Mentira y libertad

Escribió Albert Camus que la mentira es el mayor enemigo de la libertad. A lo largo de la historia, la manipulación y la mentira han sido las armas predilectas de los totalitarismos –declarados o emboscados– para anular la libre voluntad de los pueblos sometidos. Solo somos verdaderamente libres para elegir o decidir cuando disponemos de una información veraz y suficiente que nos permita valorar las consecuencias de nuestras decisiones. De ahí que los totalitaristas disfrazados de demócratas recelen de la libertad de información y utilicen con profusión la mentira, la tergiversación y la manipulación de la realidad pasada o presente, con el objeto de conformar mayorías adulteradas que sirvan sumisamente a sus propósitos.

Decía Salvador Allende –cuyo nombre adorna cientos de espacios públicos a lo largo y ancho de nuestra patria– que «el deber supremo del periodista de izquierda no es servir a la verdad, sino a la revolución». No en vano el autor de esa frase tan deleznable ha pasado a la historia como un ejemplo de apóstol martirial de la democracia, merced a una bien trabada manipulación de su verdadera biografía.

Viene la cita a cuento, en primer lugar, de la reciente reprimenda a la prensa por parte de ese dirigente populista de laboratorio cuyas ínfulas de cátedro le llevan a impartir lecciones de moralidad democrática mientras disimula con estudiada sonrisa su verdadero talante marxista y totalitario, que de cuando en vez asoma la pata porque el muchacho, aunque listo, no es infalible. Y es que nada hay que asuste más a un populista totalitario que la libertad. Acostumbrado a que los medios de la progresía le adulen como líder mesiánico ocultando clamorosamente su lado oscuro o menos amable, su reacción ante la crítica hostil, incluso ante la evidencia, pone al descubierto sus carencias y, lo que es más peligroso, su soberbia.

Populismos aparte, en España es precisamente el totalitarismo nacionalista el que mejor y más persistentemente ha utilizado la mentira para lograr sus propósitos. Cuatro décadas de adoctrinamiento separatista, de burda fabulación de la historia, de negación de la evidencia y finalmente de fantasías identitarias han permitido a los nacionalistas, apoyados por un aparato mediático crematísticamente domesticado, defender con ahínco un derecho a decidir considerando, ahora sí, que la sociedad está suficientemente madura para decidir sin libertad, para elegir su destino en contra de la razón y de la verdad.

Y el tercer escenario de la institucionalización de la mentira lo constituye la demencial ley de memoria histórica, ese aborto legislativo de la era Zapatero que ha sido incorporado a los no-principios del Partido Popular. En el año 1997 Julián Marías advirtió en su magistral artículo «¿Por qué mienten?», publicado en ABC, que «no se abrirá de verdad el horizonte de España mientras no haya una decisión de establecer el imperio de la veracidad, la exclusión de la mentira». Pues no hay día que no nos desayunemos con un nuevo dislate amparado en una ley que, lejos de buscar espacios de concordia, solo sirve a los profesionales del odio y la mentira para abrir abismos entre los españoles condenando un futuro en libertad.

No imaginaba el ministro de propaganda Goebbels –aventajado pupilo del príncipe de la mentira– que fueran a salirle discípulos tan aventajados en el arte de la falsedad. Pero, mientras que a tan siniestro personaje lo callaron las bombas, nadie se ha tomado en serio desde el Gobierno de la nación la necesidad de plantarles cara al populismo, al separatismo y a la falsificación histórica desenmascarando su nociva estrategia para configurar sociedades dóciles sometidas por la mentira y la ignorancia. Si el Gobierno no combate con todos sus resortes la falsedad y la manipulación institucionalizada, está allanando el camino a una sociedad atenazada por la falta de libertad y, por tanto, incompatible con la democracia.

Para terminar por el principio, no hay duda de que Camus, antes de hacer su certera reflexión, había leído al evangelista San Juan, que tan certeramente se le había anticipado dos mil años antes: la Verdad os hará libres (Juan 8:31-32).

Luis Felipe Utrera-Molina, abogado.

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