Medio siglo del muro de Berlín

Hoy se conmemora el 50º aniversario del inicio de la construcción del muro de Berlín, un hecho que, en el clima tenso de la guerra fría, dividió, de forma radical y súbita, a la capital alemana en dos sectores durante 28 años y tres meses.

En primer lugar, una idea surge en la mente del historiador y pienso que también en la mente del lector de estas líneas. ¿No resulta una paradoja el hecho de que en la segunda mitad del siglo XX, en tiempos de aviación, misiles y artillería de gran alcance; de radio, televisión y líneas telefónicas, se levante un muro para dividir y aislar comunidades humanas como las murallas de las ciudades medievales y de la edad antigua, como un trozo de muralla china en una ciudad europea?

Sin embargo, fue eficaz y desgarró una ciudad, creando graves problemas humanos y familiares. Muy pronto se manchó de sangre con cerca de 150 víctimas mortales y con más de 100 personas heridas de gravedad al intentar cruzarlo.

¿Por qué decidió Ulbricht crear ese muro? En esa época de la guerra fría, la frontera entre las dos Alemanias era de las más rígidas en el mundo: alambradas, bombas subterráneas… solo comparable a la frontera entre las dos Coreas.

Pero la zona de Berlín no era parte de ninguna de las dos Alemanias y tenía internacionalmente un “estatuto especial”. El tráfico entre los sectores oriental y occidental era solo relativamente difícil.Unos 50.000 berlineses del Este trabajaban en Berlín Oeste y 12.000 del sector occidental trabajaban en el Este. Eran los llamados cruzafronteras.

Como el tránsito al Berlín occidental era menos problemático que la rígida frontera entre las dos Alemanias, miles de ciudadanos abandonaban la República Democrática Alemana por esta “vía fácil”. Bastaba con tomar un billete de metro o de tren de cercanías, cuidando de llevar poco equipaje para no hacerse sospechoso ante la policía. Con solo lo necesario como para una visita de un día.

El 13 de agosto de 1961 todo esto cambió. La ilusión de una ciudad unida desapareció. Y fue el secreto de Estado mejor guardado en el siglo XX.

Ante el problema de las fugas, Walter Ulbricht venía abogando ante Jruschov por el cierre hermético en Berlín. Con esa sangría constante de personal laboral, el colapso de la República era inevitable. Jruschov cedió finalmente y, de acuerdo con los países del Pacto de Varsovia, transmitió una nota sobre el cierre de la frontera con el Berlín Oeste para iniciar la preparación de esta medida con el máximo secreto.

¿Captaron las potencias occidentales de algún modo esa decisión del mundo soviético y Alemania Oriental? En un siglo con dos guerras mundiales, había un gran desarrollo de los sistemas de espionaje que usaban modernas y sofisticadas tecnologías. Berlín, en esa época, era un nido de espías tanto en el sector oriental como occidental. Se decía que era la ciudad con más espías por metro cuadrado. Según el humorismo berlinés, “No es difícil ponerte en contacto con un espía. Vienen en las páginas amarillas”.

Pues bien, los servicios secretos occidentales, que se gloriaban de tener ojos que veían todo y oídos que escuchaban cada conversación, en lo referente al muro de Berlín no sospecharon nada: ni la CIA americana, ni el Servicio de Inteligencia Inglés (SIS) conocido comúnmente como M16, ni sus colegas aliados. El fracaso de la inteligencia occidental fue rotundo.

Por otra parte, en la República Democrática, ni siquiera los directivos de superior jerarquía conocían el plan cuando la víspera, el 12 de agosto, un sábado, fueron invitados por Ulbricht a su residencia de Wandlitz, en una urbanización a 30 kilómetros al norte de Berlín. Parecía una invitación veraniega normal. En uno de los jardines los asistentes compartían conversaciones, se ofrecían bebidas, se oía música de fondo. Ulbricht, que había firmado a las cuatro de la tarde los últimos decretos pertinentes, se mostraba relajado entre los asistentes.

Al final de la cena, a las 22.00, Ulbricht dijo: “Ahora vamos a tener una breve reunión”, e informó oficialmente a los invitados de que el cierre entre los sectores oriental y occidental en Berlín era inminente.

Aquel domingo, 13 de agosto de 1961, el muro se construye. A la 1.05, en la zona de la Puerta de Brandeburgo, en el centro de Berlín, se apagaron de repente todas las luces. Con iluminación de faros de vehículos militares, se arrancaron adoquines del pavimento y se colocaron postes de hormigón y alambradas de púas. Esta escena se repetía simultáneamente a lo largo de toda la línea divisoria entre Berlín Oriental y Occidental (45 kilómetros) y de la frontera entre Berlín Occidental y la República Democrática Alemana. En total, unos 162 kilómetros. Participaron en esta tarea unos 10.500 hombres del Ejército Popular, además de cientos de colaboradores de la Stasi.

Los berlineses, al principio, apenas se enteraron porque estaban durmiendo y las autoridades habían escogido a propósito un domingo, día festivo de poco tráfico. Tan solo a lo largo del día se fueron dando cuenta. Se cerraron 193 calles, de ellas 62 transversales, y se cortó el tráfico subterráneo del metro y el de trenes de superficie entre las dos zonas. En las 24 horas de ese domingo caluroso de agosto se hacía realidad la división de la ciudad en dos zonas mediante ese muro que duraría 28 años y tres meses y “que nadie tenía la intención de construir” (según frase de Walter Ulbricht dos meses antes en una conferencia de prensa).

Inmediatamente se iniciaron obras de reforzamiento que incluían, a lo largo de muchos kilómetros, tramos de líneas ferroviarias, cursos de ríos… y hasta afectaban directamente a edificios de viviendas. Algunos residentes vieron puertas y ventanas de su propio domicilio rápidamente tapiadas, como en la calle Bernauer. Los habitantes únicamente podían entrar en sus casas por el patio trasero, que se encontraba en Berlín Oriental.

Ciertos espacios públicos, como parques, jardines o iglesias situadas en el Este, tenían cerrados sus accesos desde el Oeste. Y lo mismo sucedió con algunos cementerios, como el de Invaliden o el de Sophien, que estaban situados en la línea fronteriza. Para entrar en ellos era necesario solicitar un “pase para las tumbas”. Hasta la zona residencial de estos “habitantes perpetuos” se vio afectada por la división de Berlín en dos sectores y sacudida por los vientos de la política.

A esta fase provisional siguió la construcción de un muro sólido a base de ladrillos, piedra y hormigón. En muchos kilómetros llegó a convertirse en una gran franja con carretera para la policía, fosas antivehículos, 292 torres de observación, 243 pistas para perros…

En el sector de Berlín Oeste había desolación y los ciudadanos sufrían los hechos en su propia carne. El alcalde Willy Brandt dijo: “Moscú ha soltado un poco la cadena de su perro Ulbricht”. El 16 de agosto pronunció un tenso discurso ante 300.000 berlineses.

Por otra parte, las potencias occidentales consideraban el tema con perspectiva más internacional. Protestaron formalmente pero, dentro de la guerra fría, era un incidente más. Kennedy señaló: “Si Jruschov hubiera querido ocupar en serio el Berlín Oeste, no habría construido un muro. Si dispone de la ciudad entera, no necesita un muro… No es una solución cómoda pero, diablos, es mejor que una guerra”. Era pleno verano, época de vacaciones. Kennedy estaba a bordo de su yate en Hyannis Port, el presidente francés De Gaulle se mantuvo fuera de París y el presidente británico Macmillan continuó en una cacería en Escocia. El periódico alemán Bild Zeitung se hacía eco de la actitud desilusionada de los berlineses: “El Este actúa, ¿qué hace el Oeste? ¡El Oeste no hace nada! El presidente Kennedy se calla, Macmillan se va de caza y Adenauer insulta a Brandt”. (Estos dos últimos políticos estaban en pugna electoral).

Dionisio Garzón, doctor en Derecho. Ha sido consejero de Información en las Embajadas de Bonn-Berlín y de Washington y es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense. En la actualidad está en impresión su libro De la construcción a la caída del muro de Berlín.

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