Mentira

Hubo un tiempo en que la mentira era un estigma moral y su expresión política una razón motivada para la extinción de cualquier poder político mendaz. Con Sánchez, el concepto de verdad se ha maleado hasta convertirse en una noción elástica y mutante. La verdad objetiva ha dado paso a la verdad oficial en un entorno en el que los ciudadanos están adiestrados para transfigurarse en sus ideas de manera instantánea, porque lo único comprensible y aceptable es lo que el poder político dice “qué sucede” y no “lo que realmente sucede”.

Por esa simple razón, la mentira no se estigmatiza y Sánchez encadena en los dos últimos años embustes e incoherencias, como quien llena una cesta de setas en este otoño de larga pandemia. Sánchez negó a Iglesias como quien niega al diablo para acabar amancebándose en coalición de Gobierno. Sánchez niega que en la crisis de 2007 se llevasen a cabo medidas de ajuste por parte del Gobierno de Zapatero, en aquella primavera de 2010 en el que el leonés, cariacontecido, anunciaba en Cortes una reducción del 5% del sueldo de los empleados públicos y una congelación de las pensiones de nuestros mayores. Sánchez negó los números de la pandemia para regar la televisión de homilías somáticas con las que distraer el movimiento de las morgues.

Pero no es que sea grave, que lo es, que las falacias y las incoherencias hayan sustituido a la rectitud y hasta al error político reconocible, sino que lo más grave es que una gran parte de ciudadanos han aceptado acomodaticiamente estas mentiras y han accedido a cambiar sus convicciones al calor de las mentiras de Sánchez. Y allí el viejo socialismo ha claudicado ante la pujanza de un socialismo posibilista con pretensiones de control del pensamiento crítico.

A diferencia de la Iglesia que tanto critican y que dicta dogmas perdurables, el socialismo de resistencia busca el control del pensamiento pero no lo fija, de modo que los dogmas se alteran a diario sin oposición por parte de sus afectos. Y esas convenciones afectan al pasado y al presente, porque para percutir en la transformación de la sociedad actual es condición necesaria socavar la realidad de nuestra historia.

Para el ejército del ‘doblepensar’ y del ‘nopensar’, el terror de la Guerra Civil fue protagonizado por uno solo de los bandos

La permanente transformación del pasado hace que la mentira se vuelva absolutamente necesaria. El bulo en este minuto y hora se ha convertido en fuente de la historia. Orwell, en referencia a los dos bandos de la Guerra Civil española lo vino a describir como una endemia nacional en su ensayo Looking back on the Spanish Civil War (1942): «Vi, de hecho, como la historia se escribía, no en términos de lo que había ocurrido, sino en términos de lo que debería haber ocurrido de acuerdo con las directrices del partido».

Así es Sánchez, como fue en su momento Zapatero, precursores de un asalto al pasado con la finalidad de imponer una visión confinada de parte de la historia, que no puede admitir controversias ni salvedades, una cosmovisión imaginaria en la que se anudan el recreacionismo histórico y el revisionismo jurídico.

De este modo, para el ejército del doblepensar y del nopensar, el terror de la Guerra Civil fue protagonizado por uno solo de los bandos y la Transición fue un efímero episodio intrascendente que solo anestesiaba temporalmente la sed de justicia de media España. Nada más lejos de la realidad y, en cambio, destila un odio refractario el discurso fácil, y a la vez tan peligroso, de personas como el secretario de Estado de Memoria Democrática, allí es nada, cuando dijo la semana pasada en el Congreso sin pudor intelectual ni moral: «Paracuellos p’arriba, Paracuellos p’abajo. Eso está ya en el campo de la historia». De su historia, de su pasado recreado, de su pasado de conveniencia.

Con cualidades adivinatorias, Orwell en The Prevention of Literature (1946) venía a comparar los efectos de falsificar un texto científico y un texto histórico, pero Sánchez ha convertido al inglés en un vulgar aprendiz: «Ya hoy en día hay muchísimas personas que considerarían escandaloso falsificar un texto científico, pero que no ven mal alguno en falsificar un hecho histórico. /…/ Las ciencias exactas no están, de momento, amenazadas al mismo grado. Esto explica en parte por qué en todos los países es más fácil para los científicos que para los escritores alinearse con sus respectivos gobiernos».

El objetivo final de la neolengua no es aumentar sino cercenar el ámbito del pensamiento y de la crítica libre

En la España pandémica de Sánchez ocultar informes y mentir sobre la opinión de los expertos ya no es una distopía, sino que es una práctica depurada y depuradora en manos de Illa, Simón y sus científicos anónimos.

Y, por último, el lenguaje. Sánchez es maestro en incorporar al lenguaje político el cinismo y la hipocresía, de modo que su intención no es expresar la verdad, sino ocultarla. El lenguaje es pastoso, carente de contenido específico, insincero y vago, perpetuando al ostracismo la claridad del lenguaje en beneficio de la ocultación. De allí el experimento verborreico de estos meses de confinamiento, donde Sánchez abunda en pleonasmos, elipsis y supresión de palabras heréticas. Por mucho que duren las intervenciones televisadas de Sánchez, el objetivo final de la neolengua no es aumentar sino cercenar el ámbito del pensamiento y de la crítica libre.

En estas horas de confusión e incertidumbre, el doblepensamiento orwelliano cobra toda su pujanza, con un Ministerio de la Abundancia donde Calviño debe convencer a la población de que se vive en estado de perpetua prosperidad, sesgando estadísticas y abandonándose a la inacción para acabar en la inanición.

Pero también con un Ministerio del Amor donde Iglesias aspira a reafirmar los sentimientos de lealtad y amor de los ciudadanos con el Gobierno, mediante lavados de cerebro colectivos y mediante la dosis periódica de miedo. Y, por último, el Ministerio de la Verdad a través del Mago de Oz de la Presidencia involucrado en el control de los medios de comunicación, del entretenimiento y de los libros educativos.

En fin, que en la granja no hay quién se rebele y que Orwell no controla la situación. La distopía era una temprana predicción de nuestra realidad. Sin ir más lejos, la de aquí.

Mario Garcés es diputado del PP por Huesca, portavoz adjunto del Grupo Parlamentario Popular y coordinador de asuntos económicos.

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