Merkel contra la adversidad

Angela Merkel, la mujer más poderosa del mundo, prepara su salida de la política, fiel a los principios que la inspiran desde hace treinta años: realismo, cautela, flexibilidad, sobriedad, conocimiento profundo de los temas y un compromiso moral de fondo con la dignidad humana. La canciller pone fin a una larga trayectoria de servicio público con el fin de facilitar la renovación de la CDU, cuando el momento que atraviesa Occidente recuerda a los peligros del período de entreguerras. No solo en Europa, sino en el resto del mundo aparecen hombres fuertes, dispuestos a ensayar eslóganes simplistas y a culpar a enemigos externos frente a la complejidad de la globalización económica y al cambio acelerado de la revolución digital. En claro contraste, Merkel se retira sin hacer ruido, pensando en un bien superior al que servir y evitando la adicción al cargo. De la imagen de su vida política me gustaría destacar lo positivo, que para mí es predominante.

Durante su juventud en Alemania del Este aprendió a vivir con extrema cautela y austeridad. Su padre era un pastor luterano que, a contracorriente, había emigrado con su familia desde Hamburgo. Merkel eligió convertirse en una científica volcada en la investigación hasta que el año antes de la unificación dio el salto a la política. Helmut Kohl fue su mentor y la nombró ministra para la Mujer y la Juventud, el principio de una carrera imparable. En Berlín siguió siendo alguien que venía de fuera, vivía frugalmente y pasaba desapercibida. Convirtió su lejanía de las elites tradicionales en una ventaja, se rodeó de un círculo pequeño de leales y aplicó un enfoque científico y pragmático a la resolución de problemas.

Merkel contra la adversidadCuando cayó Kohl por la financiación irregular de la CDU, Merkel ganó la batalla por el liderazgo del partido y muchos la consideraron una figura de transición. En 2005 obtuvo un 1% de votos más que los socialdemócratas y le bastó para tejer el acuerdo que echó a andar la primera gran coalición dirigida por una mujer. Fue el principio de un largo paso por el poder, que revalidó tres veces.

Merkel no se ha dejado seducir nunca por grandes visiones estratégicas. Si hay una característica que recorre sus trece años de gobierno es su capacidad de liderar contra la adversidad. Sin un ciclo político favorable en Europa, ha preferido escuchar y negociar hasta la extenuación y dibujar planes realistas y matizados, con los que abordar los asuntos del día siguiente. Al mismo tiempo, ha incorporado al pensamiento conservador la preocupación por el medio ambiente y ha defendido los valores del atlantismo con firmeza.

En una Unión Europea en la que, como afirma sir Paul Lever «todos hablamos alemán», la canciller se ha enfrentado con coraje a una sucesión de convulsiones que han puesto en cuestión la integración. En 2008 ante la triple crisis de deuda, bancos y crecimiento, Merkel se quedó sola en el puente de mando. La tormenta perfecta amenazaba con llevarse por delante la moneda común. Ante los problemas de un euro sin una arquitectura para sobrevivir tiempos difíciles, impulsó nuevas instituciones, reglas y mecanismos de financiación. La canciller se enfrentó a su gobierno y a la opinión pública alemana y frenó la salida abrupta de Grecia, que podía derribar el edificio entero. Ofreció solidaridad financiera –gastó en rescates el equivalente a un presupuesto anual de su país– a cambio de que los países deudores restaurasen la credibilidad de la moneda a través de reformas y ajustes. El otro héroe de esta empresa fue Mario Draghi. Entre ambos dirigentes protagonizaron un verdadero rediseño del euro, con sus improvisaciones y errores. Queda mucho por hacer pero la pareja germano-italiana deja una senda trazada para alcanzar su irreversibilidad.

En 2013 la figura de Merkel se convirtió en un sinónimo de protección y cuidado de sus votantes, que pusieron la palabra «mutti» («mamá») en los posters electorales. Pero el viento de cara no dejó de soplar. La canciller trabajó con Obama para frenar a Vladímir Putin. Encaró el huracán del Brexit, descrito por Hugo Dixon como la primera manifestación de populismo en la UE. Creció como líder global ante el shock de la elección de Donald Trump, un presidente americano que no se identifica con los valores occidentales.

La crisis migratoria ha sido el último test de Merkel. Para abordarlo, ha abandonado en un momento decisivo su liderazgo incremental y su estilo de poder transaccional. Durante 2015 la avalancha de más de un millón de recién llegados a Europa hizo saltar por los aires la libre circulación de personas. Angela Merkel se propuso defender la dignidad humana de los refugiados, objeto de ataques xenófobos, pero también asegurarse de que se aplicaban las normas internacionales y los pactos europeos sobre asilo. Quería evitar que Alemania, con su generoso sistema de acogida, tuviese que afrontar la integración social de cientos de miles de recién llegados, además del incremento de los problemas de seguridad y los ataques terroristas. Esta tensión entre ambos objetivos se quebró en septiembre de 2015, cuando afirmó de forma dramática que «si Alemania no es capaz de acoger refugiados, no es mi país» y reclamó generosidad y altura de miras para no cerrar la frontera y evitar una crisis humanitaria. Su liderazgo moral fue reconocido por muchos, dentro y fuera de su país, pero la enfrentó a su propio partido, que perdía tantos votos como refugiados llegaban al país.

En las elecciones de 2017 la ultraderecha se convirtió en la tercera opción más votada. La mediación del presidente Steinmeier logró que Merkel al menos encabezará su cuarto gobierno en marzo de 2018. Pronto saldrá de escena la que posiblemente sea la ultima canciller alemana abiertamente proeuropea. Pocas veces en la historia contemporánea una persona ha tenido tantas responsabilidades en circunstancias tan adversas y las ha afrontado con igual inteligencia y seriedad. Contaminada del exceso de realismo que gobierna la política, Merkel no encarna un ideal perfecto. Pero su trayectoria y estilo de poder deben ser recordados. Es un relato de ejemplaridad para el mundo furioso que habitamos.

José M. de Areilza Carvajal, profesor de ESADE y secretario general de ASPEN INSTITUTE ESPAÑA.

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