Merkel: fin de la cacería

Prometieron como famélicos lobos que le iban a dar caza y le han dado caza. Un año después de las elecciones generales y de la fatídica noche en la que un eufórico Alexander Gauland, presidente de la populista AfD, emitía aquella particular fatwa que nadie quiso tomarse en serio, Angela Merkel anunciaba lo que ya era un secreto a voces: su disposición a renunciar a la reelección como presidenta de la CDU y a ser candidata a cualquier otro cargo político, incluido el de canciller. Las recientes debacles electorales en Baviera y Hesse han acelerado el canto de ese viejo cisne oxidado que se ha visto acorralado por sus propios fantasmas desde que empezó la legislatura y el Gobierno de la Gran Coalición, a la que de grande no le queda nada, sino únicamente la impresionante envergadura de su caída. Y es que, por mucho que haya crecido el populismo y por muy rabiosos e indignados que estén los electores, la culpa y la responsabilidad de la implosión del centro derecha y de la socialdemocracia alemana yacen en la propia Merkel, que ha permitido que las disputas personales en la coalición concentraran el interés de la opinión pública mientras la república vivía su mejor momento de prosperidad económica desde la reunificación. «La imagen que el Gobierno ha dado estos últimos meses es inaceptable», confesaba Merkel este lunes en un revelador gesto que recalca el carácter impresionista de la política de nuestros tiempos: se pierde el poder y las elecciones no porque se haya mentido a los electores incumpliendo promesas electorales, se haya cambiado el rumbo ideológico o se haya realizado una política social o financiera equivocada, sino porque se ha dado estrictamente una mala imagen. Esa era la única moraleja tras las elecciones bávaras, una suculenta carnaza para el populismo más salvaje y la ultraderecha, auténticos maestros a la hora trucar la mala imagen en mala fama, en el único y negro horizonte político de la democracia por el que vale la pena desgarrarse la garganta. Ahora bien, no nos confundamos: el populismo es un veneno transversal y ha anidado también en el núcleo mismo de la coalición de la mano del ministro del Interior, el bávaro Horst Seehofer, que en un intento desesperado de pescar votos en la extrema derecha bautizó a la inmigración como «la madre de todos los problemas», reduciendo así al absurdo los logros de su socia y canciller, alguien que pasará a la historia de Alemania justamente por lo contrario, es decir, por haber logrado que la gran crisis migratoria del año 2015 no hundiera el país y Europa entera en la más absoluta histeria y el fatalismo.

Merkel fin de la caceríaY eso no es todo: que Merkel ha sido abatida por el populismo nacionalista lo demuestran precisamente los dos últimos batacazos en Baviera y Hesse, dos comicios autonómicos cuyo tema predominante ha sido la cacofonía procedente de Berlín y no la política local, como cabría esperar. Dos gobiernos regionales de relativo éxito han perdido más del 10% de los votos a pesar de cumplir con sus correspondientes deberes y obligaciones institucionales. La derrota ha venido por algo que les es indudablemente ajeno, la mala gestión comunicativa de sus colegas de la capital. ¿Cabe mayor impotencia para un político de un estado federado que verse sometido a ese imperativo populista, según el cual todo debe despacharse apelando exclusivamente a la voluntad nacional?

Todavía con el orgullo del animal herido que lucha por mantenerse en pie, Merkel ha asegurado que sería «un mal chiste de la historia» si se acabara juzgando y condenando a su Gobierno «por no ser capaz de trabajar de tal modo que no genere rechazo entre los ciudadanos». Enternece y a la vez asombra que la siempre perspicaz y pragmática Merkel haya tardado la friolera de 13 años de canciller en darse cuenta de que la política son también, de modo inexorable, relaciones públicas. No basta con vencer, diríamos nosotros, también hay que convencer. O para decirlo a la manera capitalista: elaborar un buen producto es casi tan importante como saber venderlo. Sin embargo, esta broma de mal gusto acaudala en su reverso una cara siniestra; está por ver si el poder de la imagen prevalece cuando vienen mal dadas y el país se hunde en la miseria y la pobreza. Eso ya lo conocemos de las dictaduras y las autarquías más miserables del planeta; la pregunta es ahora si nuestra democracia parlamentaria puede albergar ese triunfo de la estética sin desmoronarse en cuanto tal. Y a la inversa: ¿en qué clase de ciudadanos de la época postmoderna nos hemos transformado, que decantamos nuestra voz y nuestro voto en función de las malas imágenes y de la mala fama y no de los fastuosos hechos incontestables? Y lo cierto es que mientras Merkel habla algo ingenua e imprudentemente de chistes, por muy malos y memorables que sean, la CDU y el SPD, como si de dos enormes ejércitos se tratase, van perdiendo votos en centenas de miles en el campo de batalla, donde por encima de todos los lamentos y certeras estocadas sólo se oye una cosa: la ronca carcajada de Gauland retumbando hacia el Bundestag, advirtiendo a la manada que la cacería está llegando a su fin, pues esta vez ya no habrá noche en París capaz de subsanar tantas pérdidas, si es que la coalición franco-alemana insiste en dormirse en los laureles, en no entenderse, dejar que Macron se vaya autodestruyendo como una hermosa y marchita ilusión y abandonar así, quién sabe si definitivamente, las cruciales y necesarias reformas tanto en el mercado laboral como en el ámbito de la defensa, seguridad y la política exterior.

No hay duda de que Merkel ha sacrificado la presidencia de su partido con el único fin de salvar el poder, la cancillería, cuando ante la evidente falta de respaldo actual la opción más sensata hubiese sido quizá presentar una moción de confianza en el parlamento, abrir la vía para disolver la cámara y convocar nuevas elecciones, como hizo con precisión pirotécnica Gerhard Schröder en 2005. Al no hacerlo, aboca a Alemania y a Europa a unos tres años plagados de incertidumbres a los que se enfrentará sin la imprescindible armadura de su partido. Y como ella ya dijo en su momento de Schröder, a quien criticó duramente por tomar la decisión que ella acaba de tomar, «¿cómo se puede gobernar un país si uno ni siquiera es capaz de gobernar su propio partido?». Al no haber un claro sucesor, lo más probable es que estos tres años se caractericen por las luchas internas, que mortificarán un Gobierno en pleno estado de descomposición. Si ya las había ahora, cuando Merkel llevaba presuntamente las riendas del partido, ¿cómo no las va a haber a partir de diciembre, una vez que se declare oficialmente abierta la veda durante el congreso nacional de la CDU?

A día de hoy se barajan hasta cuatro candidatos para sustituir a Merkel. Cinco si contamos con Friedrich Merz, un antiguo enemigo de la canciller retirado de la política, célebre por sus cualidades retóricas y por prometer a los alemanes un escueto modelo fiscal capaz de caber en un posavasos de cerveza. El pasado lunes la bolsa alemana festejó por todo lo alto el adiós de Merkel, pero tuvo una espléndida erección nada más rumorearse el posible retorno de Merz. Vaya esto dicho para todos aquellos que no se han enterado aún de que Merkel ha sido la canciller más socialdemócrata de la historia de la república, una estimulante paradoja que ha llevado a muchos votantes tradicionales de la CDU a decantarse ahora por Los Verdes, un partido que ha sabido identificarse con la clase media acomodada alemana sin renunciar a sus reivindicaciones ecologistas. Muchos analistas coinciden en señalar que Los Verdes serán el motor de una posible próxima coalición entre los liberales (FDP) y la CDU, la famosa Coalición Jamaica, que no llegó a cuajar el año pasado por el empecinamiento de Merkel. Su renuncia invita pues a soñar con el Caribe. Y de paso, deja sin estrategia y hambre a la AfD, que una vez concluida la cacería no tendrá a quien aullar en la fría noche germana.

Ramón Aguiló es profesor de Filología alemana en Bremen (Alemania).

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