Mejor aún que lo de Obama

Si examinamos lo ocurrido en la Iglesia Católica en el último mes desde una perspectiva estrictamente temporal o, si se quiere política, convendremos que hemos asistido a un espectacular ejercicio de renovación cuyo impacto en la opinión pública mundial ha fortalecido al Papado más allá de cualquier expectativa.

No deja de ser paradójico que una institución con 2.000 años de historia a las espaldas, acusada sistemáticamente de no ser capaz de adaptarse a los avances de la civilización, haya dado un ejemplo de vigor y reflejos en su respuesta a los problemas que le afectan. La Iglesia pone así doblemente en evidencia a quienes autoproclamándose heraldos de la modernidad, el progreso y el racionalismo se fosilizan y atrincheran en nuestros partidos políticos en defensa de intereses mezquinos y egoísmos personales.

Sólo la llegada hace cuatro años y medio a la Casa Blanca del primer presidente negro de la historia, tras unas reñidísimas primarias frente a una mujer tan brillante y carismática como él, supuso un caso similar de fortalecimiento de un centro de poder en crisis mediante la súbita ampliación de su clientela potencial. Y aunque el presidente de los Estados Unidos tiene más resortes de intervención en la política mundial, el Papa de Roma le supera con creces en influencia -eso que los politólogos llaman «poder blando»- y verdadera universalidad.

Como si se tratara de la mejor superproducción imaginable hemos asistido a un drama en dos actos que empezó con una sorpresa impactante y ha concluido con otra todavía mayor. Ni siquiera la elección del cardenal Woytila tras la súbita muerte de su efímero antecesor supuso una sacudida y un acontecimiento del calibre del desencadenado el miércoles en la plaza de San Pedro cuando se abrió la puerta del balcón y el cardenal protodiácono anunció como nuevo Papa a un iberoamericano y jesuita.

Por trágico o misterioso que resultara, el fallecimiento de Albino Luciani a las pocas semanas de su elección no hizo sino reproducir los parámetros habituales de la transferencia de poder en el Papado: un Pontífice había muerto, otro debía de sustituirle. Que el elegido fuera polaco introducía un cierto elemento de exotismo e incluso podía intuirse que contribuiría a acelerar el declive de las dictaduras ateas del bloque soviético, pero no dejaba de encajar en la tradición eurocéntrica de 2.000 años de catolicismo.

El primer gran factor diferencial de lo que ahora hemos vivido reside en la fuerza catártica de la renuncia de Benedicto XVI, un hombre que alegó haber llegado al límite de sus fuerzas pero que con el brío y la resolución de alguien 40 años más joven aprovechó hasta el último día de su Pontificado para presentar su paso atrás como un gesto de protesta contra las intrigas y vanidades de la curia. Un día denunciaba «las divisiones que desfiguran el rostro de la Iglesia», al siguiente clamaba contra los que «instrumentalizan a Dios para fines propios» e incluso fustigaba la «hipocresía religiosa» de quienes «buscan el aplauso». Todo indica que esta concienzuda flagelación tenía como propósito desencadenar un efecto regenerador como el del organismo humano cuando responde a una infección produciendo los debidos anticuerpos.

Con su gran inteligencia Ratzinger entendió que ese electroshock moral sólo era posible con un relevo en vida en la silla de San Pedro que subrayara el carácter excepcional de la situación y la imperiosa necesidad de una reacción en el seno de la Iglesia. Fue una apuesta audaz que podía haber desembocado en la estéril elección de un Papa conformista y continuista apadrinado por la curia. De hecho ése era el perfil de algunos de los candidatos cuyos nombres se repetían con más insistencia. Si el elegido hubiera sido uno de ellos al Papa emérito le habría quedado la sensación de que el cónclave también era parte de esos «días de aguas turbulentas en los que el Señor parecía dormir». El tiro le habría salido por la culata. Todos los peligros de la bicefalia hubieran planeado desde ese momento sobre la Iglesia.

Han bastado los primeros gestos de Bergoglio como nuevo Papa Francisco para darse cuenta de que ese riesgo ha quedado conjurado. Si el hecho de que su primera referencia fuera para Benedicto XVI denota una especial sintonía personal, su irrupción con una sencilla cruz y ningún ornamento sobre la sotana blanca, la visita del día siguiente a la pensión a pagar la cuenta o la demanda de ejemplaridad «irreprochable» a los cardenales indican que ha comprendido el mensaje encriptado en la renuncia de su antecesor. O mejor aún, que quienes lo han comprendido han sido los miembros del cónclave al elegir como Papa a un arzobispo que viajaba en metro, vivía en un apartamento en el que se hacía la comida, visitaba a los enfermos y era socio de un club de fútbol.

Nadie puede decir que la Iglesia tiene un funcionamiento democrático puesto que los fieles no participan en la elección de sus obispos ni estos en la de los cardenales y las mujeres están excluidas del propio sacerdocio, pero es innegable que cuando se cierran las puertas de la Capilla Sixtina y comienza el cónclave se activa el mecanismo más justo y libre de cuantos tienen lugar en el mundo bajo el principio de un hombre, un voto. Allí no hay avales como en el congreso de Valencia ni chalaneos entre delegaciones como en el de Sevilla.

El soplo de inspiración que los creyentes atribuyen al Espíritu Santo a la hora de seleccionar al Papa es en realidad el resultado de la suma y resta de sensibilidades ideológicas y actitudes pastorales moldeadas en los entornos más dispares de los cinco continentes.

Que Bergoglio resultara elegido en el segundo día del cónclave -como ya ocurriera con Ratzinger- indica que muchos cardenales tuvieron claro muy pronto que era el hombre que necesitaba la Iglesia en esta encrucijada tan ardua. Incluso el que tenga 76 años ha podido ser determinante a su favor, en la medida en que la renuncia de Benedicto XVI no sólo transmitía la necesidad de dar respuesta a una deriva equivocada sino la de hacerlo con urgencia inaplazable. Los cardenales no han buscado a alguien con mucho tiempo por delante sino a alguien dispuesto a actuar de inmediato, consciente de que, a medida que se acerque a la edad actual de su antecesor, el precedente de su final voluntario también pesará sobre él.

Bergoglio ha recibido pues el encargo implícito de renovar, reformar y regenerar la Iglesia Católica en un margen de tiempo equivalente al de los dos mandatos de un presidente de los Estados Unidos. Y a nadie se le ocultan las expectativas generadas por el hecho de que sea iberoamericano y jesuita. Cualquiera de esos dos atributos ya habría bastado para romper tabúes, pero la suma de ambos constituiría un potencial directamente revolucionario si esa no fuera una palabra reñida con la nomenclatura de la Iglesia.

La entrega del timón de la barca de Pedro a un arzobispo del subcontinente que tiene a la vez el mayor número de católicos y su más alta tasa de retroceso indica que se ha optado por dar prioridad a la labor pastoral en los países en vías de desarrollo, aplicando las recetas de quien conoce la realidad sobre el terreno. Cuando al auge del laicismo se une la pujante competencia de otras religiones con abundante financiación detrás, parece lógico que se haya elevado al trono imperial a un oficial curtido de la guardia pretoriana.

Eso es lo que ha representado la Compañía de Jesús en su medio milenio de existencia al servicio del Papado: una fuerza de choque tanto para hacer frente al poder temporal de los Estados católicos que mediante la doctrina de las regalías pretendían controlar a los obispos, como para abrir nuevos mercados a la evangelización. Este empeño llevó a los jesuitas al Japón, a la India y a los más recónditos rincones de la selva amazónica donde impulsaron la experiencia comunista de las reducciones del Paraguay, como antecedente de la Teología de la Liberación.

Pero esa disposición a erigirse en la vanguardia de la Iglesia no les salió gratis: muchos jesuitas murieron como soldados de infantería u abnegados oficiales en el campo de batalla del martirio -Ellacuría fue uno de los últimos-, mientras la orden como tal era convertida en chivo expiatorio de las contradicciones de la Ilustración, siendo expulsada de Portugal bajo la acusación de incitar al regicidio, de Francia por especulación financiera y de España como sospechosa de organizar el motín de Esquilache en sintonía con el Marqués de la Ensenada. Si a ello le unimos sus choques recientes con el propio Vaticano como consecuencia de la percepción de Juan Pablo II de que Arrupe había llegado demasiado lejos en su interpretación de la doctrina social de la Iglesia, podría pensarse que la elección del primer jesuita como Sumo Pontífice tendría necesariamente que acarrear un cierto sentimiento de desquite.

Pero aquí es donde llega el golpe de efecto de la elección del nombre de Francisco. Si bien en un primer momento pudo pensarse que Bergoglio estaba aludiendo a dos jesuitas como San Francisco Javier y San Francisco de Borja, él mismo aclaró enseguida que se trataba de un homenaje a San Francisco de Asís, lo cual no sólo implica identificarse con la Iglesia de los pobres -como todo el mundo ha subrayado- sino que tiene un valor de reconciliación histórica. Franciscanos fueron los colaboradores del conde de Aranda en su tarea de criminalización de los jesuitas, franciscano fue el papa Clemente XIV que disolvió la Compañía en 1773 y franciscanos los que ayudaron a los encomenderos y a las autoridades civiles a liquidar las reducciones guaraníes. No me cabe ninguna duda de que Bergoglio habrá leído el libro de su compatriota Leopoldo Lugones El Imperio Jesuítico en el que se describe la «guerra sin cuartel» que sus antecesores mantuvieron en América durante siglo y medio con los franciscanos, «orden tradicionalmente enemiga de la Compañía».

Cuando nada más ganar las elecciones Obama nombró Secretaria de Estado a Hillary Clinton todos entendimos que era un signo de unidad -inspirado en el «Team of Rivals» de Lincoln- entre quienes habían competido por el control de un mismo partido. Bergoglio ha dado un paso más allá al asumir el nombre de su ancestral contrincante y hablar acto seguido de «fraternidad». Si sigue por ahí, este hombre al que le sienta tan bien la sotana merengue como la bufanda del club de sus amores -«Bicolor que llevo en mis venas, azulgrana es la insignia triunfal», dice su himno- tal vez sea capaz hasta de reconciliar a los más enconados rivales en el estadio de la fe.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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