Medina Zahara

Hace unos días, los académicos de Bellas Artes nos obsequiamos, en nuestro habitual espacio de reflexión, con un vídeo, ilustrado por Antonio Almagro, de la recuperación virtual de Medina Zahara. Para que dicha utopía fuera posible dedicó largos años de su vida nuestro colega Rafael Manzano, con talento, vocación, sutilidad y gracia. Cualidades que le hicieron merecedor del Premio Internacional Driehaus 2010.

Antonio Almagro nos transportó con sencillez, directo y sin pedantería a la exquisita ciudad omeya, para terminar nuestra excursión con unas imágenes del arte almohade (siglos XII y XIII) de la Giralda y el Alcázar sevillanos.

Creo que a todos nos conmueve la belleza que, junto con verdad y bondad, conforma la esencia de nuestra cultura occidental. No sé si debería usar el pretérito: conformaba.

Las orillas del Mediterráneo y, fundamentalmente, una muy amplia y profunda franja africana son el marco del que emanaron efluvios estéticos alimentados milenariamente de influencias orientales y asiáticas, filtradas por el imperio romano cuya huella arquitectónica quedó patente. Pero una joven creencia, iluminada por Mahoma, había de renovar con acento fresco los conceptos creativos.

El sur, con su clima, naturaleza y tempos vitales, podría ser también fuente de inspiración. Sensualidad, inteligencia rigurosa, geometría y matemática contribuyen, con su aplicación melodiosa, a la generación de una belleza, perseguida por deseada, aunque, como siempre, misteriosa. No solo es su arquitectura, me estoy refiriendo a Medina Zahara, geográficamente localizada, el arte reflejo en el que brillan su estructuración, los ritmos, la riqueza epidérmica, la sinfonía colorista, sino también la escala urbanística administrada con exquisitez, como en el coloquio entre paseos, circulaciones y jardinerías. Jardinerías en las que el agua atesorada juega un papel sonoro y distribuidor.

El templo cristiano es la casa de Dios, lugar de adoración, centrado en el corazón urbano, a diferencia de la mezquita, que es donde el musulmán invoca a Mahoma, profeta de Alá. Quien, gracias a la revelación del ángel Gabriel, transmitió oralmente, o por escrito en hojas de palmera, Su Palabra. Que, reunida a su muerte por los fieles, compone en 114 capítulos el Corán, para su conocimiento y comprensión.

El palacio califal se sitúa en la prominencia topográfica, geométricamente amurallada, desde la que domina su entorno. La Mezquita queda fuera de dicho marco y en distinto nivel, «al César lo que es del César…», y al califa su entorno exclusivo.

Andalucía se erige en el siglo X como centro de gravedad del Arte Islámico. Y quizá Medina Zahara sea su expresión máxima.

La escritura, en sus diferentes caligrafías —«el escribir bello»— particularmente distinta —china, japonesa, árabe, persa, la más grácil—, luce primorosa en cualquiera de sus grabaciones pétreas. La religión mahometana, al prohibir la representación humana en sus pinturas, desencadena un movimiento que convierte cada uno de sus signos en arte fluido y dinámico. Cuánto más guapas aquellas caligrafías que la nuestra occidental, cuyo último intento estético quedó en el periodo gótico, vivo hasta el principio del siglo XX germánico. Y es que la Humanidad, cuando bien orientada, va, según lo dicho, tras la belleza. Hoy, sorprendentemente desnortada, considera inconfesable semejante pulsión. ¿Quién entre los jóvenes se confiesa enamorado de la belleza?

El control climático en espacios a cubierto, el aire acondicionado, la tertulia de investigación en interiores escasos de paisaje, la derivada utilidad, la riqueza económica resultante, el poder, en suma, ha desplazado los objetivos desde la observación espontánea, pasiva y perezosa, ávida del goce lento y sensual de los habitantes del sur, a la prisa consumista y crítica de los activistas del norte motivados por la eficacia.

En la última publicación de «Connaissance des arts» se dedica una parte sustantiva al siglo XVIII veneciano y sus plasmaciones pictórico-arquitectónicas. Canaletto, Guardi, Bellotto, etcétera, son sus divos, puestos en valor por el pletórico imperio británico de la época que impone el «buen gusto» sobre el fasto exhibicionista centro-europeo. Italia, desde la creación, e Inglaterra, desde el poder, gobiernan la ambientación deseada por los gloriosos.

Es entonces cuando surge el turismo meridional culturizante en el que brillan como estrellas Granada, Córdoba y Sevilla, escenarios memorables de las artes hispono-árabes cuyas réplicas artificiosas (salones árabes municipales y castelares) de finales del XIX y principios del XX no supieron revivir las emociones que despertaban las genuinas medievales.

Las artes han cambiado de idioma, no solo en su escritura caligráfica, sino en sus metas estéticas, muy especialmente la arquitectura, cuya creciente perfección tecnológica y virtuosismo nítido y constructivo han cristalizado en volumetrías rotundas, admirables y transitoriamente invitadoras. A la larga —y no tan larga— devenidas en monotonías de recetario repetitivo y previsible.

El deseo humano de singularización —capacidad de crear sorpresa— se plasmó arquitectónicamente en el agigantamiento de sus dimensiones, rascacielismos y horizontalismos de alturas y vuelos insospechados. En España mantenían el acento, «el nuestro», con orgullosa creatividad combinatoria, no relacionada con las paridas decimonónicas, muy pocos. Entre ellos, como muestras: Félix Candela, de Crevillente, con sus bóvedas regladas; Higueras, de Baeza, en su Banco polilobulado de Serrano (por ejemplo); y Calatrava, de Valencia, en sus desmesuras, expresivamente barroco-geométricas. Los tres nacidos y educados en paisajes de medievo islámico.

A.En la pintura, aparecieron a lo largo del siglo XX: el monocromatismo gigante (de Rothko, por ejemplo) que consiguió sensaciones inesperadas en su vibración enigmática; el brutalismo áspero de Lucian Freud y las peculiaridades de Balthus y Bacon; en España, la abstracción y figuración de Tàpies, Millares y los López, por ejemplo, que nos salvaron el tipo contemporáneo.

B.En escultura, Serra, por ejemplo, que justifica su fama por la ocupación invasiva del espacio. Gigantomaquia pura, indiscutiblemente bella.

C.Pero nada saciaba el afán protagonista de quienes aspiran al estrellato de un arte. Y es ahí cuando aparece, en arquitectura, el despropósito, casi insulto a la gravedad, proponiendo con respaldos sofistas, políticos y publicitarios (por ejemplo, en la arquitectura judaica, poco conocida por nómada) la sinrazón, torturando y torciendo las estructuras que, al faltar el respeto al orden y a la lógica, rompen con la tradición milenaria. Por lo que vuelven a sorprender, a inquietar, a herir a la eternidad.

D.En interiorismo y en sus, digamos, montajes, la invasión de diseñadores —más bien seudodecoradores—, y no me refiero a los ortodoxos, de ignorancia evidente, que ofendió, también, a la secuencia histórica.

¿Cuánto durará esta irracionalidad?

El lunes pasado, asomados, en este estado atónito, a Medina Zahara, nos quebramos de emoción: qué feliz temblor en tan nostálgica experiencia.

Gracias, Antonio Almagro, por el regalo de una nueva visita virtual a una ciudad del sur, soñada por místicos y poetas, hispanos y árabes, encandilados tras la Belleza.

Y yo me pregunto: ¿dónde están sus herederos? ¿Es que aquel espíritu creador hispano-árabe ha desaparecido? ¿Es que los arquitectos, pretendientes al magisterio actual, se contentan con el parasitismo falsamente progresista del código del norte, dogmático desde su displicente descalificación de cualquier acento meridional?

Dios no lo quiera.

Miguel de Oriol e Ybarra, arquitecto.

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