Mensajes en una botella

Sólo un hombre con el talento de Arthur Miller podía encontrar las palabras justas para definir a todos aquellos que terminada nuestra guerra civil se escondieron durante muchos, muchos años, hasta que creyeron que su vida – al menos su vida, lo más preciado-no corría peligro. Los llamó mensajes en una botella. La primera denominación hispana fue Los Topos, y se la dieron dos periodistas jóvenes: Jesús Torbado y Manu Leguineche.

Todo empezó por una nota de agencia que daba cuenta de la reaparición de un alcalde republicano. En Mijas, Málaga, el antiguo edil del Frente Popular, Manuel Cortés Quero, se había pasado 30 años encerrado en una habitación, oculto a las miradas de todo el mundo y a la búsqueda incansable de sus enemigos. 30 años de cárcel doméstica, sin derecho a patio ni a visitas, sin posibilidad de reducción de condena y con el agravante de que cualquier fallo, cualquier error, le hubiera costado la vida. La suya y la de quienes le ocultaban.

Esto sucedía en 1969. Franco concedía al fin una amnistía para todos los delitos que se hubieran cometido durante la guerra civil. Se refería a los del lado republicano, porque los del lado faccioso no sólo ya habían sido amnistiados sino que incluso habían recibido recompensas. Frente a la creencia general, soy de los que consideran que el franquismo, el estudio de tantos años de dictadura, aún está en mantillas. Baste decir que aquella amnistía del 69, legalmente obligatoria, porque al cumplirse treinta años prescribía automáticamente el delito, se encabalgó con un estado de excepción, el de enero, quizá el más duro e indiscriminado de cuantos declaró el franquismo.

El alcalde de Mijas, Manuel Cortés, esperó hasta abril de 1969 para entregarse. Sería un ejercicio muy útil recordar ahora, con detalle, la reacción de la prensa oficial, es decir, casi toda la existente entonces. Le ridiculizaron por haber sufrido innecesariamente, decían. Hubieron de ser dos jóvenes periodistas, como Torbado y Leguineche, los que recogieran la noticia y se propusieran una tarea difícil y frustrante. Difícil, porque aún quedaba mucha dictadura por delante y el miedo sellaba las bocas. Y frustrante, porque Franco moriría en noviembre de 1975, y mientras el principal protagonista de la matanza no desapareciera hubiera sido impensable publicar un libro sobre los rojos escondidos de la posguerra civil, los que se habían librado del paredón o el paseo porque asumieron la crueldad asesina de sus adversarios y no se creyeron ninguno de sus embustes que aseguran que quien no tuviera las manos manchadas de sangre no tenía nada que temer.

No hay mayor frivolidad que la de creer que la censura aviva el ingenio. La libertad es el acicate más eficaz. La censura achica la ambición y nos vuelve a todos menos audaces. Eso es lo que inevitablemente les sucedió a Torbado y Leguineche. Tenían en sus manos un material magnífico, conseguido a pelo, sin la más mínima ayuda ni subvención, y debían dejarlo en el cajón hasta que se muriera Franco y llegaran tiempos mejores.

Y al final llegaron, pero tan tarde que tras siete años de espera tanto Torbado como Leguineche estaban ya en otras cosas, con otros proyectos. Pero el libro salió en 1977, gracias también al impulso de Mario Lacruz, gran tipo en tiempos difíciles. Lo titularon Los Topos y fue un éxito de público más que de crítica. Se hicieron un puñado de ediciones y luego se reeditó en 1998. Es curioso, durante los catorce años del PSOE en el poder no se volvió a hablar del libro y quizá sea significativo de algo que sucedió entonces y apenas si nos dimos cuenta. Los socialistas que gobernaron eran otra generación; ni tenían nada que ver con el pasado, ni les interesaba especialmente.

Los Topos, de Jesús Torbado y Manu Leguineche acaba de ser reeditado (Capitán Swing editores) y he comprobado que sigue siendo un texto magnífico, abrumador, emocionante. En ocasiones parece tedioso, como lo son las historias personales, por más apabullantes que sean, contadas por quien a duras penas sabe hacerse entender. Ese es el mayor atractivo del libro, 17 historias de topos de la posguerra incivil – hay una, un tanto forzada, de un falangista, que apenas si viene a cuento-narradas por ellos mismos, con algún apunte de sus esposas. ¡Qué galería de mujeres exhibe este libro! Bastaría con ellas para hacer unos relatos que conmueven por su fuerza, su inteligencia y sobre todo su intuición sobre la maldad humana.

Los Topos estuvo a punto de conseguir el Premio Internacional que concedían un jurado formado por los mejores semanarios del mundo. Se lo concedieron entonces, estamos hablando de 1978, nada menos que a Despachos de guerra,de Michael Herr, que apareció en castellano gracias a Anagrama (1980) sin que alcanzara entre nosotros la auténtica aureola de obra maestra que le otorgaron tantos, incluida la más reciente de Roberto Saviano, que se considera honroso deudor de su magisterio.

Si fuéramos un país culturalmente normal, sin esa gangrena de los años del cólera, la edición del 77, o esta de 2010, constituirían auténticos acontecimientos culturales, en una medida similar a la que generó Los hijos de Sánchez ahí está Protasio Montalvo, que se mantuvo en Cercedilla, pegado a la sierra madrileña, 38 años escondido, y que no se fio hasta que se convocaron las elecciones de junio de 1977-,sino también el mundo que los rodeaba. No sólo los que les protegían, con riesgo de su propia vida, sino también aquellos que se esforzaban en denunciarlos o sencillamente en matarlos.

Claro que habría que comenzar por el principio. Por Los Topos. Hoy cualquier posmoderno no conoce otros topos que los personajes que popularizó John Le Carré, hace ya cincuenta años, exactamente por la misma época en la que nuestros protagonistas sobrevivían metidos en un armario, en una cuadra, en un doble techo, en un pozo, en una habitación sin vistas. Si ni siquiera han llegado a ver en su ajetreada vida urbana a un topo común, ese animal misántropo y ciego, tan humano por ello, cómo iban a entender a unos tipos que, conscientes de ser carne de paseo letal o fusilamiento sumario, se encerraban sin otra finalidad que salvar la vida. Se hicieron topos para poder volver a ser algún día hombres. Y esa tragedia con final feliz que trascriben impecablemente Torbado y Leguineche nos deja anonadados, preguntándonos tantas cosas sobre ellos, sobre sus manías de grandeza, su lógica obsesión autodidacta, sus miedos espantosos, sus ataques de nervios – hay un relato de uno que no se puede leer sin aprensión-,sus alimentos, sus dolores de muelas o de estómago, sus esclavitudes de animales atrapados en el cepo de la historia.

Y también preguntándonos sobre nosotros mismos. ¿Hubiéramos resistido diez años así? ¿O diez meses? Probablemente no, o quizá sí, ¿quién puede decir hasta dónde llega nuestro miedo? No hay cobardes absolutos ni valientes sempiternos; lo que hay son situaciones.

¿Cuántos habrán muerto sin llegar al final feliz, cuántas historias truncadas que hubieron de cerrarse enterrándolos en cualquier parte, doblemente clandestinos en la vida y en la muerte? Por todo eso me parece que la mejor descripción de esa aventura de supervivencia que fueron nuestros Topos, tan lejanos de los vistosos caballeros políglotas de Le Carré, la hizo el dramaturgo Arthur Miller cuando tras leer la historia del alcalde republicano de Mijas, el de los 30 años escondido, escrita por el británico Ronald Fraser en 1972, dejó estampado en letras que podrían ser de oro: “es como un mensaje intacto dentro de una botella entre los despojos de la playa de la historia”.

Gregorio Morán