Medios e islam: una relación tensa

Por Stephen Schwartz, experto en Oriente Medio y director del Centro para el Pluralismo Islámico de Washington, D.C. Conferencia impartida en el Sexto Foro de Editores Asiático-Europeos, Yakarta, Indonesia, 30 de agosto del 2005 (GEES, 07/09/05):

Estimados ponentes e invitados, saludos,

Quisiera comenzar mencionando que ayer se me informó de la muerte del académico musulmán indonesio Dr. Nurcholis Madjid, un representante de la corriente “liberal islámica” de este país. Aunque mi perspectiva del futuro del islam difiere de la suya, me descubro ante él y le honro por su enfoque abierto en temas religiosos – de hecho, citaré uno de sus comentarios más adelante, que considero bastante apropiados para esta presentación. También es interesante observar que una fatwa decretada a principios de este mes por el Consejo Ulema de Indonesia, o MUI, condenaba tanto el movimiento liberal del islam en el que participaba él como el principio del pluralismo islámico que he defendido. Ahora, sin embargo, me colocaré hacia la qibla y recitaré la fatiha, la surah o capítulo del Corán de apertura que es recitada por los musulmanes corrientes, tradicionales y no fundamentalistas como recuerdo de los muertos, en su conmemoración: “Bismulah irrahman irrahim, Alhamdalilah wa’rabb al-alamin, Irrahman irrahim, Maliki yumi din, Iyyaka na’bada, Wa’iyyaka nastaín, Ihdina assirat almastaqim, Sirata aladina anamta alayhim, Ghayri al-maghdabi alayhim, wala dali’in. Amin”.

Prolongaré la introducción a mi comentario citando a un hombre, que aunque no era musulmán, demostró gran sabiduría al decir, parafraseando, “el arte de la política es el arte de hacer distinciones, no de confundirlas”. Considero que este principio se aplica a la religión y también a la profesión del periodismo no menos que a la política.

Déjenme pasar a un contexto algo personal. Soy periodista y un escritor en ejercicio que sucede que también es un musulmán sunní norteamericano. Soy autor de Las dos caras del islam, el primer estudio relevante en Occidente acerca de los orígenes y efectos del movimiento wahabí en el islam y los asuntos globales. Me complace decir que Las dos caras del islam acaba de ser publicado en Croacia como publicación oficial del ulema local, la organización de clérigos islámicos.

No soy un “converso” al islam, puesto que “conversión” significa cambio de religiones. El islam es mi primera religión. Aunque me hice musulmán en 1997, a los 49 años, no pertenecía previamente a ninguna comunidad religiosa. Soy una mezcla de ambientes judío y cristiano, pero crecí sin educación religiosa.

Tampoco soy un “converso” al periodismo. Me han publicado durante 40 años, comenzando en periódicos de extrema izquierda. Pasé 10 años como reportero del San Francisco Chronicle, uno de los principales diarios americanos; soy colaborador de dos de los mejores diarios del hemisferio occidental, La Reforma, en Ciudad de México, y el Globe and Mail de Toronto. También escribo regularmente en el New York Post y The Weekly Standard, la principal revista política de Washington. Mientras estuve en el Chronicle fui el secretario del sindicato de empleados de prensa, una de los más importantes de Estados Unidos, y he sido consejero de organización sindical de periodistas en la posguerra de los Balcanes, donde me convertí en musulmán tras la Guerra de Bosnia.

Nos acercamos ahora al cuarto aniversario de los terribles asentados del 11 de septiembre del 2001. Me enorgullece decir que en la tarde de esa oscura fecha, mientras trabajaba como editor de noticias nacionales para Voice of America en Washington, el New York Post me llamó y me pidió, en mitad de ese tormento, un comentario de la catástrofe, que publicaron al día siguiente. A causa del caos en Nueva York fue muy difícil obtener una copia impresa de ese número histórico – histórico no porque incluyera mi nombre, sino porque los periodistas del Post sacaron su diario la calle con cobertura completa y excelente.

Sin embargo, también lamento decir que, bajo mi punto de vista, los medios occidentales y norteamericanos han fracasado completamente a la hora de afrontar el reto de informar acerca del islam en los cuatro años desde entonces, o en relación a las atrocidades que siguieron, incluyendo la violencia fundamentalista en Irak, que no dignificaría con títulos “insurrección” o “resistencia”, los atentados de los trenes de Madrid y el metro de Londres, y los asaltos del terror en Indonesia, Marruecos, Turquía y demás.

El 12 de septiembre del 2001 fue como si dos civilizaciones, la judeocristiana y la islámica, que habían compartido el planeta y tenido contactos durante 40 siglos, violentamente en ocasiones, pacíficamente en ocasiones, pero casi siempre fructíferos, fueran completamente desconocidas la una para la otra. En realidad, parecía que los musulmanes sabían mucho más de Occidente de lo que Occidente sabía de los musulmanes. Recientemente he tomado prestado un símil de la industria cinematográfica: en esta “guerra de los mundos”, los musulmanes bien pueden ser “invasores de otro planeta”, cuyas creencias, costumbres y hábitos son completamente desconocidas e incomprensibles para los occidentales.

Podría comenzar citando una gran cantidad de ejemplos.

Antes del 11 de Septiembre, el término “wahabismo” no apareció casi nunca en los medios occidentales europeos o norteamericanos, y durante algún tiempo después de ese día horrible, ha continuado siendo controvertido o ignorado. Pero no elaboraré ese problema por temor a parecer interesado en promover mi propio trabajo.

En el actual debate acerca de la constitución iraquí, se ha afirmado repetidamente con horror y condena en Occidente que la nueva carta nacional representa el principio de que el islam es una fuente de la ley, y que legislar no contradirá los principios del islam. Esto ha sido tomado tanto por comentaristas extranjeros como por norteamericanos, tanto opuestos a la intervención en Irak como por algunos presuntos partidarios del Presidente Bush, como evidencia de que se está implantando una teocracia chi’í en Irak, o al menos en las áreas del sur. Muy pocos parecen haber comprendido completamente la alianza política de los kurdos, que son sunníes, sufíes y ultraseculares en muchos casos, con los chi’íes – presumiblemente, los kurdos no apoyarían una teocracia. En este aspecto de la cuestión es demasiado complejo y profundo para los medios occidentales.

En realidad, el concepto de que la legislación no debería entrar en conflicto con el islam en un país musulmán es un principio completamente trivial establecido en muchos estados musulmanes moderados: Arabia Saudí y Turquía son los dos únicos países que se desvían constantemente de ello de manera significativa, exigiendo el reino saudí que toda ley se derive de la definición wahabí de la shari’a, y prohibiendo Turquía durante bastante toda la shari’a. Un experimento de imposición de la shari’a monopolista, en su forma más radical y exclusivista, en Sudán, ha fracasado esencialmente. Casi todos los restantes países musulmanes, incluyendo hasta a Irán, tienen sistemas legales basados en la coexistencia de la shari’a con el derecho occidental o soviético, ya sea heredado del pasado colonial o tomado prestado (como en el caso de los componentes legales no islámicos del modelo iraní). Tengo la costumbre de referirme a este estado de las cosas como el estándar “israelí”, y no simplemente por provocar el debate. Israel mantiene el derecho judío religioso en el ámbito personal y familiar (halajah, estructuralmente parecido a la shari’a), junto con la shari’a para los árabes israelíes y los musulmanes palestinos, y el derecho criminal heredado de los británicos. En realidad, la regulación de los enclaves santos en Israel, monumentos cristianos incluidos, continúa basada en el derecho otomano.

La paridad de la shari’a y el derecho no musulmán en las entidades políticas islámicas no es nada nuevo; ha existido desde la caída de Bagdad en el 1258 d.C. frente a los Mongoles, que se hicieron musulmanes pero no abandonaron su ley usual. En la práctica, cuando se dice que la ley no debe entrar en conflicto con el islam, es bastante difícil imaginar qué ley entraría en conflicto. Al margen de la antigua Unión Soviética, solamente unos cuantos regímenes excomunistas fomentan el ateísmo del estado, y ninguno lo hace oficial como la Albania excomunista lo hizo – eso obviamente estaría conflicto con el islam. Ningún país del mundo ordena el alcoholismo o la depravación sexual, que entraría en conflicto con el islam. Ningún país del mundo prohíbe a los musulmanes per se. Uno puede argumentar que la ley francesa que prohíbe los cubrimientos de la cabeza contradice el islam, pero un debate civil notable y pacífico acerca de ésta ha tenido lugar, en el que los musulmanes son apoyados por los judíos así como por los sikhs.

Cuando los serbios destruyeron mezquitas y asesinaron a musulmanes ordinarios así como a clérigos de los Balcanes, uno podría argumentar que su régimen estaba en conflicto legal con el islam; pero los musulmanes residentes en el sur de Serbia y en otras partes no declararon que el estado serbio estuviera en conflicto con el islam según la shari’a. Cuando los rusos destruyen mezquitas y masacran a la gente del Cáucaso, lo hacen sin base legal, pero incluso cuando tales atrocidades son perpetradas por el estado, solamente los fanáticos wahabíes que se han infiltrado en el Cáucaso afirman que Rusia actúa en violación de los derechos del islam.

La shari’a islámica es bastante clara en lo que constituye una política estatal que contradice el islam; es la que silencia el llamamiento a la oración (adhan), y evita la enseñanza y predicación de la religión. Puede decirse que Serbia, Croacia (en Bosnia-Hercegovina), Macedonia, y Rusia lo han hecho en los últimos tiempos, aunque los clérigos natales y legítimos no juzgaron que fuera una violación. Por lo tanto, sin importar los conflictos por tierra, Israel no interfiere con la actividad pacífica de los profesores y creyentes musulmanes. Casi con total certeza, tampoco Estados Unidos. Así que uno podría describir igual de rápidamente la constitución norteamericana como un documento que no entra en conflicto con el islam, igual que la constitución iraquí. ¿Existe motivo de preocupación a propósito de la constitución norteamericana como documento teocrático islámico? Creo que no.

El fracaso a la hora de comprender la naturaleza de la nueva constitución iraquí se extiende al propio documento. Se ha generado mucha polémica por el Artículo Dos, en el que se afirma que “El islam es la religión oficial del estado y es la fuente básica de legislación” y se ha publicado alguna alabanza al Artículo 14, que proclama la igualdad de género, grupos religiosos, religión, opinión, posición económica y social, etc.. Pero se ha dicho muy poco acerca de uno de los elementos más destacados y significativos de la nueva carta iraquí: la prohibición en el Artículo 7 de “las entidades o tendencias que justifiquen o propaguen el racismo, el terrorismo, el ‘takfir’, las expulsiones sectarias“, así como el partido Ba’az Sadamista.

La prohibición del takfir, que significa, en la práctica, la excomulgación del islam del que se opone a uno, es especialmente importante, pero puedo decir con considerable certeza que la mayor parte de los periodistas occidentales no tienen la menor idea de ello. No he encontrado ningún comentario de un medio occidental en materia del takfir según lo tratado en la constitución iraquí, pero muchos intentan asociar las costumbres tribales en el tratamiento de la mujer, que carecen de cualquier base en la tradición o el derecho islámico, con el futuro del sistema legal iraquí.

Para explicar el takfir y su importancia, tendré que recurrir a citar mi propio trabajo, de un artículo acerca del nuevo dictador de Arabia Saudí, el rey Abdaláh, publicado en el Weekly Standard el 29 de agosto, titulado “El rey que va a ser reformista”. Observé allí que un clérigo saudí relevante, el jeque Abd Al-Muhsín Al-Abikán, ha hecho un llamamiento recientemente a la prohibición de la práctica del takfir… El significado de esto es potencialmente inmenso. Los wahabíes y otros radicales, durante siglos, han afirmado que aquellos que no comparten sus fanáticas doctrinas son apostatas del islam. Esto ha sido su excusa para practicar el asesinato y el pillaje contra los chi’íes y los sunníes no wahabíes. Es importante por otro motivo.

“Al etiquetar a todos los no radicales como apóstatas de la religión y bendecir como musulmanes creyentes solamente a los que suscriben su propia ideología violenta, los practicantes del takfir [permite navegar, incluyendo los radicales sunníes desde América a Indonesia] reúnen a sus seguidores como una élite, pero también como una masa humana flexible, convencida de que sus impulsos brutales son sagrados y valiosos. Muchos, por no decir la mayoría de los reclutas terroristas musulmanes, son débiles en su conocimiento y fe religiosos, y el poder que asumen al expulsar a un billón de personas de su religión llena el vacío intelectual y religioso dentro de ellos.

“El takfir ha sido siempre un principio del mandato saudí y de la predicación wahabí. Si como piensan algunos sujetos saudíes, Abdaláh se inclina a favor de poner fin a la práctica, la autoridad formal de los radicales religiosos quedará abolida instantáneamente. En todo el islam sunní ha echado raíces un movimiento contra el takfir, dentro el cual muchos clérigos parecen ahora tener aversión a los horribles sucesos de Irak. En julio, una conferencia islámica internacional en Jordania hizo una declaración oponiéndose al uso sunní del takfir contra los chi’íes, una práctica mencionada una y otra vez en los manifiestos sedientos de sangre de Abú Musab al Zarqawi, así como condenando el takfir contra los sufíes. La declaración de Ammán hacía un llamamiento a la restauración del debate pluralista en el islam, prohibido en La Meca y Medina, y a la afirmación de la libertad como principio”.

El takfir es, por lo tanto, un tema de debate urgente en los medios occidentales que intentan “cubrir el islam”. Pero no es el único ejemplo de un concepto carente de comprensión sensata, cuando no de contexto, al ser tratado por los periodistas. He aquí una lista de otros aspectos del islam aparentemente desconocidos para los medios occidentales:

El califato otomano abolió la pena de muerte por apostasía del islam hace más de dos siglos, pero los medios occidentales aún informan ampliamente que todos los musulmanes creen que la pena por apostasía tiene que ser la muerte. Un islamófobo bastante estúpido de Estados Unidos hasta me advirtió que en caso de que abandonase el islam, sería objeto de pena de muerte, lo que es absurdo.

Casi ningún periodista occidental tiene alguna idea de lo que es en realidad una fatwa. Una fatwa no es una condena a muerte. Es una opinión religiosa comparable a un responso en el judaísmo. Las fatawa (el plural correcto) no son vinculantes para los sunníes. Atañen a los chi’íes si son decretadas por una autoridad legal chi’í, o marja. Las fatawa no pueden decretarse por particulares sin entrenamiento y credenciales. Por ejemplo, Osama bin Laden no puede y no ha escrito fatawa auténticas, en su contenido o estilo.

Casi ningún periodista occidental parece estar al tanto de que la shari’a existe en cada país del mundo donde viven musulmanes. Recuerdo bien la sorpresa y el horror de un cierto “experto académico estimado” cuando le informé de que existen tribunales de shari’a en Nueva York, Londres o París. Dijo que debían ser suprimidos inmediatamente. No estaba al tanto de que los tribunales de shari’a existen para publicar licencias de carnicero halal, así como para determinar lo apropiado de contratos financieros – puesto que el islam prohíbe el beneficio por interés – y para zanjar disputas familiares o de propiedades. La participación en ellos es completamente voluntaria, a excepción de entornos de shari’a fundamentalistas creados por wahabíes de financiación saudí.

No sé de muchos periodistas occidentales que comprendan las diferencias teológicas entre sunníes y chi’íes. Es por este motivo que uno lee continuamente la absurda afirmación de que “insurgentes” sunníes y chi’íes (con comillas) cooperan contra la coalición liderada por Estados Unidos en Irak. Tampoco hay muchos periodistas occidentales que sepan gran cosa acerca del sufismo; muchos parecen creer que es un fenómeno separado de la bendita Sunnah y de las tradiciones de Ahl-ul-Bayt. No lo es. Pero el sufismo también tiene características muy distintas según el país en el que se encuentre. Por ejemplo, el sufismo albanés, que es una fuerza organizada y poderosa, es completamente distinto del islam de influencia sufí de Bosnia-Hercegovina, dos países en los que he vivido y trabajado extensamente. En general, la sustancial diversidad del islam se pierde en los medios occidentales.

La categoría de simples mitos acerca del islam que encuentro mientras leo los medios occidentales es bastante larga. Se ha expresado una gran cantidad de angustia en los medios europeos acerca del espectro de la reconquista islámica de áreas que una vez estuvieron bajo el gobierno musulmán, como España, o al-Ándalus. Encuentro característico que nadie ni siquiera sugiera que los musulmanes quieran reconquistar Grecia, Rumania, el sur de Ucrania o Hungría – gobernando durante 150 años en el último caso. La retórica acerca de la reconquista de tierras una vez bajo control musulmán no es nada más que verborrea, sin base en la ley islámica.

Una creencia similar y absurda implica la presunta división islámica del globo en dos mundos, dar ul-islam, o “tierra del islam y la paz”, donde gobiernan los musulmanes, y dar ul-harb, o “tierra de la guerra”, donde gobiernan los no musulmanes. La premisa es que se exige que todos los musulmanes observen un estado de jihad militar permanente contra cualquier país no gobernado por musulmanes, y por tanto piensan en la conquista mundial a través de la violencia. Mientras que sería absurdo negar que la mayor parte de los musulmanes, igual que la mayor parte de los cristianos, creen que la suya es la mejor fe y que está destinada en última instancia a prevalecer sobre el planeta, o que sería absurdo negar que los wahabíes y sus imitadores suscriben en realidad la “teoría de los dos mundos”, es peor para los occidentales simplificar su visión de las concepciones legales y políticas islámicas de un modo que refuerza el prejuicio. Dar ul-harb tiene un significado restringido y específico, aludiendo a los lugares donde los musulmanes son víctimas de violencia a causa de su religión. Vale la pena observar, una vez más, que incluso durante las primeras guerras chechenas de la ex Yugoslavia, los ulemas locales de estas comunidades no definieron a sus enemigos como representantes de dar ul-harb. En realidad, la ley islámica ha reconocido durante bastante una tercera categoría: dar ul-sulh o “tierra de contrato”, donde los musulmanes no gobiernan, sino que viven como sujetos pacíficos a los que se permite practicar su religión. Los wahabíes predicaron que los musulmanes residentes en tierras no musulmanas no pueden y no deben obedecer a las autoridades no musulmanas o participar en política no musulmana. Pero el ayatolá iraquí Alí Sistani, el marja chi’í del momento, sostiene la opinión diametralmente opuesta, que es también la del sunnismo corriente: los musulmanes que emigren a países no musulmanes, si han firmado un documento tal como un cuestionario de inmigración como menores, han prestado juramento islámico de obedecer las leyes locales que no contravengan directamente el islam (como se describe arriba) y de vivir en paz con sus vecinos. Los musulmanes que no puedan cumplir tal juramento de buena fe no deberían emigrar a un país no musulmán, deacuerdo con Sistani entre otros.

Me enerva especialmente la frecuencia con la que se afirma que Osama bin Laden llama a o intentar derrocar a la monarquía saudí. Bin Laden y al-Qaida nunca, repito, nunca llamaron a derrocar a la monarquía, y desafío a cualquiera a que encuentre pruebas serias de lo contrario. Bin Laden es descendiente de una familia que debe su posición a la Casa de Saud; busca el refuerzo del wahabismo en la monarquía, no su derrocamiento. Eso es que por lo que sus declaraciones siempre han llamado a los gobernantes saudíes a “volver al camino recto”. Además, Bin Laden y al-Qaida son productos de la sociedad saudí y de la política saudí, que es por lo que los gobernantes saudíes le han pedido de manera corriente que “vuelva al camino recto”. Ningún bando ha empleado el idioma que se encuentra usualmente en un movimiento revolucionario o en sus oponentes. Y aunque miles de aristócratas saudíes viajan por el mundo, y se encuentran miles de empresas saudíes por todo el mundo, y miles de oficinas gubernamentales saudíes operan en el reino, ninguna de ellas ha sido atacada (a excepción de un único ejemplo de lo último implicando a una oficina local) por al-Qaida. En Arabia Saudí, al-Qaida apunta a extranjeros, no a los gobernantes. En Arabia Saudí, los terroristas de al-Qaida, curiosamente, siempre parecen tener acceso a vehículos gubernamentales y a uniformes gubernamentales, y algunos terroristas obviamente son empleados del gobierno. Los medios occidentales raramente llegan a la conclusión obvia de esto, que es que al-Qaida es protegida y apoyada por una facción dentro del estado; disculpo a los medios occidentales de mayor comprensión de este problema porque el reino saudí continúa prohibiendo que los medios extranjeros independientes trabajen en el lugar.

Pero en lo que temo es la peor de tales posturas, los medios occidentales, especialmente en Estados Unidos, critican continuamente a los ulemas musulmanes de todo el mundo por no oponerse al terrorismo. En realidad, grandes cifras de destacados ulemas han condenado la agresión en nombre del islam. Puedo citar el ejemplo de un agresivo e insultante “académico” norteamericano que exigía “cinco nombres” de clérigos relevantes que denunciaran el terrorismo. Le señalé primero que los cinco nombres no iban a significar nada para él – que probablemente nunca los hubiera escuchado, no porque fueran anónimos, que no lo son, sino porque estos nombres no son conocidos en el mundo no musulmán, sin que importe su prestigio entre los musulmanes. Finalmente le pregunté si pensaba que el ayatolá Sistani de Irak había fracasado a la hora de decretar fatawa obligatorias así como de hacer declaraciones condenatorias contra la violación de lugares santos y el asesinato de sus correligionarios. Fue como si hablara con la pared. Mi interlocutor estaba simplemente encarcelado en clichés.

Podría continuar con una lista del vacío que existe en los medios occidentales acerca del islam, pero la experiencia sería deprimente, por no decir irrespetuosa.

¿Cuáles son los motivos de este problema?

En primer lugar, los medios occidentales no están implicados en “cubrir el islam”. En su lugar, están implicados en informar de los sucesos que sucede que implican al islam. Existe una diferencia obvia.

En segundo lugar, los reporteros son lo que Estados Unidos llama “primera respuesta”, al estilo de la policía o los bomberos. Se espera que extraigan los hechos básicos de una noticia, no que ofrezcan un análisis o un contexto serios. No hay nada malo en eso, a excepción de que el fuego causado por el fundamentalismo islámico es de tal magnitud que se necesita mayor maestría. Hay un fallo en parte inevitable en que se espera que las empresas periodísticas y sus reporteros compitan, con muchos detalles perdidos en la búsqueda de noticias y titulares originales. Pero probablemente eso no pueda evitarse.

En tercer lugar, cuando necesitan análisis o conocimientos, los medios occidentales recurren a menudo a académicos y expertos gubernamentales cuyo conocimiento del islam es limitado o está distorsionado, o a representantes de tendencias islámicas que están bien establecidas en Occidente, pero que no representan ninguna consonancia entre islam y valores occidentales. Al recurrir a tales académicos y grupos, que no me molestaré en enumerar, puede que los medios occidentales encuentren sus prejuicios y errores reforzados en lugar de corregidos. Los expertos académicos occidentales expresan a menudo desprecio hacia lo que llaman “orientalismo”, mientras que ellos mismos practican una forma de él. Es decir, académicos tanto de derechas como de izquierdas meten el islam en categorías determinadas por la política de Oriente Medio, incluso aunque la mera simplicidad del islam como credo debería obviar esta tentación.

En cuarto lugar, la educación occidental durante los últimos 150 años se ha concentrado en el vacío entre los dos mundos, en lugar de estudiar los elementos reales que tienen en común.

Por ejemplo, el honorable y difunto profesor Nurcholis Madjid, de Indonesia, en un comentario poco después del 11 de septiembre del 2001, destacaba la paradoja del odio musulmán contemporáneo a Occidente, cuando uno de los capítulos más famosos del Corán, surah:30, titulado “Los griegos”, elogia el imperio bizantino, representando a Roma, y a Occidente en su conflicto con los persas, que representan las culturas del este. El hermano Madjid destacaba que, “los musulmanes se alinearon [con Occidente], y no [con Oriente]”. El motivo era simple: los bizantinos eran cristianos, y por lo tanto monoteístas, mientras que los persas no creían en un único dios todopoderoso, creador del universo. El hermano Madjid señalaba además que la llegada de “las noticias a los seguidores del profeta Mohamed aleyhisalaam acerca de la derrota [de los bizantinos] por los persas hizo a la gente de La Meca, los enemigos del Profeta, feliz”.

Será una sorpresa, estoy seguro, para la mayoría de los editores europeos occidentales y los reporteros, saber que existe un conjunto significativo y respetable de académicos que muestran la influencia del pensamiento islámico sobre Dante Alighieri, el mayor autor cristiano fuera de la iglesia. Este concepto no es alguna nueva afirmación impulsada por musulmanes para la expansión gratuita de la fe. Fue desarrollada en los años 20 por Miguel Asín Palacios, intelectual católico español del mayor calibre, que a causa de su propio contexto no tenía motivo ninguno para exagerar o falsificar. La mayor parte de los editores y reporteros occidentales son sorprendidos igualmente al contar las similaridades reales entre judaísmo y el islam, y la auténtica influencia de la práctica religiosa islámica sobre el judaísmo.

¿Qué hay que hacer entonces?

Puede que a los conferenciantes les complazca saber que en mi opinión, la mayor parte de la culpa se encuentra fuera de la profesión periodística. Las soluciones al vacío de conocimiento acerca del islam no serán fáciles en la esfera general, pero puede que lo sean en las salas de prensa. Si un reportero va a “cubrir el islam”, ella o él deberían “atacarlo” por separado y a tiempo completo, y deberían estudiar los trabajos básicos y de peso acerca de él. Cuando “cubran el islam”, los reporteros deberían hacer más por identificar a los opositores del fundamentalismo y por aprender qué preguntas hacerles. Puedo dar nombres de muchos representantes auténticos del islam moderado que hablan un inglés perfecto y a quienes nunca he visto entrevistados en los medios norteamericanos. Un escritor occidental que no sepa lo que es el takfir o su significado no llegará muy lejos al cubrir el islam.

Además, los padres musulmanes moderados en Occidente deberían animar a sus hijos con talento a entrar en la profesión periodística, si su descendencia muestra deseo de hacerlo. He escuchado demasiadas veces historias de padres musulmanes que sólo hablan a sus hijos de ordenadores e ingeniería, estudios de gestión o medicina son los estudios valiosos. Las empresas mediáticas occidentales, especialmente en Estados Unidos y el Reino Unido, están actualmente preocupadas por impulsar la diversidad en el empleo y permanecen muy abiertas a la contratación de musulmanes. He propuesto con anterioridad la creación del instituto islámico de periodismo, con campus por todo el mundo, para formar nuevos talentos para la profesión. Los gobiernos musulmanes así como los no musulmanes y las empresas mediáticas deberían contribuir a la creación de tales instituciones.

Además, los autores musulmanes moderados deberían hacer más por escribir paciente, inteligente, cuidadosa, y competentemente para ser fuentes más fiables y con mayor peso para los medios occidentales. Deben manejar con destreza el idioma occidental para transmitir mejor las realidades del islam a los musulmanes. Estos trabajos deberían ser motivados por la necesidad de aclaración y precisión, en lugar de por la da’wa o predicación en misiones a los no musulmanes.

Finalmente, el ulema musulmán, otras instituciones y los gobiernos deberían examinar la necesidad de reemplazar o suplir las donaciones existentes a los programas de las universidades occidentales para refinar y mejorar la calidad de la cobertura mediática y el conocimiento académico occidental del islam por igual.

Gracias por su tiempo y atención y pasaré ahora a ruegos y preguntas.