe que esto no es posible: que los navarros cedan por nada, que los franceses nos regalen Bayona, y hasta el trenillo del monte Larrun y el Hotel du Palais incluidos. De San Juan de Luz no se dice mucho porque la alcaldesa, Michelle Alliot-Marie, es la ministra de Defensa de Francia y podría traer a les paras. Francia tenía, mediados los años noventa, dos portaaviones, 2.000 carros de combate y seis divisiones de acción rápida (FAR). Mejor no poner bombas en la Gendarmería de Donibane Lohitzune.

Lo más asombroso de todo esto, ironías aparte, es que hay miles de vascos que a estas alturas aún creen en los Reyes Magos. Todo es posible. Pero ¿porqué los dirigentes no los sacan de su error? Por la misma razón que los vendedores de juguetes no salen a la calle con una pancarta que diga: “Niños, no existen los Reyes Magos. Todo es un engaño”. No, no pueden. Al día siguiente terminaría el negocio juguetero. Por lo tanto, otros 30 años de autodeterminación y territorialidad. Y si hay que matar un poquito, para mantener el respeto y el temor (¿terror?) necesarios, pues se mata. Matar por nada, morir por nadie.

Hace un par de años, Patxo Unzueta y José Luís Barbería se preguntaban Cómo hemos llegado a esto (Editorial Taurus. Madrid 2003). Muchos leímos su libro, y en las líneas anteriores he intentado contestar a estos dos excelentes periodistas, que publicaron el libro antes de que ocurriera el trágico atentado de Atocha. Estamos instalados en la mentira o, mejor, en la rentable mentira. El complejo personaje que fue Dionisio Ridruejo, recordado estos días por la aparición de un libro, fue capaz en 1942 de decirle a Franco: “El régimen se hunde como empresa, aunque se mantenga como tinglado”. La expresión es exacta.

Remedándole, podemos decir: no vamos a ningún sitio, aunque haya tinglado (para algunos) durante unos cuantos lustros más. Seguiremos acosados por la vacía estupidez que mata, en la resolución de un conflicto que no existe, Euskadi es la primera metrópoli que quiere separarse obstinadamente de sus colonias, esposada a un ídolo racista que, por mucho que lo adornen y lo vistan con su dialéctica incomprensible y vacía, está desnudo.