México, el acertijo se complica

Por Mauricio-José Schwarz, escritor y periodista hispanomexicano (EL CORREO DIGITAL, 06/09/06):

La decisión del tribunal electoral mexicano que valida la elección presidencial del 2 de julio y proclama a Felipe Calderón como presidente electo para tomar posesión del cargo el 1 de diciembre, profundiza una crisis en la que están implicados muchísimos ciudadanos además del candidato de centroizquierda Andrés Manuel López Obrador. Una crisis política evitable se sigue convirtiendo así en un drama cada vez más peligroso.

El acertijo de la elección mexicana ha pasado por legisladores de la oposición golpeados y vejados por la Policía violentando su fuero constitucional, por cuadros de pintores de la oposición rajados a navajazos por grupos de choque, por documentación amplia, avalada por los observadores europeos, sobre la razonable presunción de un fraude electoral, por un poder legislativo cercado por el ejército y la policía federales en un país con total división de poderes, por denuncias de grupos paramilitares de ultraderecha entrenando en áreas apartadas. Su prólogo fue una campaña electoral de una suciedad reconocida por los analistas casi sin distingos.

Estos y otros muchos elementos a veces no debidamente difundidos son clave en la ecuación del conflicto electoral mexicano, pues han generado un clima de enfrentamiento inédito en México desde el movimiento estudiantil-popular de 1968, que desembocó en una masacre, y que ni siquiera se alcanzó con el fraude que en 1988 despojó a Cuauhtémoc Cárdenas. Son hechos que han movido a la acción a millones de personas pero que se ven opacados por acusaciones contra López Obrador que ningún analista serio puede tomar como factor esencial de esta crisis política, que evoca los momentos más confusos del siglo XIX, cuando México todavía no se consolidaba como nación.

El fraude no puede descartarse aún. La lectura de los dictámenes que dio a conocer el tribunal electoral, basados en una interpretación semántica que halló diferencias de fondo entre ‘voto’ y ‘boleta electoral’, ha confirmado a ojos de muchos la idea de que el PAN ha superado a su hoy aliado, el PRI, en la confección de resultados electorales al gusto del señor presidente.

La evitación política del conflicto pasaba, según la ley y la razón, por el recuento de los votos, a la vista de las irregularidades detectadas tanto en las casillas (colegios) y distritos electorales como en el comportamiento estadísticamente inconcebible de los recuentos, según personajes intachables como el doctor Luis Mochán, físico e investigador multipremiado cuyo análisis del comportamiento de los recuentos oficiales ha sido clave para convencer a quienes desconfían de las afirmaciones movidas por la ideología. La negativa rotunda a tal recuento por parte del presidente Fox, haciéndose eco del rechazo de Felipe Calderón a la medida, ha sido vista por muchos como una convalidación de las sospechas más oscuras.

Que López Obrador sea necio a ojos de sus enemigos es irrelevante, máxime si por las mismas razones sus partidarios lo perciben como decidido y comprometido. Lo relevante es saber si el presidente Vicente Fox ha actuado o no según la ley, y si el resultado electoral nace de la voluntad del electorado o de una orden presidencial. Ante la duda, resulta difícil pedir a los mexicanos una ‘conformidad’ abnegada para seis años de una presidencia percibida como ilegítima desde su origen.

Este conflicto no se puede descontextualizar de la crisis que se ha profundizado en México en las últimas décadas: la multiplicación de la pobreza y de la miseria extrema, el enriquecimiento escandaloso de un grupo cercano a los presidentes (cuando no de los propios ex mandatarios), la caída del empleo, la debacle de la agricultura, la desaparición virtual de los servicios de salud pública, el declive de la educación que imparte el Estado, los conflictos gremiales vigentes de mineros y profesores escolares, la migración ilegal como única opción, la presencia de grupos armados en el campo y la ya veintenaria colusión del PAN con el PRI en temas como el rescate bancario que hizo al país deudor de casi 125.000 millones de dólares ante los banqueros o la conservación de priístas distinguidos en los puestos clave de la economía.

Con todos estos elementos, el problema electoral no se puede reducir a un asunto de procedimientos y de sutilezas maquiavélicas, mucho menos a una cuestión regida por la personalidad real o supuesta de un solo individuo. La respuesta de millones a los llamamientos de López Obrador es una expresión clara de los problemas de fondo cuya solución es para muchos impostergable. Por ello el mayor peligro en los días siguientes no es que López Obrador se radicalice, ni que tenga realmente los delirios mesiánicos que se le atribuyen con ligereza, sino que sus propios seguidores lo rebasen por la izquierda si sienten que el ex candidato no está dispuesto a avanzar por el camino que ellos consideran urgente. Para ellos, sus votantes, la llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia se veía como una oportunidad de revertir en alguna medida ciertas tendencias de un país cuya paradoja es tener una sólida macroeconomía y una microeconomía a niveles de desastre humanitario. Lo que se juega, a ojos de los más desfavorecidos, es asunto de supervivencia, no de sutilezas políticas.

Incluso durante los momentos más oscuros del autoritarismo priísta, tiempos de presos de conciencia, asesinatos y tortura indiscriminada, tiempos de candidato único (apoyado por el PRI y el PAN en el caso de José López Portillo), la percepción internacional celebraba la ‘democracia’ mexicana. Cuando tal idea se hizo insostenible, se anunció que la verdadera democracia en México había nacido con la elección de Vicente Fox en 2000. Hoy, después de un desgaste de seis años en el que mucho colaboró el propio presidente al incumplir sus abundantes promesas, la nueva verdad es que ahora sí, al fin, se puede inaugurar solemnemente la democracia en México.

Pero la democracia es un hecho social que trasciende con mucho a las jornadas electorales. Por ello es fundamental evitar el simplismo que borra matices en pro del convencimiento, el psicoanálisis como coartada o el endiosamiento y la demonización fáciles. La situación que enfrenta México como nación merece la solidaridad más amplia con la ciudadanía cuyo bienestar y viabilidad, así como su voluntad política, deberían ser el motivo central del debate, y sólo después, como consecuencia, la solidaridad con el candidato que más votos haya obtenido legítimamente, asunto que desafortunadamente aún no parece claro.