Mejor separarse que abrasarse

El pasado sábado, en las páginas del suplemento de este periódico La Otra Crónica, leí el amplio reportaje de Emilia Landaluce, titulado «El fin de una pareja», dedicado a la separación del señor presidente del Congreso de los Diputados después de casi 30 años de convivencia conyugal. Según versión de un familiar muy cercano al matrimonio, en la crisis no han tenido que ver terceras personas o, lo que es igual, que detrás de la separación no hay intrusos con faldas o pantalones. «El motivo real es mucho más sencillo: a veces el amor se acaba», ha declarado.

Siempre he pensado que nadie es nadie para hurgar en los asuntos sentimentales del prójimo, de manera que lo que me apetece es dedicarme a la idea, dando de lado lo personal. Bien es verdad que, como dijo el editorial de EL MUNDO a raíz de que los cónyuges hicieran pública la ruptura mediante un comunicado oficial, aunque en España los políticos suelen mantener su vida privada a salvo de los focos, en el caso del señor Bono la crisis matrimonial es una noticia que produce ecos de sociedad o, como ahora se dice, merece la atención de revistas y programas del corazón, pues se enmarca en la pelotera organizada en relación al incremento del patrimonio económico de don José.

Pese a ello, creo que en estos asuntos nunca es fácil el diagnóstico certero y la sola pretensión de querer alcanzar conclusiones definitivas siempre resulta peligrosa. Así, pues, mi propósito es expresarme acerca del matrimonio en abstracto y hacerlo rodeado de las necesarias precauciones, lo que no quita que pueda resultar procedente alguna referencia al supuesto concreto, cosa que de suceder estaría presidida por el mejor de los respetos.

Nadie duda a estas alturas de que el matrimonio es una institución con serios problemas de estabilidad, de tal modo que no puede decirse que esté pasando por los mejores momentos. «En todas partes, el matrimonio se está tornando más opcional y más frágil», escribe Stephanie Coontz en su Historia del matrimonio.

Según dos informes que tengo a mano -uno del Consejo General del Poder Judicial y otro del Instituto Nacional de Estadística, ambos referidos al año 2008-, aunque España se sitúa entre los países de la Unión Europea con menores tasas de ruptura, entre nulidades, divorcios y separaciones, consensuadas y no, el número de estos procedimientos ascendió a 131.060, cifra en la que están incluidas tanto las uniones forjadas ante los ojos de Dios, como las reguladas por las leyes civiles. Otro dato es que del total de divorcios destacan los formalizados entre parejas que llevaban casadas 20 años o más. Parece ser que los 11 años y cuatro meses de convivencia son el instante preciso y fatídico en que los matrimonios y parejas se tambalean hasta tal punto de que terminan hechos añicos.

¿De quién es la culpa? Desde luego, me niego a admitir lo que dice la antropóloga Helen Fisher, profesora de la Universidad estadounidense de Rutgers, cuando sostiene que las relaciones de pareja están programadas genéticamente para que se autodestruyan al cabo de cierto tiempo. «Las sustancias químicas que libera el cerebro y que hace que nos enamoremos se agotan al cabo de 36 meses», afirma la doctora. Para mí, la cosa es bastante menos complicada. Aparte de que los hombres no solemos acertar en crear instituciones perfectas o aproximadamente perfectas, función reservada en exclusiva a la divinidad -y ahora no hablo del sacramento, sino del contrato-, con matrimonio o sin él, con divorcio o sin él, la separación de una pareja es una situación de hecho que se produce -poco ha de importarnos ahora con qué frecuencia- cuando se confunden dos amores muy distintos: el amor, que es condescendiente y gentil, y el amor propio, que es cicatero, ruin y fruto del engreimiento. La relación sentimental -me refiero a la estable- se apoya en la generosidad y no en el sentido de propiedad que algunos tienen de ella. Cuando alguien dice «mi matrimonio» o «mi pareja», no siempre alude al consorcio que forma sino que supone que es de exclusiva pertenencia.

Aunque rumores nunca faltan, nadie sabe ni le importa por qué, ni por culpa de quién, una relación se va al garete. Cela decía que en los naufragios matrimoniales pueden influir muchas cosas. El aburrimiento, en primer lugar; también las diferentes costumbres, sin descartar el sistema nervioso. E incluso puede suceder que a uno de los dos o a lo mejor a los dos a la vez, les entren ganas de juergas extra domésticas. Usted, estimado lector, ya sabe lo que quiero decir. Eso por no hablar de esas parejas que para luchar contra el hastío y la monotonía se entretienen en el cruel e insatisfactorio deporte de hacerse la puñeta mutuamente.

Lo importante es estar muy atento, tener mucho cuidado y verlas venir. Lo grave en la vida de una pareja es que siempre sea igual, siempre la misma; que, por ejemplo, un buen día, de pronto, te des cuenta de que tu par -da igual el sexo- está sentado en el sofá delante del televisor, viendo la final del campeonato mundial de fútbol de Sudáfrica y que, aunque tú te hayas cortado el pelo o puesto las mejores galas o le hables de las últimas novedades en el trabajo, no te haga ni caso, vamos, que no se entere. Entonces hay que tener mucho temple y paciencia porque cosas como esas reconcomen, amargan y entristecen, a sabiendas de que son males irreversibles, sin freno ni marcha atrás. O sea, «¡que te bese Castilla-La Mancha!», que, según cuentan las crónicas, fue lo que doña Ana le soltó a don José cuando éste pretendía un beso en su acelerada despedida porque tenía que llegar a un acto oficial.

La vida cotidiana de pareja a veces actúa como la carcoma. Hay en casa un mueble precioso, supongamos que de estilo victoriano y que da gusto mirarlo, pero en cuanto te descuidas y no lo tratas, abres el primer cajón y se desvencija a cachos porque tiene unos agujeros como puños. Todo cambia, pero lo que pasa es que casi nadie se da cuenta del cambio hasta que ya es tarde para desandar lo andado, aunque también es verdad que hay cónyuges que, como se han cogido recíproco cariño, tiran hasta el final, que es la esquela con toda la parentela en fila india. Estar separado, divorciado, lo mismo que ser casado, soltero, viudo o cura no son más que circunstancias que hay que llevar con buena cara y educación, porque, a lo que se ve, en este mundo es escaso el número de satisfechos y contentos con su suerte.

Ahora bien, con todo, lo malo de un matrimonio o de una pareja no es que sus miembros se separen. Peor, mucho peor, son las energías que, a menudo, unos y otros derrochan en machacarse y en conseguir un papel, es decir, una sentencia, que les dé la razón oficial, que no siempre coincide con la razón natural y verdadera. Eso por no hablar de quienes se empeñan en gastarse todos los ahorros, con herencia incluida, pleiteando.

En las separaciones, judiciales o no, de hecho o de derecho, divorcios, anulaciones y demás lances sentimentales, suelen haber demasiados bárbaros que desean emociones fuertes. Lo malo es que estas cosas suelen resultar muy caras. Otros, por el camino opuesto, ejercitan la ilustre sabiduría de que más vale un buen arreglo que un mal pleito y en lugar de gastarse los cuartos en abogados, civiles o eclesiásticos, según la libre elección de cada cual, prefieren emplearlos en viajes u otras inversiones a corto plazo. Aunque estoy dispuesto a admitir que a veces hay excepciones -de ahí que en este particular sea justo felicitar a los recién separados don José y doña Ana-, lo habitual es que la sensatez no sea virtud que acompañe a las rupturas matrimoniales y sí, muy al contrario, que lo sean las actitudes irracionales y disparatadas.

– «¡Qué horror!» -exclamó el marido-. «¿Cómo he podido vivir tanto tiempo con una persona que ni siquiera es de la familia?».

– «¡Pues ya lo ve usted!» -contestó el doctor- «¡Cosas! Ya se sabe que el matrimonio es el instrumento que une a dos seres que no se conocen».

Raimundo Lulio pensaba que el amor esclaviza al libre, aunque añadía que también redime al esclavo. En el caso que ha inspirado estos párrafos, ella y él, después de casi 30 años de matrimonio se aprestan a encararse al desamor y a seguir viviendo sin amor durante el tiempo que sus corazones estén vacíos, que tampoco tiene que ser mucho, pues, entre otras razones, no es prudente ni sano. Los motivos de la ruptura de una relación casi siempre son inescrutables, lo mismo que las de una prolongada convivencia. Estoy convencido de que la mayoría de nosotros puede encontrarlos si rebusca en los sombríos rincones de la memoria. Gloria Fuertes lo describe magistralmente. Ella amaba el amor hasta el punto de que mantenía que sólo con el amor se puede hacer un poema, un niño o un milagro. Sin embargo, también advertía de que el amor tiene vocación de santo pero no llega a la categoría de mártir.

Todas las relaciones que se rompen pueden ser recompuestas aunque los pedazos fueren mil. Ahora existen pegamentos muy sólidos. Lo que no hay quien repare es el desgaste por fricción constante, pues el polvo que despide se lo llevan los impetuosos vientos de la indiferencia y del olvido.

Javier Gómez de Liaño, abogado y magistrado en excedencia.