Memoria sin ira

Por Javier Otaola, abogado y escritor (EL CORREO DIGITAL, 17/05/07):

En su interesante artículo ‘No echar leña al fuego‘, Manuel de Unciti planteaba la inconveniencia de que la Iglesia católico-romana procediera a beatificar a casi medio millar de mártires presentados por el episcopado español y que fueron asesinados durante el período de la Guerra Civil española. A pesar de que no es materia de mi jurisdicción pero en la medida en que la memoria colectiva de todos nosotros está entretejida por las memorias de unos y de otros, y por eso mismo todo se halla co-implicado, creo que puedo opinar al menos como ciudadano, y pienso que la Iglesia tiene perfecto derecho a estas alturas del siglo XXI a hacer memoria y a recordar con afecto y reconocimiento según sus propios usos a los que murieron dando testimonio de su fe en el terrible período de la Guerra Civil española. Ese reconocimiento -aunque no soy católico-romano- en modo alguno me ofende ni inquieta mi capacidad de convivir con mis conciudadanos católico-romanos.

En esta cuestión no hago sino contestar positivamente a la pregunta que hacía Ramón Jáuregui para justificar y defender la legitimidad de la que simplificadamente se ha llamado Ley de la Memoria Histórica: ¿Es posible o no que la sociedad española de hoy ajuste deudas con su historia sin romper por ello las bases de su convivencia actual y los principios de reconciliación y perdón que presidieron la transición a la democracia a finales de los setenta?

La respuesta a mi juicio debe ser positiva porque ya ha transcurrido un tiempo más que prudencial para que podamos hacer las paces con nuestros demonios colectivos. Y si esto es así debe serlo para todos, naturalmente. El levantamiento militar del 36 rompió los diques de la legalidad republicana y dio lugar a toda clase de horrores en ambos bandos, creo que ya nadie entre nosotros será tan ingenuo para pensar que alguna de las banderas que se alzaron en ese conflicto no se manchó de sangre inocente. No se trata sin embargo de hacer una lista de agravios y de culpabilidades, la Universidad, la ciencia histórica ha llegado a un amplio consenso en la materia.

Dicen los obispos españoles que desean «fomentar el espíritu de reconciliación», espíritu que hoy «parece amenazado en nuestra sociedad», y lo hacen precisamente en un acto de reconocimiento de aquellos de sus fieles, que murieron por serlo, en medio de una guerra fratricida. Creo que es perfectamente posible salvar esa posible contradicción siempre que se reconozca que esos mártires de la fe católica no fueron sino una parte de los mártires -de lesa humanidad- que florecieron durante el conflicto armado: mártires y héroes de la democracia, del protestantismo -el pastor Atilano Coco asesinado en Salamanca- del sindicalismo, de la masonería, del socialismo democrático, del comunismo, del nacionalismo, del anarquismo y de la pura y simple humanidad, todos ellos españoles envueltos en un conflicto que les superaba.

La Constitución de 1978 y la monarquía parlamentaria nacida de ese momento histórico han supuesto una profunda reconciliación de los diferentes veneros que conforman nuestra tradición colectiva, no sólo en lo político, sino también en lo cultural, lo religioso y lo social. La España de este año 2007, aun y con todos los problemas que nos preocupan, es una sociedad estructurada, dinámica, económicamente competente, democrática, que goza de un nivel de libertades políticas que ha sido raro en nuestro pasado y que se ha liberado de muchos de sus demonios familiares. Es un tiempo de madurez que nos debe permitir mirar hacia atrás sin ira. Todos los Estados de la Unión Europea han hecho cuentas con su pasado, ¿por qué nosotros no? ¿Acaso tenemos una incapacidad innata para mirar a nuestro pasado ‘sine ira et studio’?

Si tuviéramos que contestar negativamente a la pregunta de Ramón Jáuregui habría que concluir que nuestra convivencia se asienta sobre muy pobres fundamentos y que nuestra sociedad está falta de generosidad y sufre de un sectarismo congénito.

No creo que este tiempo sea inoportuno ni para la beatificación de los mártires de la fe católica ni para el reconocimiento de los héroes de la democracia. Creo que nuestra generación que no vivió la Guerra Civil, pero que ha asumido en su formación política la iconografía de ese enfrentamiento, tiene derecho a hacer las paces con el pasado y a asumir toda la verdad -amarga verdad- sobre los crímenes y errores de nuestros padres. Por eso defiendo el derecho de venerar a los mártires y también a reparar en la medida de lo posible la memoria civil de las víctimas de la Guerra que todavía no lo han sido.

Creo que hoy -2007- no podemos conformarnos con un programa de odio, ignorancia y olvido sino que podemos aspirar a un ideal de Paz, Piedad y Perdón como el que propugnó el presidente don Manuel Azaña. Que así sea.