Meditaciones para el día de reflexión

Por Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC y escritor (EL MUNDO, 26/05/07):

Me parece excelente el cierre de filas de la clase política y de los intelectuales para defender la vida privada de los políticos. Pero me pregunto: ¿es que los demás ciudadanos no merecemos el mismo respeto que los políticos? Si la respuesta es afirmativa, como espero que sea, ¿por qué se permiten programas basura en donde se airea y se ridiculiza la vida íntima de muchos de ellos, sean éstos cantantes, comediantes, comunicadores o gente de a pie? ¿O es que esta última no tiene nada que merezca el nombre de intimidad y privacidad?

Cuando la vida privada de un político afecta al desempeño de sus funciones, deja de ser privada para convertirse en un asunto público. Por ejemplo, si un político tiene una amante y la favorece con cargos públicos o le recalifica una finca -por ser ella-, hay que sacarlo a la luz. Que un político tenga un hijo secreto no es de la incumbencia del público, pero si el político le concede becas por el mero hecho de ser su progenitor, hay que denunciarlo. Hay personas que negocian con su vida íntima y la venden; por lo tanto, su intimidad pasa a ser un negocio público porque para ellas lo privado es lo que pasa por la pantalla de televisión.

Lo primero que hace la ambición política, admitida por todos como la cosa más natural y legítima del mundo, es la destrucción (simbólica o metafórica) del enemigo. Digan lo que digan, los políticos andarán siempre en la boca los unos de los otros. Viven y hablan para defenderse; son como fugitivos sin ideal ni sosiego, obedecen ciegamente a sus consejeros de imagen y tratan exclusivamente de suscitar sentimientos y pasiones, porque no tienen ideas ni les interesa a su lado gente de sólido y original pensamiento.

«La multitud fluctúa con ánimo indeciso, y al fin sigue como un río allí donde la corriente la arrastra» (Fausto, 2ª Parte). Es evidente que la multitud ha cambiado mucho en las últimas décadas, y tiene muchos más medios de información y una opinión personal mejor formada que en tiempos de Goethe, pero sigue siendo cierto que la televisión es en la actualidad el medio más eficaz de difusión de la imagen y, por ello, a los políticos les interesa más quedar vinculados con la opinión de un cantante, de un artista o de un futbolista -por ser éstos mucho más catódicos-, que con la de un intelectual. Tampoco quiere esto decir que las palabras de un cantante, un artista o un futbolista tengan, por definición, menos valor que las de un intelectual -además, si se me permite, un deportista puede también serlo; a la inversa, que un intelectual sea deportista, ya es más difícil-.

En los carteles electorales, los políticos aparecen todos jóvenes, sin arrugas, con pelo abundante, vestidos con ropas de marca. Aun aquéllos que cuando se ven por la calle tienen poco pelo, peinan en las fotografías una melena envidiable, y los que tienen papada o doble papada, aparecen con un cuello de jirafa. Los hay que dan muestras de una flexibilidad poco común en diferentes posturas, de las que algunas llaman a la compasión por lo incómodas. Todos aparecen al lado de una frase que cada uno de ellos podría firmar sin el menor reparo. Los carteles publicitarios de las campañas electorales son un canto a la imaginación del equipo de publicistas y una puesta en evidencia de su falta de realismo.

A lo largo de las últimas semanas, he recibido por correo un montón de panfletos. Sus autores me tratan como si nos conociéramos de toda la vida. Por supuesto, si me los encontrara por la calle, les invitaría a tomar una cerveza o aceptaría con placer su invitación, pero hasta el momento no tengo el honor de conocer personalmente a casi ninguno de los candidatos que se dirigen a mí con tanta familiaridad, ni creo que vaya a tenerlo en el futuro.

El NO-DO, criticado por tantos políticos e intelectuales durante varias décadas, era el medio de propaganda del régimen franquista. Ahora, debido a las nuevas tecnologías, El NO-DO se multiplica un millar de veces por sí mismo. En tiempo de campaña electoral, algunos informativos no son más que un catálogo de inauguraciones de proyectos, de obras a medio hacer y, en algunos casos, terminadas a toda prisa, y de mala manera, para la ocasión.

La cantidad de leyes que cualquier Gobierno haya aprobado no debería ser nunca un mérito al final de su mandato. La multiplicación de normas en un país suele ser prueba de que las existentes no se cumplen (Descartes). El poder legislativo, en muchos casos, hace aprobar nuevas leyes única y exclusivamente para hacer ver que está en todo, y para lavar su conciencia, del mismo modo que el que da limosna sin preocuparse por la raíz de la miseria del mendigo. El mérito no está en sacar nuevas leyes, sino en hacerlas cumplir. Si a los políticos y a todos los personajes públicos se les pidiesen cuentas de las consecuencias de cuanto hacen y dicen sirviéndose del puesto, otro gallo nos cantaría. Por el hecho de ser elegidos en las urnas, se sienten investidos de la potestad de hacer toda clase de experimentos, cuyas consecuencias después sufren la colectividad, las arcas públicas y el bien común.

La gente lee a los grandes escritores porque se encuentra a sí misma en sus páginas. Rosalía de Castro era capaz de plasmar en las páginas lo que pensaba y decía el pueblo; Homero recogió las leyendas y los mitos que se venían contando desde tiempos inmemoriales; Goethe hizo una genial obra de teatro de la leyenda de Fausto; Cervantes integró en su inmortal novela una serie de relatos que corrían de boca en boca en su época; Dante puso en verso la escatología teológica de la Edad Media y Milton la historia sagrada aprendida en la catequesis; y los trágicos griegos llevaron a la escena sus mitos. ¿Cuándo nos encontraremos en lo que dicen los políticos? Hay autores que gozan de la devoción de los críticos y especialistas que jamás han sido leídos por multitudes, y algunos éxitos editoriales de los últimos tiempos son una prueba de la eficacia del marketing.

La política es un arte mediocre desde que ha caído en manos de profesionales que viven de ella. ¿Dónde está el político que, no teniendo para vivir más que el puesto que le otorga aquélla, ante un gran problema no dice las cuatro primeras tonterías que le vienen a la cabeza, sino que se sienta, reflexiona y es capaz de decir que no hay solución? Los políticos profesionales dedican buena parte de su tiempo a desarrollar la estrategia necesaria para conquistar el poder y, después, mantenerse en él cuando lo han alcanzado.

«El sueldo de los políticos debería ser sometido a referéndum y no ser ellos mismos quienes lo dictaminen; partidos que viven a la greña toda la vida se ponen de acuerdo para aumentárselo. A no ser que esté loco, nadie tira piedras contra su tejado; bien al contrario, todo el mundo trata de arrimar el ascua a su sardina y llevar el agua a su molino», escuché en un bar a un tertuliano. Otro añadió a renglón seguido: «Podría ser peor el remedio que la enfermedad. Nos saldría más caro el referéndum que el aumento de salario». «Aun así, valdría la pena hacerlo», afirmó Sandra, la chica del bar. «Nadie es buen juez en su propia causa. La dignidad debe de estar por encima de la economía».