Meditación carnavalesca

Las celebraciones del Carnaval mantienen, al menos en cierto grado, la libertad inicial y original, y se vuelven contra todo tipo de autoridad civil, religiosa, política. Buena parte de las comparsas tienen un marcado tono sarcástico y mordaz. Durante el Carnaval se suspende el rigor de las normas que regulan el comportamiento y la vida social. Las relaciones de autoridad se invierten, los que mandan obedecen y los que obedecen mandan. Es un periodo de licencias y transgresiones; es el gran igualador. Los conflictos sociales se expresan sin confrontación, dejando salir lo oculto, abriendo la puerta a todos los fantasmas. Sólo hay ansia de otra cosa sin saber qué otra cosa es.

El Carnaval saca a la luz cosas ocultas para que permanezcan ocultas. Rompe con las formas típicas de la vida social, con los hábitos cotidianos que identifican al grupo y al individuo que se disuelve en el acontecer colectivo y se olvida del mundo; libera de los dioses que hay que respetar, de las leyes que hay que cumplir, de las virtudes y de los protocolos que hay que practicar a diario. El amor y la embriaguez eliminan los límites con los otros individuos. La disolución de la conciencia individual causa placer porque destruye las barreras y los límites que la persona siente en la vida cotidiana. Se puede decir aquello que escribió Oscar Wilde: “Nada se parece tanto a la inocencia como la falta de discreción descarada”. El sentimiento sustituye la razón y el convencimiento.

meditacion-carnavalescaEste estar aquí cubre la necesidad de estar al lado de otros de los que nos separa un abismo, a los que no conocemos ni hemos visto nunca, a los que no amamos ni odiamos, pero con quienes gritamos y reímos ahora. Se trata de una vecindad fértil exclusivamente en este momento, sin voluntad duradera más allá de esto que está ocurriendo. El Carnaval da rienda suelta a las represiones, permite reírse de quien nos machaca y contra quien no podemos nada; es la expresión del miedo a algo sin límites bien definidos. Los monstruos y las figuras representan y banalizan lo siniestro, lo amenazante de la vida cotidiana. Los monstruos y los zombis que pueblan las pantallas de los cines y la televisión son un Carnaval y el Carnaval es como una película de monstruos; y todos son el síntoma de una enfermedad. El sujeto del Carnaval es la masa, el abismo indiferenciado, el mundo dionisiaco.

Todo lo que es profundo ama la máscara, que es una respuesta a la experiencia de lo elemental. “Lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible”, escribe Rilke en Elegías del Duino. El Carnaval es la personificación de esa fuerza desconocida que no tiene nombre, la expresión de un deseo sin límite, un universo sin reglas anterior a la conciencia y a la capacidad de arbitrio. El lado oscuro, que no tiene rostro, que no aparece en cuanto tal en ningún sitio ni nunca, lo domina todo y hace que cada yo no sea uno, sino varios. Cuanto más libre es una sociedad más se aleja el Carnaval de sus orígenes y hasta de sus trasformaciones históricas para adquirir un significado nuevo y distinto de los anteriores. Muchos Carnavales son macrofiestas al aire libre y botellones disfrazados. El Carnaval expresa, canaliza, vehicula esa fuerza, al mismo tiempo que protege de ella en la medida en que la exterioriza. Sirve sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo a lo irracional, de regresión del individuo a su condición de parte de la tribu, de pieza gregaria en la que, amparado en el anonimato cálido de la tribuna, el individuo da rienda suelta a sus instintos.

El reconocimiento de la existencia de distintos Carnavales, a veces irreconocibles como tales si se comparan entre sí, no significa ni oposición irreducible ni equivalencia, sino pluralidad muy de acuerdo con la posmodernidad. En la actualidad se cruzan y conviven diferentes sistemas de valores en las calles por donde se pasean los enmascarados que parecen imposibilitar una única interpretación del Carnaval. Hoy la mascara es una manera de crear un sujeto colectivo compuesto de miles de individuos sin nombre e irresponsables de sus acciones.

Tiene lugar en un momento preciso del calendario, determinado por la situación de la luna. El 2 de febrero es el día en que, según la tradición europea, el oso sale de su madriguera para observar la luna. Si es luna llena, el Carnaval no tendrá lugar hasta 40 días más tarde. El Carnaval anuncia el final de los rigores del invierno y el estallido de la primavera.

El hombre celebra el Carnaval desde que es hombre. Era, y aún conserva mucho de ello, un rito funerario; tal vez sea la continuidad de ceremonias funerarias de las que guardan memoria la Ilíada y la Odisea. Todo enmascarado, por definición, es un ser que vuelve del otro mundo. Nadie podría disfrutar de la libertad que disfrutaron y siguen disfrutando los enmascarados. Los del otro mundo, que viven alejados de los urbanitas de este mundo, invaden el espacio urbano durante el Carnaval. Éste no reconoce los límites naturales del mundo griego, cuyo traspaso era la hybris, ni tampoco los límites del mundo cristiano, cuyos límites estaban definidos por los mandamientos -saltárselos era pecado-. De fondo queda la desmesura. El Carnaval es como el relato de lo terrible, la angustia y la locura, una representación que hace apetecible o creíble un discurso o un producto.

Los Carnavales más antiguos guardan ritos anteriores al cristianismo que convivieron con éste en un mundo rural durante mucho tiempo. Muchas máscaras llevan cencerros a la cintura y utilizan otros instrumentos de hacer ruido con los que tratan de expulsar todo espíritu contrario al bienestar de la comunidad que lo celebra. El poder civil y político prohibió el Carnaval por la subversión simbólica del orden. Tanto la Iglesia como el Estado los admitieron muchas veces como mecanismos, más o menos eficaces, de regulación de las tensiones sociales por una flexibilización de las normas que regulan la vida social. Mirado desde la lógica del estatus quo, es una representación incoherente y absurda del mundo que aporta soluciones ineficaces pero lógicas desde el punto de vista del subversivo.

En nuestros días, el Carnaval ha vuelto con fuerza gracias al estado de emergencia de los individuos y de la sociedad, y a las nuevas categorías diferentes de las aristotélicas que constituyen un nuevo saber. Cuando los ritos que eran puntos de referencia dejan de ejercer como tales, los grupos se inventan. Hoy la cultura no se desarrolla por la asunción e integración de una herencia, sino por una autocreación existencial que reemplaza a la trasmitida por los antepasados. El yo, sujeto de la modernidad, es un ser cuyos deseos son infinitos, una presencia sin fondo, una interminable ausencia, una instancia a partir de la cual “se explican, reconducen y esclarecen otros fenómenos de muy diversa índole”, escribe Serrano Marín. El yo no está sometido a reglas y no reconoce límites a su deseo. Cada año aparecen personajes nuevos, famosos por algún motivo, y se escenifican situaciones políticas actuales.

A las instituciones les va de maravilla porque todo queda en palabras, chirigotas, chances, a veces de mal gusto, sin nada de importancia. El Carnaval es el fondo sin fondo, es la sinrazón de la locura pero, al fin y al cabo, una forma de resistencia, aunque sólo momentánea, al poder y, desde este punto de vista, adopta una dimensión afirmativa aunque el sentido no es más que un efecto de superficie; es una inversión a la vez que subversión. Pero las fuentes de la angustia y del malestar siguen ahí, íntegras. Pasado el éxtasis colectivo, el mundo sigue igual de inhóspito. El Carnaval no es lo que era, es esto.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC, escritor y teólogo. Es autor de El fútbol (no)es así.

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