Meritocracia y envejecimiento

Sumergidos en la vorágine política, los grandes asuntos que conciernen a la ciudadanía tienden a perder interés y a desaparecer. Entre ellos, uno de los más sustantivos es el del creciente envejecimiento de nuestra sociedad. Estos días ha aparecido marginalmente a la palestra: la tesorería de la Seguridad Social ha tenido que pedir un crédito cercano a los 10.000 millones de euros para abonar la extra de noviembre, a los que se suman los 6.000 millones demandados en verano. La mal llamada hucha de pensiones se ha quedado, finalmente, seca.

Pero dejando de lado estos súbitos momentos de popularidad, la verdad es que sorprende la languidez con la que se contempla el creciente deterioro de las cuentas de la Seguridad Social. Que reflejan tanto el aumento absoluto en el número de pensionistas como el de la pensión media, mientras los ingresos por cotizaciones no alcanzan para tanto gasto. Tenemos, guste o no, un problema de dimensiones colosales. Un problema que amenaza directamente hoy el nivel de vida de millones de pensionistas y de los millones que lo serán los próximos años.

¿Qué hacer? Hay múltiples aspectos a considerar, pero quisiera centrarme en uno que oscurece e impide la discusión que debiéramos tener. Se trata de la consideración social que merecen los mayores de 65 años. Hace unos meses, la llegada de los Rolling Stones a Barcelona fue saludada de forma un tanto ambigua: en general, los medios se prodigaron no en alabar su música, ni su capacidad para continuar o su empuje en emprender otra gira. Lo más destacado fue la edad de sus miembros. Con ese énfasis, emergía un desagradable aspecto de los valores que presiden nuestra colectividad: la escasa consideración de sus méritos o, si lo quieren, la ausencia de la deseable valoración meritocrática para un trabajo puramente profesional.

Por estos pagos, esta respuesta no es nueva. Ya sucedió en los años 80 y 90, cuando la mujer se incorporó masivamente al mercado de trabajo. Una verdadera revolución silenciosa, porque la contundencia de las cifras no deja espacio para otros calificativos: su aumento entre 1980 y 2017, desde los 3,7 a los 10,5 millones de activas, ha sido simplemente espectacular. Como también lo es su incremento sobre el total de presentes en el mercado de trabajo: de un muy reducido 25% a más del 47%. Pero pese a ello, su contribución a la actividad lleva más de 40 años luchando porque sea reconocida por lo que vale. Discriminación por sexo, sin duda. La lenta y muy dilatada respuesta a ese importante cambio sugiere la persistencia de profundas corrientes poco sensibles a los méritos individuales e inclinadas al mantenimiento del statu quo.

Recuerdo lo anterior porque hoy afrontamos una situación que tiene tintes parecidos, aunque ahora no se trata de la consideración laboral de las mujeres. Porque el aumento de los individuos de 66 y más años está generando, y va a generar, un cambio de parecidos impactos socioeconómicos. Y no solo por lo que está sucediendo hoy. A estos efectos, es más importante lo que nos espera: en el horizonte 2026, los cerca de 8 millones de aquella cohorte de edad del 2016 alcanzarán los 10 millones y se situarán en unos insólitos 15 millones en el 2046. Con ello, el peso del colectivo en el conjunto de la población habrá aumentado a niveles insólitos, desde el entorno del 18% en el 2016 al 33% en el 2046. Simplemente insostenible.

Este cambio extraordinario debería modificar la percepción que hoy se tiene de esas edades. Pero ahí las resistencias al cambio son profundas. El ejemplo de Mick Jagger y su conjunto es, eso, un ejemplo. Pero estarán conmigo en que encontraríamos en los media (serios o de humor, en prensa escrita o en radio y TV) un sinfín de ellos, expresivos de la falta de consideración sobre la tercera edad o el uso continuo y abusivo de epítetos que infantilizan y marginan esa importante cohorte. Un rasgo que recoge un amplísimo consenso expresivo de una nueva discriminación, no por sexo, sino por edad. Mal asunto para una sociedad crecientemente envejecida. Si la aceptación de la participación de los mayores de 66 años en la actividad no se modifica, tenemos un grave problema.

Hace 40 años, y para favorecer la actividad laboral femenina, las familias redujeron drásticamente el número de hijos. El tsunami demográfico que se generó comienza hoy a alcanzar la parte más alta de la pirámide de edad. Y eso es solo el principio. Ante ese dramático panorama, ¿qué nos dicen los políticos? ¿Tienen respuestas? ¿Hay alguien ahí? Me temo que no.

Josep Oliver Alonso, UAB y EuropeG.

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