Mejorar a Dahl

No corro el riesgo de pasar por original si me pongo a hablar de Dahl, otros han llegado al circo antes que yo. La tinta empezó a correr cuando la prensa británica alertó de que la editorial londinense Puffin –apéndice de Penguin Random House– se había empeñado en mejorar a Roald Dahl, el rey de la literatura adulta para niños. Y ¿qué es mejorar?, se preguntarán ustedes junto a este desnortado escribidor. Mejorarlo es mejorarlo y punto. Corregir errores. Hacer lo que él no supo hacer. Adaptarlo al mundo real, que ha seguido avanzando al ritmo exacto del editorial, que avanza si avanzan las ventas y, si no, no avanza. Puffin ha pensado que Dahl resulta a veces ofensivo, como si con eso descubriera algo, cuando Dahl ha ofendido a alguien siempre, a veces queriendo y a veces sin querer, como cualquiera que no trabaje en Puffin, como hace, por cierto, cualquier niño mientras trata de evitar que otro se lo haga a él. De eso sabía Dahl y de eso saben los niños, que siempre amaron su irreverencia.

Mejorar a DahlPara fintar arbitrariedades, Puffin se ha acogido al criterio luminoso de una asociación, Inclusive Minds, entregada a la protección de las mentes tiernas, que conviene malear cuanto antes en la dirección correcta. Habrá oído ya el lector que el nuevo Dahl ya no dice «gordo», sino «enorme», para dejar de ofender a los gordos y empezar a ofender a los enormes, y que si hay brujas que llevan peluca para ocultar su deforme maldad, conviene aclarar cuanto antes –en involuntaria parodia– que llevar peluca en sí «no tiene nada de malo». Un príncipe indio «loco» pasa a ser «ridículamente rico», porque ¿quién quiere reírse de un loco pudiendo hacerlo de un rico, que seguramente lo sea por haberle robado al loco?

Y por qué parar ahí. Inclusive Minds ha decidido que Matilda lea a Jane Austen en vez de a Conrad, y a Steinbeck en lugar de a Kipling, para librarla de sus mediocres padres y someterla a los de todos, espantados hoy, parece, con 'Lord Jim' (espero que lady pronto) o 'El libro de la selva'. No hablamos, pues, de simples cambios –eso lo hace cualquiera–, de pequeñas sustituciones para poner «escudo» donde antes ponía «adarga». Hablamos de mejoras ejemplares, de cambios de sentido y contenido comme il faut. De hacer las cosas bien.

Otros determinarán mejor que yo si Inclusive Minds se dedica a mejorar el lenguaje o las ideas, si quieren que Dahl suene mejor o que suene como toca, si se trata de ayudar al niño o a algunos progenitores selectos. No seré yo tampoco, a estas alturas, quien juegue a diferenciar obra y autor (antes me pongo a disertar sobre los límites del humor). Este escribidor se pregunta más bien si tal cosa es siquiera legal. ¿Pueden los herederos de nadie autorizar la modificación del contenido de un libro? ¿Pueden los herederos de Delibes, verbigracia, decidir que cinco horas son pocas y que con Mario conviene pasar un mínimo de seis?

Parece que en España tal cosa no podría ser, lo que a Puffin le preocupará relativamente poco (por ponernos exagerados). Sólo el autor puede –parece– modificar el contenido de su creación (derecho moral); lo que heredan sus deudos es la potestad de reclamar en su ausencia la integridad de la obra, no la facultad de subvertir un derecho inextinguible. Pero si quien tiene el derecho decide no ejercerlo, ¿qué puede hacerse?

Un buen amigo me escribe: «Cuando mis hijos hereden la casa podrán tirar muros, si quieren. Es simplemente así». Pero nada es «simplemente así». Por eso existe el derecho. Por eso hay departamentos legales, diferencias de criterios, juicios millonarios, argumentaciones, ejemplos, contraejemplos, matices, grietas, lagunas, ángulos creativos, acercamientos, inesperados precedentes, cambios de jurisprudencia... Por eso hay abogados baratos y abogados de 2.000 euros la hora, por no hablar de las diferencias filosóficas entre el derecho anglosajón y el europeo. Por eso dos dicen «es simplemente así» y sólo gana uno.

No hablamos de adaptaciones (no hablamos de una película que, con mejor o peor fortuna, lo cambie todo sin alterar ni sustituir la obra original), hablamos de modificaciones en una obra que firmará alguien que no ha escrito parte de lo que a partir de entonces se le atribuirá. No parecería razonable –ni posible– que un heredero de Walt Whitman pudiera colar versos suyos en 'Hojas de hierba' para hacerlos pasar por los del abuelo, por muy suyo que fuera el 'copyright'. Nadie puede pintarle bigote a 'Las tres gracias' aunque sea ridículamente rico (o un príncipe indio loco). La ley no lo permite. ¿Se puede mejorar a Dahl si todos están de acuerdo porque la casa es suya y aquí se tiran los muros que haga falta?

Habrá cada semana, en cada despacho de cada editorial, mil y una argumentaciones sobre qué cambio es legítimo y por qué, qué es menor y qué es mayor, qué se puede y qué no hacer. Tales precauciones irán diluyéndose y haciéndose más filosóficas que legales y más morales que efectivas con el tiempo, cuando más lleve muerto el autor y más polvo acumule su esfuerzo. Será más delicado desdecir a quien lleve quince años criando malvas que a quien haga trescientos que no se diferencie del suelo. Cada día que pase hará la música más evanescente y melancólica...

Pero ahí vive el derecho, en los ángulos muertos, en las interpretaciones y matices. En las formas de verlo y abordarlo todo. Por eso hay bufetes con salas forradas en nogal, porque encuentran posiciones defendibles ante casi cualquier cosa. Nada es simple. Nunca. Para eso hay abogados, precisamente, para que nada lo sea. Los impulsos son los mismos desde siempre. Hay miles de originales que directamente no existen, porque no hay forma de saber cómo fueron. Los propios autores reescriben y reescriben su obra en vida, publicando diferentes versiones. Hablamos aquí de otra cosa, se indaga sobre ciertos límites. Y nunca habrá una respuesta. Todo será averiguar cómo valerse de las grietas, en cualquier época. ¿Hasta dónde se puede llegar? Hasta donde a uno le dejen. Ahí justo está el límite.

La clave podría ser, pues, quién protesta, y si alguien quiere hacerlo. Quién está legitimado para denunciar. Porque si quien lo está es parte interesada y tiene piscina nueva, igual no hay mucho que hacer. ¿Puede protestarse de oficio si no lo hacen los herederos, que están más que encantados con el asunto? ¿Alguna organización privada o fundación? ¿Podría hacerlo el Estado? ¿Querría?

Queda un último consuelo, quizá el único. Lo que nadie podrá hacer –ni siquiera un indio gordo con peluca– es mejorar a Roald Dahl. Eso nos queda, y no es poco.

Rodrigo Cortés es cineasta y escritor.

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