Memoria agradecida

Estas últimas semanas hemos recordado dos acontecimientos que forman parte de lo mejor de nuestra memoria como pueblo: uno es el 40º aniversario de las primeras elecciones democráticas tras la muerte de Franco, y otro el 20º aniversario del vil asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA con la impresionante reacción del pueblo español. Los que somos de la promoción de Miguel Induráin teníamos apenas trece años en el primero y treinta y tres en el segundo. Recuerdo perfectamente aquel tristísimo día en que acompañaba a un grupo de chicos por el Camino de Santiago hacia Villafranca del Bierzo. Aún no había móviles y en cada bar o tienda del camino entraba para obtener noticias, en una de ellas me dijeron que Miguel Ángel había aparecido muerto y me quedé medio paralizado. Fue el 13 de julio de 1997.

Somos seres en el tiempo con capacidad para recordar el pasado y saber quiénes somos y de dónde venimos, y con capacidad para anticipar y preparar el futuro. Y es que –como escribió Kierkegaard– «la vida solo puede ser comprendida mirando hacia atrás pero ha de ser vivida mirando hacia delante». Esa doble relación con el tiempo es lo que da a la vida humana su carácter biográfico más allá del biológico. La biografía es singular e intransferible; nadie vive la misma vida, aun cuando los contextos geográficos o formativos sean los mismos, aun cuando la dotación genética sea idéntica, pero la vida de cada uno está necesariamente entrelazada con la de los otros.

El mundo globalizado y digitalizado produce la ruptura de lo que debía estar ligado y unido, por eso la importancia de «hacer memoria» aún es más grande. Tomar distancia del presente e ir cordialmente a las raíces es un magnífico ejercicio, para evitar fragmentarse, para no repetir los mismos errores y para apostar por lo que nos ayudó a superar las encrucijadas. Cuando lo hacemos nos damos cuenta de que la memoria de la propia vida y del camino recorrido por cada uno está entreverada con la memoria del pueblo al que pertenecemos, no como mero registro de la historia, sino como potencia integradora de ella, y que la tradición no es nostalgia del pasado sino «riqueza del camino andado por nuestros mayores».

En estos tiempos harto confusos que corren a velocidad supersónica, afortunadamente los españoles sí tenemos una gran experiencia que cambió el rumbo de la tendencia cainita de nuestra nación, la Transición. También tenemos memoria de que la entrada en la Unión Europea fue para nuestro país un seguro democrático que nos ha dado la etapa de libertad y prosperidad más sostenida de nuestra historia; y memoria de las víctimas y de cómo hemos vencido el terrible mal del terrorismo con derecho, justicia y paz.

En la Transición, nuestros mayores hicieron política del bien común, con acuerdos que exigieron sacrificios, generosidad y confianza mutua. No se dedicaron a meros cálculos basados en el interés particular de algunos líderes. Si se hubieran regido por tales «aritméticas» no habrían sido posibles ni el Consenso Constitucional, ni los Pactos de la Moncloa, ni un cardenal Tarancón liderando el apoyo trascendental de la Iglesia a las transformaciones del país. Me parece importantísimo que sepamos trasmitírselo a los jóvenes. No debemos permitir que ese gran patrimonio moral se arroje por la borda o se desprecie por el olvido, la ignorancia o la demagogia de quienes no han hecho prácticamente nada valioso por nuestra nación y ahora quieren erigirse en representantes únicos del pueblo hablando despectivamente del «Régimen del 78».

Por supuesto, no se trata de repetir miméticamente lo allí realizado, ni de mirar melancólicamente al pasado, idealizándolo. Los parámetros que marcan el terreno de juego político o económico han cambiado profundamente sobre todo a través de la globalización y la digitalización, pero los valores fundamentales de servicio público, responsabilidad cívica o búsqueda de la verdad y del bien común no están periclitados ni van a pasar de moda.

Pero ¿qué pasa cuando «miramos hacia adelante» y vemos «crisis» por todas partes? Crisis diversas en las que laten los miedos y la profunda desorientación contemporánea. La palabra misma nos da la respuesta, pues su connotación no es solo negativa. Por la paradoja de la globalización y de cómo debilita las raíces culturales, muchos saben que los caracteres chinos para nombrar «crisis» hablan de amenaza y oportunidad, pero ignoran que la palabra viene del griego krisis y remite al verbo krinein (decidir, separar, juzgar). Por eso les dijo el Papa a los líderes europeos la víspera de los 60º aniversario de los Tratados de Roma tras hablar de las crisis: «Nuestro tiempo es un tiempo de discernimiento, que nos invita a valorar lo esencial y a construir sobre ello; es, por lo tanto, un tiempo de desafíos y de oportunidades».

Ante la complejidad del mundo y los procesos que están en marcha, muchos de ellos tendentes hacia la ruptura y la fragmentación, y el ambiente de «volatilidad» que afecta a casi todo(s), se abre la gran oportunidad de liderazgos que pongan la fuerza en «la cultura del encuentro», donde la reconciliación sea el movimiento de fondo, y el modo de ser y estar en la vida venga marcado por la centralidad de la dignidad humana, el diálogo, el discernimiento, la colaboración leal entre todas las personas de buena voluntad, aprovechando, por supuesto, las tecnologías y la digitalización.

Un tipo de liderazgo que choca con el estilo de quienes están en plan de construir muros mentales e incluso físicos. Choca también con los que toman empuje en visiones solamente negativas o conflictivistas de la sociedad, no solo insuficientes e improductivas sino reduccionistas, porque no hay pocos aspectos que agradecer y valorar positivamente. Es más inteligente pensar que, igual que hay una «psicología positiva» que plantea la maduración y el crecimiento desde lo que abre futuro y motiva a la persona, también debería haber una «sociopolítica positiva» que reconozca la resiliencia y la solidaridad, que sea capaz de poner en primer plano lo positivo incluso en el adversario y de hacer memoria de las experiencias que nos ayudaron a crecer como sociedad y como cultura pública. A pesar de lo complicado del mundo, es posible vivir con ilusión lo cotidiano, pero para ello hacen falta horizontes grandes –incluso infinitos– que nos movilicen y se vayan realizando a través de cosas pequeñas, aparentemente insignificantes.

La responsabilidad del presente no es solamente para los políticos profesionales; es responsabilidad ciudadana. Si los miembros de una sociedad solo se consideran sujetos particulares con responsabilidades en la esfera privada, si se desentienden de los intereses generales e incluso ven en el Estado un obstáculo que hay que procurar sortear o deslegitimar, difícilmente se podrá hablar de ciudadanía y se producirá una ruptura inevitable entre la sociedad y el Estado. El «privatismo ciudadano» o el «sálvese quien pueda» nunca construyen bien común ni concordia.

Ante los nuevos retos, con reflexión, decisión y acción, juntos podemos hacer camino de futuro, en el presente, apoyados en lo que hemos hecho y aprendido del pasado, como anamnesis positiva y constructiva de valores que no caducan.

Julio L. Martínez, rector de la Universidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE.

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