Meritocracia y democracia en la educación pública

¿De dónde provienen las elites latinoamericanas? Si nos guiamos por el realismo mágico, tendencia literaria que una vez fue de gran popularidad en Estados Unidos y Europa, pertenecen a una de las 14 familias (sí, 14 es el número que se repite) que desde la colonia son propietarias de toda la tierra arable – y de todo lo demás.

Pero la realidad es más compleja que la ficción. En la mayor parte de América Latina, las familias tradicionales hace mucho tiempo que aprendieron a compartir el poder político con una elite diferente: urbana, profesional, culta y egresada de los mejores liceos y universidades públicas de la región. En Chile, sin embargo, esto podría estar a punto de cambiar.

El Instituto Nacional es tan antiguo como la República de Chile. Es gratis, tiene un sistema de admisiones basado sólo en el mérito, y estudiantes de familias de clase media o de sectores populares componen la mayor parte de su alumnado.

En las pruebas de selección para la universidad que se realizaron el año pasado, veintidós alumnos del Instituto Nacional obtuvieron puntajes nacionales – muchos más que los nueve provenientes del segundo mejor plantel, un colegio privado y caro del Opus Dei. En el Instituto Nacional y en su par femenino, el Liceo 1, se han educado dieciocho presidentes chilenos, y cuatro de los últimos siete, entre ellos Michelle Bachelet.

Chile dista de ser único en este respecto. Desde el Colegio Nacional en Buenos Aires al Stuveysant High School en Nueva York, los establecimientos educacionales públicos, meritocráticos y gratis poseen un extenso y distinguido historial de logros a través de toda América.

Cabría esperar que establecimientos de este tipo fueran el orgullo de una líder progresista como Bachelet – entre otras razones porque ella misma se educó en uno de estos liceos. Sin embargo, la presidenta propuso un plan, recientemente aprobado por el congreso chileno, que dislocará el sistema, permitiendo que el Instituto Nacional y otra veintena de escuelas públicas altamente competitivas en todo Chile seleccionen sólo el 30% de sus alumnos y el resto por tómbola. Naturalmente, los alumnos, profesores y ex alumnos afectados están descontentos.

¿Por qué sería deseable debilitar las escuelas públicas en nombre de la igualdad? Los partidarios de la reforma la sustentan con dos argumentos – ninguno de los cuales es convincente.

Según el primero, los logros de estas escuelas parecen ser mayores de lo que realmente son. Sus críticos sostienen que al admitir sólo a los mejores alumnos, los resultados excelentes están asegurados sin necesidad de agregar mayor valor.

Éste es un clásico problema de “endogeneidad”: ¿Se deben los excelentes resultados del alumnado a la calidad de la escuela, o se deben los excelentes resultados de la escuela a la calidad del alumnado?

Para responder a esta pregunta, un estudio reciente comparó los puntajes obtenidos en pruebas de admisión universitaria por los alumnos que estuvieron a punto de entrar al Instituto Nacional con los de alumnos que en efecto asistieron a este plantel. La comparación mostró que la brecha entre el puntaje de cada grupo aumentó, y que la diferencia es estadísticamente significativa. O sea, hay motivo para creer que las escuelas públicas de excelencia, como el Instituto Nacional, efectivamente influyen de manera positiva sobre sus alumnos.

De hecho, los críticos que colaboraron en la formulación de la reforma reconocen esto. Sostienen que la ventaja en los resultados es precisamente la razón por la cual las puertas de dichos establecimientos deberían estar abiertas para todos, sin exámenes de admisión.

La propuesta parece buena a primera vista, pero no está para nada claro que estas escuelas y sus maestros, por muy diestros que ellos sean, puedan tener un impacto igualmente significativo sobre un grupo de alumnos seleccionados de manera aleatoria. El desafío es especialmente difícil para las escuelas que tienen un enfoque especial, como deportes, música, ciencias o artes visuales. Después de todo, un par de piernas cualquiera no permite jugar fútbol como Leonel Messi, y un par de cuerdas vocales cualquiera tampoco permite cantar como María Callas.

El Bronx High School of Science en Nueva York educa a hijos de inmigrantes y ha formado a algunos de los científicos más importantes del mundo. Ni siquiera los más entusiastas partidarios de esta escuela – los que abundan – podrían sostener con certeza que ella obtendría los mismos espléndidos resultados si no se le permitiera seleccionar a sus propios alumnos.

En América Latina ya se intentó este experimento en los años ’60, cuando muchas universidades públicas, tratando de eludir acusaciones de elitismo, eliminaron los exámenes de admisión y el costo de la matrícula. Tratándose de una región en la que, hasta entonces, un título universitario había representado una entrada a la vida buena, el número de estudiantes universitarios aumentó abruptamente.

Sin embargo, en muchos lugares el experimento fue de corta duración. Instituciones como la Universidad de Chile y la Universidad de Sao Paulo en Brasil reinstauraron su riguroso proceso de admisión. Y las instituciones que no lo hicieron, como la Universidad de Buenos Aires, vieron disminuido su papel en la formación de las elites académica, empresarial y política de sus países.

En esto último, es preciso subrayar la palabra “política”. De hecho, el argumento de mayor peso para fortalecer las escuelas públicas de excelencia, con sus políticas de admisión basadas en el mérito, es político. En los países donde desde hace mucho tiempo el poder ha estado en manos de las acaudaladas elites tradicionales, una elite proveniente de la clase media y educada bajo valores republicanos es políticamente indispensable. No es casualidad que muchos de los líderes democráticos del Chile de los últimos dos siglos alguna vez fueron alumnos del Instituto Nacional.

En las pruebas de selección a la universidad realizadas el año pasado, la escuela que ocupó el segundo lugar no fue el único establecimiento católico de alto costo con un alumnado proveniente mayormente de la clase alta y media-alta; el resto de los planteles que ocuparon los diez primeros puestos también caben dentro de esta descripción. El Opus Dei administra gran parte de ellos, aunque no todos.

El predominio de estos planteles educacionales conservadores y elitistas constituye la precisa razón por la cual establecimientos como el Instituto Nacional son tan importantes. No obstante, una vez que se empiecen a sentir los efectos de la reforma reciente, es posible que los alumnos del Instituto ya no ocupen la cima del ranking. Las escuelas públicas de excelencia quedarán tan mermadas como la democracia en Chile.

Andrés Velasco, a former presidential candidate and finance minister of Chile, is Professor of Professional Practice in International Development at Columbia University’s School of International and Public Affairs. He has taught at Harvard University and New York University, and is the author of numerous studies on international economics and development. Traducido del inglés por Ana María Velasco.

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