Mejor que el silencio

Cuando hace apenas unas semanas conocí la noticia del fallecimiento de João Gilberto, instintivamente me vino a la mente el famoso verso con el que John Keats abre su poema Edimión: «A thing of beauty is a joy forever» («Es lo bello -tradujo entre nosotros Mariá Manent- alegría para siempre»). Porque la guitarra y la voz de João Gilberto han sido y son en mi vida, como seguro que en otras muchas, fuente y remanso de felicidad y porque sus interpretaciones y grabaciones constituyen un legado de inagotable belleza para las generaciones futuras.

A João Gilberto se le conoce mundialmente por ser, junto con Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Morais, padre de la Bossa Nova. Su disco «Chega de saudade» (1958 el sencillo, 1959 el LP) es generalmente considerado como el momento fundacional del movimiento. Un movimiento musical que supuso una profunda renovación de la samba -es un nuevo estilo de samba, rico en motivos melódicos, trufado de acordes complejos, ritmos nuevos y osadas armonías- y una aportación definitiva a la historia de la música. Desde entonces -no ha dejado de reinventarse-, nos acompañan su refinamiento, su sensualidad y su rotunda celebración de la vida, perceptible incluso cuando canta la misma tristeza.

En «Chega de saudade» son ya reconocibles las dos principales y decisivas contribuciones de Joâo Gilberto al nuevo movimiento. En primer lugar, una forma singular de tañer la guitarra, lo que se ha llamado su «batida de guitarra». Tocando de modo intensamente sincopado, acordes y no notas, Gilberto era capaz con su sola guitarra de reproducir el sonido -la armonía y el ritmo- de todo un grupo de samba. Estilizando, reduciendo a lo esencial la riqueza y complejidad rítmica de la samba, abría espacio a las nuevas armonías que quería introducir. Y en perfecta simbiosis con la guitarra, un modo personalísimo de cantar: Gilberto cantaba suave y dulcemente, sin vibrato, con voz grave y limpia, como si susurrara, tejiendo con la guitarra un sonido sutilísimo e hipnótico. «Puede sonar bien -dijo de su voz el mítico Miles Davis- incluso leyendo un periódico».

La vida de João Gilberto ha sido la historia de un compromiso radical -definitivo y sin concesiones- con su arte. Un compromiso que, como ha contado Ruy Castro, historiador de la bossa, data del vagabundaje de sus primeros años en Río, en los que, empeñado en encontrar su propia fórmula y pese a su situación de auténtica penuria, se negaba a cantar en las boîtes y salas de fiestas de moda porque la gente hablaba en voz alta y no respetaba la música, y se extiende hasta sus últimos días, en los que -en largo pleito con sus discográficas- había vuelto a la penuria. Su nivel de exigencia -hacia los demás y hacia sí mismo- rigió toda su carrera; podía pasar hasta dieciocho horas ininterrumpidas tocando una canción hasta agotar todas sus posibilidades rítmicas y melódicas. Son míticas las torturas a las que sometía a sus colegas -Tom Jobin incluido- durante los procesos de grabación de sus discos, empeñado en conseguir la perfección. Y memorables sus cancelaciones cuando el local no reunía la acústica adecuada o sus espantadas del escenario cuando voces, toses o ruidos perturbaban su música. En una de las poquísimas ocasiones en las que concedió una entrevista, él mismo señaló que su trabajo, su música, era «su opción vital, su aproximación personal a la felicidad». «Pretendo siempre hacer el mejor trabajo, dividir lo mejor posible los acordes, la emisión conjunta y unísona de la voz y de la guitarra. Esta preocupación, que algunos tachan de exageración y preciosismo pedante, no es sino amor por lo que hago. Desde la certeza de que no soy perfecto ni un genio, de no tener esa voz privilegiada que otros dicen y de que es necesario trabajar duro para que el producto final sea, éste sí, perfecto: la música brasileña…». El resultado de este modo de ser ensimismado y solitario fue una producción depurada, exquisita, sin tacha.

Si algún lector malpensado cree que estoy siendo hiperbólico al glosar la música de Gilberto, le invito a que escuche su «Álbum blanco» (1973) o, si todo un disco le parece excesivo, solamente su versión de la bellísima canción de Charles Trenet «Que reste-t-il de nos amours?». Que él mismo ponga los adjetivos: estoy seguro de ganarlo para la causa.

En el año 2000, tuve la suerte de asistir al primero de los dos conciertos que Gilberto dio en el teatro Grec de Barcelona y lo recuerdo como uno de esos grandes regalos que en contadas ocasiones nos ofrece la vida. Salió al escenario puntual, pese a que, al parecer, en el viaje había habido algún problema con su guitarra, presagio de lo peor. Su aspecto era el funcionarial acostumbrado: traje oscuro, sin corbata, cabello ralo y escaso y gafas anodinas. Hizo un saludo mínimo, se sentó y abrazó la guitarra. Y entonces, la maravilla: fue desgranando los temas de su último disco «João voz e violão» -perfecto epítome de su música- y cada interpretación fue una creación. Cada canción, mil veces escuchada, sonó nueva y distinta, pues Gilberto sabía como nadie que el arte hay que buscarlo y hallarlo en los matices.

Caetano Veloso, que tanto debe a la influencia de Gilberto, rindió homenaje al maestro en una divertida canción, «Pra ninguém», en la que va recordando grandes hitos y cantantes de la música brasileña para concluir: «Melhor do que isso só mesmo o silêncio/ E melhor do que o silêncio, só João», es decir, «mejor que eso solo el silencio y mejor que el silencio solo João». Como todo poeta, todo músico que se precie vive en relación profunda con el silencio, porque sabe del respeto que el silencio impone y de la responsabilidad moral en que incurre quien lo quebranta. Wagner decía que «la grandeza de un poeta se mide sobre todo por aquello que silencia, y la forma inaudible de ese silencio». La relación de João Gilberto con el silencio ha sido, en este sentido, ejemplar: lo ha roto solo cuando podía mejorarlo.

Francisco Pérez de los Cobos fue presidente del Tribunal Constitucional.

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