Memorias de África

Por Javier Zarzalejos (EL CORREO DIGITAL, 10/09/06):

La vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, se ha construido una imagen, posiblemente merecida, de mujer trabajadora, de operadora eficaz en la sala de máquinas del Gobierno, de persona cumplidora. También le distingue el cuidado vestuario que exhibe. Tal vez en su armario guarde como recuerdo aquella colorista indumentaria que lució en el famoso periplo subsahariano que remató ensayando unos pasos de la danza local que tanto juego gráfico dieron.

Fernández de la Vega, toda corazón sangrante ante la pobreza de África y las penalidades de las mujeres allí, no se dejó en el tintero ninguna de las declaraciones con las que todo progresista alimenta su buena conciencia y ese narcisismo moral que tan gratificante le resulta. Por eso sorprendió ver a la vicepresidenta en traje de chaqueta ante los embajadores de España reunidos en Madrid advertir con gesto serio que quienes entren en España ilegalmente, tarde o temprano, serán expulsados y que eso debían saberlo tanto los que se suben en los cayucos como los gobiernos de donde proceden aquellos.

Ya sabemos que el efecto disuasorio de las advertencias de Fernández de la Vega es perfectamente descriptible. Sus declaraciones tropezaban con las de su superior y presidente del Gobierno. Hasta que también decidió ensayar la pose de firmeza -«España no tolera ni tolerará la inmigración clandestina o ilegal»- las afirmaciones de Rodríguez Zapatero sobre el tema que nos ocupa se habían limitado a desmentir, en el Senado, que los centros de acogida en Canarias estuvieran desbordados, a proclamar en plenas vacaciones lo orgulloso que se sentía por el comportamiento de los canarios y veraneantes transeúntes socorriendo a los inmigrantes exhaustos llegados a las playas y que, por supuesto, había que aumentar los fondos de cooperación con África.

Es verdad que la declaraciones de Fernández de la Vega carecen de toda credibilidad. Peor aún, son un indicio de impotencia, no una afirmación de firmeza. Pero, al menos, se ha beneficiado del privilegio de inmunidad que concede a los amigos esa izquierda – a la que ella misma pertenece y que tan bien representa- ahora clamorosamente muda pero que en su vida anterior exhibía una inigualable indignación moral por la instalación de un sistema de control del área del Estrecho de Gibraltar, o por la supuesta negligencia del gobierno del momento -no hace falta aclarar que del PP- ante el naufragio de una patera. La misma por cierto que montó una infame campaña de descrédito contra Mikel Azurmendi cuando este osó recordar que los valores cívicos y democráticos lejos de ser obstáculos para la integración de los inmigrantes son el soporte desde el que construir ese nuevo ‘nosotros’ al que la inmigración nos convoca.

Atreverse a mostrar alguna extrañeza ante esta versatilidad de la izquierda progresista es desconocer que la bondad del progresismo es intrínseca. Otros pueden hacer cosas buenas pero el progresista no es que necesite hacer cosas buenas, es que es bueno al margen de lo que haga. Por eso, puede permitirse el lujo de callar con un silencio vergonzoso ante el desastre ecológico causado por el fuego en Galicia, un silencio solo roto para lanzar imputaciones calumniosas contra los adversarios políticos para eludir su propia responsabilidad.

Por la misma razón, ante la escalada de asesinatos de mujeres, el ministro de Trabajo puede explicar que, claro, que el 90% de las víctimas no habían pedido orden de alejamiento y que muchas se empeñan en dar una segunda oportunidad al que luego resulta ser su asesino. Con esta burda culpabilización a las víctimas de su propia tragedia pero mullido por el silencio del feminismo profesional, el Gobierno se quitaba las muertas de encima sin que eso afectara a la buena conciencia progresista. Una de sus múltiples divulgadoras -Rosa Perea, ‘El País’, 1 de septiembre- acudía al rescate con la coartada recalentada: «el terrorismo machista es un mal de civilización. En Alemania mueren 300 mujeres al año, casi una al día; en Inglaterra, una cada tres días y en Francia más de 70 al año». ¿Cualquiera lo diría recordando los tiempos en que los asesinatos de mujeres dejaban las páginas de sucesos, a las que han vuelto, y se convertían en tema central de campaña electorales declaradas o no!

Los que no hemos leído al lingüista y psicoanalista francés Jean-Claude Milner, pero sí a Jon Juaristi, le debemos a este último habernos dado a conocer la definición que Milner hace del progre como aquel que siempre está dispuesto a improvisar un marco ético para justificar cualquier chapuza moral. La definición es agudamente descriptiva de ese permanente juego de malabares con los principios, de esa absurdas combinaciones conceptuales del tipo ‘la cintura es la esencia de la democracia’ -nuevo concepto de la democracia que Rodríguez Zapatero ha hecho famoso-, de esa deliberada privación de sentido a las palabras para que todo pueda significar una cosa y su contraria y no haya, por tanto, parámetro con el que medir, juzgar y responsabilizar a los que las dicen. Es ese maridaje de improvisación ética y vacuidad semántica el que gobierna la nave feliz del progresismo. La nada altisonante.

Qué culpa tiene el Gobierno de que no llueva lo suficiente, de que en Senegal miles de inmigrantes se lancen al mar para llegar a Canarias, o de que las mujeres sean asesinadas por decenas? Algunos que ahora se encogen de hombros y piden comprensión ante las complejas raíces de estos problemas, emitían hace no mucho sus juicios sumarísimos. Entonces parecían tener meridianamente claras las responsabilidades. Pero, en cualquier caso, esto ahora sería hasta secundario porque antes de juzgar al Gobierno -y con más razón a este Gobierno en concreto- por su ineficacia, hay que medirle por el rasero de su ilimitada y manipuladora demagogia de la que nada ha quedado a salvo. Ni la nación, ni la legalidad, ni la solidaridad, ni la inmigración, ni los desastres ecológicos, ni la violencia contra las mujeres ni la carencia de agua. «Si he traído las tropas de Irak, ¿cómo no voy a traer el agua a Levante?» y en Levante esperan a que el presidente del Gobierno haga honor a su envite. Ante el descubrimiento por el Gobierno de la firmeza frente la inmigración ilegal, alguno se preguntará por qué los que ahora llegan en cayucos son de peor condición que aquellos setecientos y pico mil que el Gobierno regularizó con una generosa interpretación de la norma. La diferencia podría estar en los sondeos y en ese 90% de ciudadanos que expresan una preocupación creciente por la avalancha migratoria. Con esos números, no parece que esté el horno para bollos progresistas. Tiempo habrá, si es que conviene, de recuperar las memorias de África y bailar al son de lo que toque.