Meditaciones veraniegas

Cada situación es un mundo de referencias, de relaciones que nadie puede entender si no está inmerso en ellas. Las cosas más cercanas son las más lejanas porque al tenerlas a la mano las creemos las más sencillas y no le prestamos atención. Muchos seres humanos tienen miedo a salir un poco más allá de sí mismos; nutren su vida de ensueños, de fantasías y se creen más que los demás; otros, están dominados por un complejo que les impide relacionarse con los otros para no sentirse inferiores. Van de aquí para allá navegando a la deriva por su tedio profundo. Por el contrario, la mayoría de los seres humanos se abren al mundo y se dejan iluminar por los demás y, a su vez, proyectan su luz sobre ellos. Suelen estar embargados por un profundo sentimiento de compasión, comprensión y piedad, y no les llega el tiempo para hacer lo que desearían hacer.

Los pueblecitos se quedaron sin escuela, sin cura, sin médico, y ahora empiezan a desaparecer los bares. «Cuando se jubile el matrimonio que atiende el bar del pueblo, el bar se cerrará. Entonces tendremos que ir a otro pueblo pero como la mayoría de habitantes somos viejos y no tenemos coche o nos amarga conducir nos quedaremos en casa aislados. Cuando éramos una sociedad pobre, los hombres que iban a la taberna eran mal vistos porque iban a gastar el dinero que les hacía falta para medicinas, para ropa, para aceite. Hoy, los bares son lugares de encuentro a los que van hombres y mujeres, jóvenes y mayores para charlar, verse, hacer tertulia».

En el bar, cada uno interpreta a su manera el estado del campo, lo que dijo el cura el domingo en el sermón, lo que piensa de la política y eso ayuda a hacerse una idea de como va el mundo. Los bares de los pueblos pequeños no deberían pagar impuestos sino recibir subvenciones porque son un verdadero servicio a la gente. Los políticos subvencionan cine, literatura porque los protagonistas tienen influencia pero a los pueblos los dejan de la mano de Dios porque no cuentan más que en el momento de las elecciones.

En la actualidad, el calendario, especialmente los meses de verano, están salpicados de fiestas del pimiento, de la empanada, del pulpo, del tomate, de la cebolla. Otras dedicadas a la tierra, a problemas ambientales, a problemas de salud, a tendencias. Casi todas las fiestas de ahora son de reciente invención. Las fiestas modernas las organizan asociaciones con el fin de hacer conocer un producto, introducirlo con más fuerza en el mercado y multiplicar las ventas. El pueblo se acerca a ver, a mirar lo que hay como puede sentarse delante de la televisión a ver lo que le echan. Pero no hay más participación que el consumo de productos porque dejan de ser un quehacer de la comunidad para convertirse en un producto más de consumo, un producto para el turismo de una empresa o un grupo que consiguió ponerla bajo su dominio. La mayoría de fiestas de hoy día sirven al mercado, se crean y se imponen como se imponen las marcas: a base de publicidad. Todo ello oculta y ensombrece el resplandor original de la fiesta. Carentes de profundidad, en la mayoría de los casos son cascarones vacíos y botellones enmascarados, espejos ciegos, y evidencian el triunfo de lo siempre idéntico e indiferente.

Las fiestas de antaño pasaron a ser como los útiles de labranza colgados en los museos, como objetos de lujo y decoración, en el marco de otros objetos de lujo y decoración. Cada objeto es un mundo, es un útil no una obra de arte aunque quien la haya hecho sea un artista. El útil del carpintero, del agricultor, de la costurera, del alabardero, del afilador, sólo adquiere su pleno sentido cuando se convierte en herramienta y se utiliza para lo que fue hecho. Se ostenta y alardea con objetos que fueron como prótesis de los campesinos, como sus manos, como sus pies. «Ni los ecologistas ni los políticos, ni los organizadores de museos hacen nada por desocultar ni desentrañar lo que significaron esos objetos para nosotros. Cuando entro en un restaurante de una ciudad o en una casa de lujo y veo colgados objetos con los que millones de hombres y mujeres se ganaron el pan regando el mundo con su sudor, me entran escalofríos. He oído hablar muchas veces, y con toda razón, de la banalización del mal. También habría que hablar dela banalización que se hace de la vida tradicional».

Las fiestas tradicionales son organizadas por el pueblo. Se celebran con una misa solemne, procesión, fiesta familiar, baile por la tarde. La fiesta del pueblo es el renacimiento de la vida, como el comienzo de una vida nueva. Muchas fiestas tradicionales dejan de celebrarse o se reduce a la misa al santo Patrón, una misa familiar y casi nada más, porque en muchos pueblos falta alguien que se ponga al frente de la comisión. Hasta no hace muchos años, las referencias temporales eran litúrgicas. Las principales fiestas religiosas Navidad, Semana Santa, el Carmen, la Inmaculada, la Ascensión y la Asunción marcaban los hitos: El mes de agosto estaba marcado por la Asunción de Nuestra Señora que celebra la subida al cielo en cuerpo y alma de la Virgen, madre de Dios.

Los políticos y los ecologistas hablan, se lamentan del despoblamiento del mundo rural y dicen que quieren mantener el mundo rural habitado pero las medidas que toman no son eficaces porque las toman desde una idea preconcebida y no desde la realidad. Nadie vino nunca por aquí a preguntarnos qué sería necesario para que los jóvenes no se vayan a las villas o a la ciudad sino que se queden aquí. A veces viene la gente de la ciudad y quieren darnos lecciones. Vienen los ecologistas y sueltan aves de rapiña en donde nunca las hubo y se comen a todos los otros pájaros pequeños y luego nos echan a nosotros la culpa de su desaparición. Nuestro anclaje en el mundo se realiza a través de los útiles y de los signos. Cada rincón del mundo solo se conoce cuando se habita en él así como solo se conocen los instrumentos cuando se utilizan y se manejan. El mundo de un pueblo es esa esfera ordenada en la que dicho pueblo se halla confiado. El error se debe al desconocimiento de algo o a que sólo se saben las cosas a medias.

Muchas veces los que vienen a arreglar los problemas lo que hacen es convertir nuestro mundo en un campo de experimentación de sus teorías. Comprenden el mundo pero no comprenden los problemas de los que viven en este rincón del mundo. Aunque no sepamos explicarlo bien, sabemos perfectamente en donde estamos y qué necesitamos. «Tenemos una comprensión plena de nuestra necesidad aunque no sepamos definirla», dijo uno. «El verdadero problema no es que no sepamos definir nuestras necesidades, cualquier atisbo de respuesta es sólo una aproximación de la realidad. Lo que necesitamos es solución a nuestros problemas», comentó otro. Cada problema son mil problemas y cada uno de los mil tiene multiplicidad de caras.

Nuestra época ha desterrado a los viejos dioses sin tener a alguien o algo que supla su ausencia y esto la convierte en el «tiempo de la indigencia», como dijo Hölderlin; es tan pobre e indigente que ni siquiera puede sentir la ausencia de lo que le falta. Ortega escribió: Nuestra época «tiene miedo de mirar dentro de sí; al hacerlo se le nubla la vista y padece vértigo».

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC, escritor y teólogo. Autor del blog: diario nihilista. Su último libro es Viaxe sen retorno.

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