Memoria, dignidad y justicia

Por Ana Iríbar, presidenta de la Fundación Gregorio Ordóñez (EL CORREO DIGITAL, 24/11/03):

La verdad, no entiendo muy bien por qué todos debemos sentirnos responsables y comprometidos desde que ETA declarara el alto el fuego el pasado mes de marzo. No entiendo por qué hoy debo sentir un irrefrenable deseo de participar en el ‘proceso de paz’ del que oigo hablar. No entiendo muy bien por qué se insiste en la necesidad de una ‘sociedad reconciliada’. Ni por qué hoy se vuelven las miradas hacia las víctimas y se defiende su memoria y a sus familiares se nos prometen leyes de solidaridad y medidas contra el olvido, cerrar viejas heridas…

Yo no quiero ser un ‘referente’. Soy simplemente la viuda de un hombre, cobarde e injustamente asesinado por la organización terrorista ETA. Una mujer más, con las mismas responsabilidades como madre y como trabajadora de otras tantas mujeres en este país. Mi compromiso como ciudadana, como tantas otras, lo ejerzo con mi voto, ese que sólo los terroristas han intentado secuestrar tantas veces en el País Vasco, los mismos que hoy se llenan la boca con palabras como ‘paz’ y ‘democracia’. No quiero ser excepcional, no lo soy, aunque he debido tomar decisiones que sí lo son, como la de abandonar el País Vasco un año después de que asesinaran a mi marido buscando la libertad que en el País Vasco estaba -está- secuestrada. Mi principal referente es Gregorio Ordóñez, su tenacidad por defender la democracia de todos frente al totalitarismo nacionalista y a los terroristas, su franqueza, su honradez.

Yo no quiero participar en ningún proceso de paz. Me he esforzado y lo haré siempre por defender la convivencia, el respeto y nuestra Constitución, el único pacto que nuestros dirigentes políticos han respetado -por el momento, y con excepciones graves como lo es el Estatuto de Cataluña-. Pero nunca participaré en el asalto y reparto del botín de la democracia que este Gobierno socialista está preparando. Tampoco he apoyado nunca la política del PNV gobernante fundamentalmente porque nunca ha ejercido su máxima responsabilidad: la de derrotar al terrorismo. ¿Y son ellos precisamente quienes ahora nos piden compromiso y responsabilidad! Tiene hasta gracia. Curiosamente, desde el alto el fuego de ETA, siente la llamada de la reconciliación y del perdón y con un lenguaje fariseo y beato nos obsequian con un plan de ‘Paz y convivencia’; con tanta herida abierta, según se desprende del documento, nos van a llenar Euskadi de hospitales; y al final, no sé si las víctimas del eje 1 tienen que perdonar a los terroristas, o si son las víctimas del eje 2 las que deben reconciliarse con los franquistas, o si los terroristas van a asistir a los homenajes franquistas. Ellos sabrán. Hablemos claro: el único proceso decente y digno es el que tenga por objetivo derrotar al terrorismo y aislar social, política y públicamente a sus cómplices. El País Vasco corre una vez más el riesgo de convertirse en la gran farsa, la gran mentira de la historia contemporánea.

Yo no quiero una sociedad reconciliada. Quiero una sociedad justa y democrática, basada en el ejercicio de nuestros derechos y en el cumplimiento de nuestras obligaciones. Ahora bien: hay que seguir recordando a algunos terroristas, lobos con piel de cordero, que no confundan los derechos que marca nuestra democracia con el único ‘derecho’ que ellos se llevan asignando desde hace cuarenta años, el derecho a matar, a extorsionar a empresarios, a atentar contra la propiedad privada, a amenazar, de la misma manera que no debemos los demás creernos en la obligación de callar y mirar hacia otro lado. Quiero una sociedad con vencidos y vencedores; Otegi, con o sin ETA es y será el mismo terrorista de siempre. La palabra ‘democracia’ pierde dignidad y se vacía de contenido cada vez que este individuo la pronuncia. Que alguien explique por favor a mi hijo con quién tiene que reconciliarse.

Yo no quiero homenajes para ‘mi’ muerto. Dejad que de ello nos ocupemos su familia y sus amigos. Lo siento: pero he aprendido que cada muerto tiene su posesivo. No son las víctimas del terrorismo víctimas de todos. Es una lástima, pero por favor, no manoseen más su memoria, que debería pertenecer ya con toda la dignidad que merecen a nuestra historia, a nuestro proyecto democrático. Ser ya referente para nuestros jóvenes, descanso para nuestros mayores. Está claro que nuestros actuales gobernantes trabajan en otra línea. Peor para ellos.

Puede que se desprenda de lo que escribo un cierto resentimiento, una cierta ira contenida, un enorme desengaño, la frustración cabalgando día a día. La decepción. Y es que once años y diez meses después del asesinato de Gregorio Ordóñez se va a iniciar el juicio contra el terrorista que disparó contra su nuca inocente. Mi herida, y la de mis amigos y familiares, sigue abierta, igual que ese proceso de paz. Sólo que lleva más tiempo. Y aun cuando haya cerrado, créanme: ni sociedad reconciliada, ni arrepentimiento, ni proceso de paz podrán aliviar la tristeza de una madre que ve crecer a su único hijo sin padre ni apagar la ira de una ciudadana que entiende que el único proceso abierto actualmente es el proceso de la vergüenza, de la disputa por el poder, de la politización sin tapujos de la organización terrorista ETA. Perdonen mis palabras, pero, francamente, estoy harta de tantos años estériles, de tanta sangre injusta e inútilmente derramada, de tanto cinismo y de tanta torpeza, de tanta falta de responsabilidad y compromiso con y por la democracia por quien debe asumirla. Y por el momento, yo no tengo nada que celebrar. Mi único consuelo me lo proporciona la justicia y la única satisfacción que me queda por esperar es la de poder decirle a mi hijo que el asesino de su padre se pudre en la cárcel.