Metaficciones, relatos y votos

A los seres humanos nos ha costado milenios desarrollar modelos de convivencia basados en el respeto a las personas y a sus identidades: Lo habitual en la historia de la humanidad ha sido la imposición por parte del vencedor de sus modelos ideológicos a costa de la cultura o incluso de la vida de los vencidos. El modelo democrático liberal, hijo de la Ilustración y desarrollado no por casualidad en el mundo occidental de raíz greco-romana, ha configurado con los años un modelo único que sobrevivió de manera milagrosa a los embates del siglo XX. Un modelo que nos enseña algunas cosas que no debemos olvidar a la hora de afrontar este nuevo milenio plagado de cambios. Unos cambios que llegan de la mano de las nuevas tecnologías y de una digitalización del mundo a la que estamos asistiendo con tanta fascinación como perplejidad. Unos cambios, en fin, que afectan a los modelos de articulación del espacio público y a la gestión de la privacidad tal y como la entendíamos hasta ahora.

Hemos aprendido, en un proceso largo y doloroso que se abre de manera simbólica en julio de 1914 en Sarajevo y se cierra también en los Balcanes a finales de los años 90, que las naciones son comunidades imaginadas que sólo existen en la cabeza de las personas. No son eternas, para desgracia de los nacionalistas, y por eso sabemos que algún día no muy lejano dejarán además de importarnos. Pero que sean imaginadas no significa que no tengan efectos ni que no fueran, en un primer momento, un elemento positivo de modernización al funcionar como elemento de legitimación de la autoridad política y servir por ello para construir modelos en los que todos los nacionales eran iguales en derechos ante el Estado.

Lo que hemos aprendido también es que como la imaginación no tiene límites, el número de naciones imaginadas por el sapiens excede con mucho la lógica de la racionalidad y es por lo tanto imposible dotar a cada nación de un Estado, porque en muchos territorios conviven personas con identidades nacionales diferentes y porque, además, hay personas con identidades duales. Es más, hemos aprendido que es mejor no construir Estados homogéneos bajo los que viva una presunta nación étnicamente pura, porque ahí las minorías siempre acaban mal: perseguidas y con sus integrantes en una situación de clara debilidad ante la mayoría. Estaban más protegidas las minorías en la Monarquía de los Habsburgo que en la Hungría o en la Rumanía de entreguerras, por ejemplo.

El siglo XX nos cuenta también que las sociedades humanas, compuestas por bípedos implumes que sueñan, aman y odian, son plurales hasta la extenuación y mucho más mestizas de lo que imaginamos. Como los nacionalistas tienden a olvidarlo, la comunidad internacional, con mucho sentido común, no reconoce nada parecido a la bobada esa del derecho a decidir: reconoce el derecho a la autodeterminación sólo en casos de dominio colonial o de genocidio étnico-cultural. Situación que no se da en ningún país occidental.

Hablando de minorías, hemos aprendido también que lo que define de verdad a una democracia no es sólo el derecho de voto. Eso es una condición necesaria pero no suficiente. Y si me apuran, no es ni siquiera la más importante. Lo que define a una democracia es el respeto a las minorías que en ella se configuran (de manera imaginada, claro). Cuando las minorías son respetadas, cuando pueden participar de la agenda política y cuando tienen posibilidad real de convertirse alguna vez en mayorías, podemos estar hablando de una democracia. Como dijo el poeta francés Yves Bonnefoy una vez, «la democracia es hacer sitio a la realidad de los otros». Ni más ni menos.

Sin embargo, el encuentro con los otros, con los que no comparten nuestros valores últimos, también nos ha enseñado que si bien es verdad que todas las ideologías son relatos y narrativas para explicarnos el mundo, no todas son iguales. La democracia liberal es una ficción superior, una metaficción podríamos decir, en tanto que está por encima del resto de ficciones, tal como propone de manera brillante el profesor Arias Maldonado en su último libro. Y está por encima porque es la única que admite a todas las demás en su seno. Es el mejor medio que hemos encontrado para que cada ficción se desarrolle siempre que entienda que no puede destruir la metaficción que la acoge: en una democracia liberal es posible ser ateo, creyente, feminista, ecologista, socialista, conservador, etcétera, pero hay que asumir que la realidad de los otros también tiene sitio en el campo de juego.

Y eso es una idea capital: hay que entender que la igualdad es, en el fondo y como también dijo otro poeta, que “todos puedan ser diferentes sin temor”. Es, desde luego, un equilibrio inestable, pero así son las mejores instituciones humanas: frágiles, contradictorias, y muy alejadas de las certezas narrativas que nos exige nuestro cerebro, pero tantos años de experiencia nos han enseñado que las cosas son así y que con el fuste torcido de la humanidad no se puede construir nada recto, como dijo Isaiah Berlin parafraseando a Kant.

Es por eso, y ésta es otra lección que comenzamos a aprender, de manera dolorosa, en Berlín a finales de julio de 1932, que tiene que haber espacios vedados a la voluntad popular y que la victoria parlamentaria confiere legitimidad, pero no discrecionalidad. Un partido que obtenga una mayoría clara en unas elecciones en España no puede proponer al Parlamento un proyecto de ley para despojar, por ejemplo, a los zurdos de sus derechos civiles. O para prohibir a los judíos o a los musulmanes ejercer determinados oficios. No, no todo se puede votar, pese a la cansina letanía que llevamos meses oyendo en este periférico país del sur de Europa. Tampoco se puede votar por tanto, contra la ley, despojar de sus derechos de ciudadanía a los habitantes de una parte del territorio si no hay acuerdo entre todos para hacerlo. Y para garantizar estos derechos, hemos aprendido también lo importante que son las instituciones mediadoras, puestas ahora en duda por el embate de la modernidad: las estructuras que se sitúan entre el poder político y los ciudadanos, como medios de comunicación, fundaciones, asociaciones, empresas… instituciones que son necesarias para asegurar que los discrepantes tienen voz y que el poder está vigilado.

En fin, que el siglo XX nos ha enseñado que las cosas relacionadas con la imaginación es mejor tomárselas un poco a broma: es bueno tener raíces culturales, religiosas o identitarias, pero no es bueno tomárselas demasiado en serio; más de cien millones de muertos sólo en el siglo pasado están ahí para recordárnoslo.

Manuel Mostaza Barrios es politólogo.

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