Mercado y socialdemocracia

Dicen, cuentan, que la izquierda europea está de capa caída, ya que ante la crisis no ha sido capaz de aportar soluciones propias, cuando tenía una ocasión pintiparada para hacer valer sus ideas y enderezar los entuertos del capitalismo. Y citan el caso de España. Los socialistas en el Gobierno se quedaron primero paralizados, sin tomar medidas cuando empezó el retroceso de la economía, y, luego, cuando las toman, recurren a recortar el Estado de bienestar, lo que parece un despropósito para quienes ese bienestar es una de sus principales metas.

Ocurre, sin embargo, que todo o casi todo en la historia tiene su lógica. La razón principal de esa falta de protagonismo de la izquierda es que vivimos en una economía de mercado. Además de la gran ventaja que supone no tener hoy por hoy sustituto conocido, ese sistema, cuando va bien, resulta eficaz, tanto que con él, aunque los ricos se hagan más ricos, también permite que avance el Estado de bienestar tan caro a los socialdemócratas. Estos se olvidan entonces de que el sistema no es un paradigma de equidad, ni siquiera de racionalidad, tampoco de estabilidad. Llegan inevitablemente los años de vacas flacas y se producen los desequilibrios que estamos padeciendo entre economía real y economía financiera, inversión y consumo, gasto público y estímulos estatales, ajustes internos y globalización, problemas urgentes y mejoras a largo plazo, amén del consiguiente y abultado desempleo que es la antinomia del Estado de bienestar.

Obviamente, hay que restablecer el crecimiento, pero ¿cómo? En la economía de mercado, es este el que impera, es decir, en otras palabras, hay que proteger al capital, dar preferencia a lo privado sobre lo público y sacrificar de momento a los trabajadores, pues es la única forma de recomponer las cuentas. Como ello es notoriamente injusto, hay que preguntarse si no cabría otra política, algo más a la izquierda, ante la crisis. No faltan voces en ese sentido procedentes de sindicatos, Izquierda Unida, economistas progres, incluso de algún que otro socialista aislado. Todas ellas, sin embargo, pecan del mismo defecto de inconcreción, derivado a su vez de la dificultad, por no decir la imposibilidad, salvo que se produjeran unos más que improbables cambios revolucionarios, de sustituir a la economía de mercado.

Nacionalizar, pongamos por caso, a los grandes bancos, ya que la iniciativa privada no resuelve los problemas, y que hace unos pocos decenios hubiera sido una propuesta al uso, es hoy tan inviable que nadie la propone, pues sería incompatible con la teoría y la práctica de la Unión Europea y, además, nada en la historia económica garantiza su eficacia.

Otra posibilidad menos radical y que contribuiría a paliar el déficit público sería gravar más a los ricos. El Gobierno ha amagado con hacerlo, pero hasta ahora solo con promesas vagas. ¿Por qué esa vaguedad si con ello se conseguiría atenuar un poco la injusticia de las medidas de ajuste? Quizá existan problemas técnicos o temor a evasiones de capital, pero convendría explicarlo. Si antes no se anuncian disposiciones sobre una fiscalidad más progresiva, como después del verano se discutirán los Presupuestos del año que viene, será una ocasión obligada para que tanto el Gobierno como sus críticos de un lado y de otro detallen con cifras lo que se hace o no se hace en materia fiscal.

También convendría que aportasen cifras quienes dicen que podría haberse hecho un ajuste más gradual, con una reducción del gasto público más escalonada en el tiempo, con menos sacrificios sociales y más estímulos económicos por parte del Estado. Algo, por cierto, que es lo que está haciendo Obama en Estados Unidos, con un déficit público similar al español, pero sin la presión que ejercen sobre España sus socios europeos. No deja de ser curioso que el país que fue siempre considerado el campeón del capitalismo aplique hoy una política económica que desde el punto de vista de la economía de mercado es menos “ortodoxa” que la de gobiernos socialdemócratas.

Nuestro presidente de Gobierno, con tan buena fortuna en su vida política anterior, se ha encontrado con lo peor que le puede suceder a un gobernante de izquierdas: topar con una crisis capitalista para la que solo hay remedios lentos, injustos y de derechas. ¿Qué es lo que ha hecho Rodríguez Zapatero en tal tesitura? Podría haberse marchado a su casa, como sugerían algunos, pero ello supondría una rendición impropia de alguien con su currículo. ¿Dejar la presidencia a un compañero de partido? Es obvio que con ello nada se resolvería, pues desgraciadamente la crisis no es cuestión de personas. ¿Por qué no confiar una vez más en la buena estrella, aguantar hasta las próximas elecciones, rezar a Pablo Iglesias, que seguro que está en los cielos, para que la crisis empiece a desaparecer y esperar que el Partido Popular, que no ha rayado a gran altura en la oposición, coseche otro fracaso en las urnas?

La apuesta es arriesgada y así lo indican las encuestas sobre intención de voto. ¿Pero qué otra cosa cabía hacer?

Francisco Bustelo, catedrático emérito de Historia Económica y rector honorario de la Universidad Complutense.