Memoria y alabanza

Toda persona, institución o grupo humano serio al llegar a momentos críticos de su existencia, bien porque han quedado alteradas las situaciones anteriores o porque han aparecido realidades nuevas en el horizonte, se paran ante sí mismos, afrontan la situación y vuelven la mirada al trayecto anterior para tomarlo en propia mano, consolidarlo o sustituirlo por otro más verdadero y más acompasado a las nuevas responsabilidades. La vida humana no tiene los cauces hechos y, como los ríos, va buscando su lecho y superando sus meandros, llevada no por la ley de la persistencia y de la gravedad sino por la ley de la libertad, de la responsabilidad y de la innovación.

España se encuentra ante uno de esos momentos, en los que hay que analizar y someter a examen su pasado inmediato, con las preguntas primordiales ante los ojos. Las angustias económicas y políticas apremian nuestra atención y apenas nos dejan espacio para oír el clamor de esas otras instancias constituyentes que configuran la vida humana: las morales y sociales, las culturales y religiosas. Son estas tan humildes y silentes que no gritan, ni exigen con violencia. Sólo notamos su necesidad con la fecundidad que aportan a la vida humana, cuando las perdemos y al enmudecer quedan desertizadas la razón, la esperanza y la convivencia. Hay necesidades fundamentales (S. Weil hizo en 1943 una lista de ellas como preludio para una declaración de deberes para con el ser humano); hay derechos fundamentales, hay deberes fundamentales y y hay esperanzas fundamentales. La vida humana se teje con todas esas fibras y cuando alguna de ellas es preterida o pervertida la vida se vuelve inhumana. Ellas también requieren una atención y cultivo explícitos de los individuos y de la autoridad pública. No pueden quedar remitidas a la sola y estricta intimidad de los individuos; y nunca se pueden dar por supuestas.

Han trascurrido cuarenta años desde que tuvieron lugar en España cambios fundamentales en el orden constitucional, político y social. Aquel giro en nuestra historia ha llevado consigo frutos ubérrimos; pero a la vez, por olvido, cobardía o intenciones obsidianas, han crecido hierbas amargas y dado frutos venenosos. De todo ello habría que levantar acta con voluntad de corregir y reparar, innovar y acrecentar. Preguntas como las siguientes son obligadas. ¿Qué fascinaciones hemos sufrido ante logros positivos pero que absolutizados nos han llevado al abismo? ¿Qué errores hemos cometido? ¿Qué olvidos hemos sufrido? ¿De qué omisiones no hemos sido conscientes? –En la liturgia siempre se pidió a Dios perdón por los propios pecados que se nos ocultan, es decir, que nos ocultamos hasta darlos por inexistentes, y por los ajenos resultantes de nuestro descuido, desinterés o desamor–. ¿En que absolutizaciones de aspectos verdaderos nos hemos empeñado, hasta desequilibrar nuestra convivencia y pervertir nuestras acciones? ¿Qué acciones objetivamente malas –que las hay– hemos realizado? ¿Por qué hemos otorgado primacía incondicional a los valores y propuestas individuales, hasta un pluralismo a veces salvaje, mientras que no hemos cultivado con la misma intensidad los valores de unidad, concordia y colaboración, los principios morales de convivencia que no son sostenidos solo por el Código Civil y Penal, y sin los cuales nos hundimos en la obsesión de privilegios y derechos de grupos, regiones o religiones, castas o gremios? Deben regir la vida personal y la sociedad civil el principio de realidad y no el de represión, el de solidaridad y no el de egoísmo, el de la verdad y no el del engaño, el de la esperanza aposentada y no el de la imaginación fatua.

Pero a la vez que urge ejercer la crítica dura y fría de nuestros desmanes, sería fruto mortífero del resentimiento o de la cobardía no reconocer, admirar y alabar al mismo tiempo las realizaciones morales, sociales y culturales llevadas a cabos en estos decenios. Yo espero que alguien haga el balance con elogio de tantas cosas bellas, fruto de la libertad y de la generosidad de españoles de a pie, de asociaciones locales, de minorías de pensamiento y acción, de partidos y personalidades políticas. Solo como ejemplo de esa multitud de bellas iniciativas en un sentido y de conquistas logradas en otro, yo enumeraría algunas, aunque sean particulares, limitadas y parciales. A veces debemos olvidar las grandes propuestas inasequibles, para concentrarnos con realismo cada día, en cada lugar y tiempo, en la obra accesible y bien hecha, la única que nos será contada. Alabo las siguientes sin ocultarme sus deficiencias o errores. ¡Quien espera la perfección de los otros para comenzar a ser bueno él, ya está condenado! El principio latino tan repetido «Bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu» (Lo bueno solo es bueno cuanto lo es totalmente y el mal se da cuando falta algo) es falso y vale solo para antes de nacer y después de morir. Los hombres en el tiempo somos limitados, solo llegamos al bien en parte y conocemos la verdad como en espejo oscuro. Así nos ha hecho Dios y así somos hombres.

Aunque por heterogéneos son incomparables entre sí, enumero cuatro ejemplos de buen hacer, de dignificación de la persona y de la sociedad. Valgan como símbolo representativo de otros muchos. El primero son Las Edades del hombre, expresión de la creatividad de la fe en Castilla y León. A lo largo de veinticinco años sus exposiciones han sacado a la luz tanta belleza, han devuelto a pequeños pueblos el gozo de saber que poseían obras de arte únicas, han concitado millares de visitantes, y han sido una gran ayuda económica para una región pobre. ¡Un ministro de Cultura desaconsejó a los Reyes que asistieran a la inauguración del inicio porque era una cosa clerical, y que la Iglesia nunca había sabido de arte, dijo!

El segundo ejemplo es el ejercicio real de la Monarquía española durante cuarenta años colaborando a nuestra estabilidad, convivencia y paz, siendo el Monarca un decisivo factor de equilibrio y unidad entre nosotros y de eficacia hacia fuera de nuestras fronteras. Cuando fermentos de ruptura y disoluciones sectarias nos amenazan, esta labor debe ser reconocida y agradecida. El tercer ejemplo es el Diccionario biográfico de la Real Academiade la Historia: gesta única de esfuerzo, continuidad y eficacia, mantenidas hasta llevar el proyecto a su final. Este iniciar, permanecer y acabar merecen especial elogio en España, donde padecemos un adanismo permanente: estar comenzando siempre de nuevo la historia, olvidar lo anterior hecho por los otros, no perdurar en el empeño.

El cuarto ejemplo es el cultivo de la música que ha tenido lugar en tantos pueblos, con la creación de bandas, orquestas, grupos vocales. Pienso en zonas como Valencia. La música, hecha por sí y no solo oída de otros, crea dignidad, belleza e iluminación personales. Esto a la vez es liberador en una cultura del espectáculo mercantil que reduce el sujeto a silencio, a mero espectador pasivo y utilizado, cuando no a vociferador violento en grito ciego. Cervantes ya dijo: «Señora, donde hay buena música no puede haber cosa mala». Cuando un hombre lee un libro, toca un instrumento, contempla un paisaje o escala una montaña guiado por propia iniciativa y no embarcado por poderes, partidos o dominaciones: allí están resurgiendo la verdad y la libertad personales, generadoras de dignidad y esperanza colectivas.

En esta mirada retrospectiva, hecha en primer lugar de discernimiento y de humildad para confesar culpas y luego para reconocer y agradecer la obra bien hecha en los últimos decenios, me atrevo a proponer dos imperativos, a semejanza de la cartela colocada en el coro de la catedral de Toledo: «Psalle et sile» (Canta y calla). Mi imperativo doble sería este: «Recuerda y recoge-Reconoce y alaba». Tal es la gloria y glorificación del hombre que Rilke describe como tarea especial del poeta y yo considero dignidad y deber de todo hombre: «¡Glorificar! He ahí su tarea». Entregado a la alabanza agradecida con la humilde sencillez con la que del diamante brota la luz y de la esmeralda el color.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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