Memoria de un islam tolerante

Por Reyes Mate, filósofo e investigador del CSIC (EL PERIÓDICO, 12/01/07):

La memoria”, dice el filósofo Walter Benjamin, “abre expedientes que la ciencia da por archivados”. Lo estamos viendo a propósito de la ley sobre memoria histórica. Causas que estimábamos definitivamente clausuradas, como el destino de los republicanos, pasan a la agenda política porque hay nietos que no quieren olvidar. O hay descendientes de esclavos que no han parado hasta que la Asamblea Francesa ha declarado la esclavitud crimen contra la humanidad; por tanto, que no prescribe, con lo que se abre un proceso de reivindicaciones materiales y morales que nadie podía imaginar. La historia y el derecho habían dado carpetazo a un pasado que la memoria pone sobre la mesa.

ESTE ES el contexto en el que hay que situar la propuesta de la Junta Islámica de España de compartir la mezquita-catedral de Córdoba para el culto musulmán y católico. No es el título de propiedad lo que está en juego, sino la reivindicación de un “patrimonio musulmán en territorio español”. Evocan un patrimonio común a los españoles que de alguna manera les pertenece porque sus antepasados contribuyeron a forjarlo. También suya es, en efecto, aquella experiencia histórica de convivencia que consistió, por ejemplo, en hacer de algunas mezquitas lugares de culto cristiano. Sobre ese pasado medieval que tanto enorgullece a los defensores modernos de la tolerancia, ellos, los musulmanes, tienen algún título más que nosotros, los descendientes de cristianos, porque nuestros abuelos fueron los que expulsaron y los suyos, los expulsados. La España que se impuso y de la que nosotros venimos no es la de la tolerancia, sino la que expulsó a los judíos y luego a los moriscos.
En la iglesia de San Martín de Arévalo, en Ávila, que parece ser una antigua mezquita, hubo culto islámico y cristiano a la vez. Cuando Alfonso VII vuelve a esta ciudad castellana en 1139, victorioso tras su triunfo sobre los almorávides, “los tres pueblos: cristianos, sarracenos y judíos salieron a su encuentro con laúdes y cítaras, timbales y otros instrumentos musicales, entonando loas a Dios y al vencedor, cada uno en su idioma”. Y lo mismo ocurrió tres siglos después, en el citado templo, con ocasión de las honras fúnebres en honor del rey don Juan II y la llegada al trono de Enrique IV. No parece que el caso de San Martín de Arévalo fuera una excepción. Cuando hablamos de la España de las tres culturas hay que pensar en una vida cotidiana donde los intercambios eran habituales: moros y judíos que celebraban la llegada del nuevo obispo de Palencia, Alonso de Burgos, que además era un converso. O un tal Samuel Rabí, un físico de Cuéllar, que hablaba en la sinagoga sobre la teología de Santo Tomás, con gran éxito, pues uno de sus oyentes era el mismísimo corregidor, aunque bien es verdad que 20 años después, cuando se acabó la convivencia, tuvo que dar cuenta de su asistencia ante la Inquisición.
La presencia de moros y judíos en las iglesias de los pueblos debió de ser frecuente, pues el Concilio de Valladolid, en 1322, condena “el hecho de que se lleve a los infieles a participar en esas vigilias nocturnas o de incitarles al escándalo de sus voces e instrumentos”. Como se ve, las autoridades eclesiásticas no han variado aunque entonces lo hicieron con poco éxito, porque cuando la peste de Sevilla, en 1399, “autorizó a los judíos a que pasearan procesionalmente la Torá por las calles de la ciudad detrás del Santísimo Sacramento”, según cuenta Jiménez Lozano.
La reacción de los obispos españoles no desmerece de la de sus antecesores: “diálogo interreligioso, sí”, pero no puede haber “confusión intercultural”. Se quiere reducir el diálogo a cruce de argumentos pero una vez marcados los límites de cada territorio. Lo que se evita entonces es aquella convivencia medieval que desembocaba en la fusión cultural, como demuestran nuestra gastronomía, el rito mozárabe, el arte mudéjar, las huellas sufís en la poesía de Juan de la Cruz o los rasgos judíos en la escritura de Teresa de Ávila. El problema de este planteamiento oficial es que no lleva a ningún sitio. El diálogo interreligioso se topa con una pregunta que ya se hizo el sultán Saladino en la pieza teatral Natán el Sabio, de Lessing: ¿Cómo tres religiones distintas pretenden tener cada una por separado la verdad en exclusiva?

LA RESPUESTA más sensata a la cuestión teórica es la que ahí da el sabio judío: propio del hombre es buscar la verdad, no poseerla; y el único criterio de verdad es el reconocimiento que nos dan los demás porque aprecian nuestras acciones. Reconocen el valor de las creencias por las obras que producen. Es decir, la mejor respuesta al diálogo interreligioso es precisamente la fusión cultural que se produce cuando se convive de buena fe, se comparten espacios y se intercambian herramientas materiales, lingüísticas y culturales. Es entonces cuando las grandes creencias humanizan al hombre.
Pero las autoridades católicas de ahora no se fían y les pasa lo mismo que a los miembros del Concilio de Valladolid. Les resulta escandaloso escuchar en la catedral de Córdoba “voces e instrumentos” de cuando era mezquita. Así hasta que alguna nueva peste aconseje acudir al Corán para combatir a fanáticos musulmanes.