‘Mejor Putin que el caos’

Por Daniel Reboredo (EL CORREO DIGITAL, 08/12/07):

A ninguno se le ocurrió / Crear ningún disturbio grave / Pues la vida se hacía inconcebible / Si no ganábamos». Estos versos de W. H. Auden (‘Que la historia me juzgue’) nos introducen en la Rusia del Siglo XXI y más concretamente en las recientes elecciones a la Duma del 2 de diciembre, que han permitido a Vladímir Putin dar el primer paso en su estrategia de controlar el país y de consolidar su proyecto de futuro. La anunciada victoria del partido del presidente, Rusia Unida, se ha consumado con facilidad y la dura represión policial ejercida contra la débil oposición (acosada y perseguida, llegando al asesinato) durante la campaña es difícil de entender al constatar la gran popularidad de Putin entre los rusos y la concentración de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial entre sus acólitos. La Duma Estatal es la cámara baja de la Federación Rusa, donde el parlamento se conoce como Asamblea Federal de Rusia, mientras que la cámara alta es el Consejo de la Federación Rusa. La Constitución de la Federación Rusa de 1993 estableció que estuviera compuesta por 450 diputados, elegidos para un periodo de cuatro años, y a ello optaron las ‘diferentes’ opciones políticas el día 2, aunque en el fondo las elecciones hayan sido un referéndum nacional de apoyo a Putin.

La nerviosa campaña electoral del presidente ruso, tildando a los opositores de ser «unos chacales que buscan financiarse en el extranjero y que preparan provocaciones con sus salidas a la calle, como les han enseñado especialistas occidentales», ha sido sorprendente y difícil de comprender, tal y como señalábamos, ya que es el amo y señor de la Rusia actual. Su partido ha ganado con más del 64% de los votos y ello le permitirá convertirse en primer ministro y saltarse el mandato constitucional que le prohíbe volver a presentarse a la jefatura del Estado, afianzando su política personalista y la concentración de poder. Putin es Rusia y el culto a su persona nació, más que de la necesidad, de la desesperación de una población que padeció el cáncer que se extendió por todo el país en la época Yeltsin. ‘Mejor Putin que el caos’.

Los rusos no olvidan el saqueo del país por los oligarcas, la crisis de 1998 y el colapso que generó en la economía rusa sólo superado con los 15.000 millones de euros que le traspasó el Fondo Monetario Internacional. Además, una gran mayoría de la población se encuentra a gusto con su retórica de la Guerra Fría acusando a gobiernos extranjeros de inmiscuirse en los asuntos internos del país, de apoyar a los grupos de la oposición, de fomentar caballos de Troya en pro de revoluciones de colores como en Georgia y Ucrania y, en definitiva, de intentar debilitar el país, amenaza que debe ser evitada a toda costa. De ahí que en la campaña se lanzasen soflamas como que la victoria de Putin era la de la propia Rusia, que necesitaban construir un futuro que aguantara los reveses de la historia y que la discrepancia minaba el patriotismo ruso. Una nación existe únicamente cuando comparte una serie de símbolos y orientaciones respecto a su propia historia. Putin ha conseguido conciliar los diferentes pasados de Rusia en los nuevos símbolos y en el propio himno del país, a la par que ha imbuido a la ciudadanía de un espíritu y orgullo nacional que arrinconan cuestiones como la debilidad del Estado, la existencia de mafias y oligarquías depredadoras o el problema checheno.

Los partidos de la oposición no tenían demasiado apoyo y han conseguido unos discretos resultados, en gran medida debido a la imposibilidad de utilizar unos medios de comunicación controlados por el Estado que los han ignorado y a la falta de recursos financieros, ya que los empresarios no han querido aportar fondos a partidos que no tenían el apoyo del Kremlin. El Partido Comunista (11,6% de los votos), el ultranacionalista Partido Liberal Democrático de Rusia (8,2%) y Rusia Justa (7,8%) han sido, de lejos, la segunda, tercera y cuarta opciones elegidas por los rusos. Muy lejos han quedado el Partido Agrario (2,5%), Yábloko (1,2%) y la Unión de Fuerzas de Derecha (1%).

Aunque estas cifras pueden variar ligeramente, la victoria de Rusia Unida ha sido inapelable y el ensayo de cara a las elecciones generales de marzo de 2008 augura buenas perspectivas para Putin y para su proyecto de país. A ello cabe añadir el papel y la filosofía que transmite la formación política que lidera en la sombra. Dirigir Rusia Unida (fundada el 1 de diciembre de 2001 previa unión de varios grupos parlamentarios -Unidad, Patria y Toda Rusia- y presidida por Borís Gryzlov) ha convertido a ésta en algo más que un partido político, ya que fue elegida por Putin, cuando aceptó encabezar las listas electorales del partido el 1 de octubre de 2007, y sus aliados como medio de control del poder. La doctrina política básica del mismo se vincula claramente al plan Putin de «hacer al país fuerte, rico e independiente», pero más tarde la idea es que se reconvierta en una especie de clon del antiguo partido comunista, con una ideología, unas juventudes y un monopolio del poder y de influencia en toda la nación (salvar la civilización rusa, no permitir que la influencia occidental la corrompa a ella o a su idioma, ni otras injerencias sobre la soberanía rusa). Todas las nuevas ambiciones políticas rusas pasan por la afiliación al partido triunfador de las elecciones que ya ha usado su poder para cambiar la forma de realizar las elecciones y que cuenta con la mayoría de los gobernadores regionales (más de 60 sobre 89) y de los dirigentes de los gobiernos locales que controlan la mayor parte de las empresas de comunicación y publicidad, a los que se han sumado rápidamente un ingente número de empresarios que aportan sus influencias y su dinero a los fines del partido. Las Juventudes del mismo (Joven guardia) tienen la misión de crear una máquina política cuya atracción de los mejores y los más capaces garantizará la perpetuación en el poder de dicha formación política. Si consiguiera esto, su dominio político del país sería total.

Cuando se produjo el colapso de la URSS y el nacimiento de los nuevos Estados, se vaticinó que la transición de Rusia a la democracia y al libre mercado no se haría en meses o años y que la recuperación de prácticas autocráticas en el sistema resurgido de las épocas zarista y soviética no sería algo extraño. Putin encarna esta afirmación ya que su estilo modernizador se apoya en unos conceptos muy conocidos en Rusia: las reformas desde arriba, la ‘alianza’ con Occidente y el poder unipersonal. Aunque todo esto es cierto, no debemos olvidar que, a pesar de las dificultades, la mayoría de los rusos han mejorado su calidad de vida, lo que reconocen y aprueban los partidarios del partido y muchos liberales que estaban asqueados con la corrupción de los años noventa del siglo pasado, cuando unos cien clanes políticos pugnaban por una parte de la tarta rusa después de la desintegración de la URSS y del caos postsoviético. Millones de rusos quieren a Putin como un salvador y encuentran muy atractivos su liderazgo y su visión, mucho más que las que consideran dudosas virtudes de la democracia y del derecho a elegir entre partidos políticos. La idiosincrasia rusa y el orgullo del pasado tienen mucho que ver con su liderazgo y con el apoyo que le respalda, e indudablemente harían suyos otros versos de Auden que dicen: «Y todos, en su propia celda, respiren casi persuadidos de que son libres, /Un puñado de miles evocará este día/Como se evoca el día en que uno hizo algo ligeramente excepcional».