México: elecciones y conflicto político

Por Leopoldo Gómez, vicepresidente de Noticieros de Televisa (EL PAÍS, 050/06/06):

México vive la recta final de un proceso electoral que concluirá el próximo 2 de julio. En esta etapa se ha venido configurando, como característica principal del proceso, una creciente polarización entre la izquierda y la derecha que ha dividido al país y que, de seguir así, puede poner a prueba la capacidad de las instituciones para asegurar un cambio ordenado de poderes. Cualquiera que sea el desenlace de la elección, el reto principal que enfrentará el Gobierno entrante será la reunificación nacional. El cúmulo de conflictos políticos y sociales asociados a, o agravados por, dicha polarización genera condiciones inusualmente adversas para tener éxito en esta tarea.

A lo largo de los años de hegemonía del PRI, la competencia electoral gravitaba hacia el centro del espectro ideológico, espacio que ese partido ocupó desde su conformación. Ahora, en cambio, con un PRI debilitado y, al parecer, reducido a su voto “duro”, la competencia electoral se ha vuelto centrífuga.

Durante esta campaña, el PRD y el PAN se han desplazado hacia los extremos, endureciendo su discurso y, lo más grave, generando un temor recíproco al triunfo electoral del otro. Y, en tanto lo que está en disputa es el modelo de desarrollo económico del país, amplios sectores de la sociedad comienzan a percibir con temor que el resultado del 2 de julio determinará cómo evolucionará su forma de vida. La composición geográfica y las bases sociales claramente diferenciadas de los partidos no hacen sino complicar la situación.

Por si faltara algo, en las últimas semanas ocurrió lo que hasta hace poco parecía improbable: las encuestas registraron que la clara ventaja del candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, se había esfumado en favor de Felipe Calderón, del PAN. Mientras estuvo delante en las encuestas, López Obrador pudo haber moderado su discurso, pero no lo hizo, se enganchó en un conflicto con el presidente Fox y tomó decisiones equivocadas. Entre estas decisiones destaca el no haber asistido al primero de dos debates entre candidatos presidenciales, que Calderón se llevó holgadamente. Esto sólo coronó lo que ha sido una estrategia del PAN de lanzar una oleada de anuncios negativos acerca de López Obrador, quien, incluso equiparado con el presidente Chávez de Venezuela, se tilda como un peligro para México.

Como era previsible, el PRD respondió a los ataques con una campaña negativa en contra del PAN, su candidato presidencial y la gestión del Gobierno de Fox. El PRD ha acentuado sus críticas a la derecha y la ultraderecha, en un discurso que divide al país entre “los de arriba” y “los de abajo”, al tiempo que siembra dudas sobre la imparcialidad de los medios, la objetividad de las encuestas y la neutralidad de la autoridad electoral.

Por su parte, el PAN insiste en explotar el miedo a través de un discurso que subraya los temas de violencia, populismo, demagogia, odio y rencor que asocia al PRD. A fin de no dejar descubierto su otro flanco, los panistas acusan al PRI de preparar un fraude electoral en los Estados que gobierna.

El PRI, en fin, ha dado un vuelco de 180 grados para que su blanco ya no sea López Obrador, sino Calderón y el Gobierno de Fox, a quienes dedica un discurso que mimetiza el del PRD. Roberto Madrazo, el candidato priista, ha empezado a hablar de que el Gobierno orquesta una “elección de estado”, lo que parece una velada y ominosa amenaza de desconocer resultados desfavorables.

Otros fenómenos agravan la situación. Uno en el plano laboral, provocado por la inoportuna intervención del Gobierno en la lucha interna entre dirigentes del gremio minero, que mantiene movilizada a buena parte de los trabajadores organizados en defensa de la “autonomía” sindical. Otro conflicto es el que protagoniza un grupo de habitantes de Atenco, un poblado cercano a la capital y que alcanzó fama hace unos años por haber frustrado, machete en mano, los planes del Gobierno para construir un nuevo aeropuerto para la Ciudad de México. En los últimos días, choques violentos entre activistas de este grupo y cuerpos policíacos, que propiciaron el resurgimiento del subcomandante Marcos en la escena política nacional, han agravado la situación. Ambos fenómenos podrían coincidir y alimentar un conflicto poselectoral.

El centro ideológico desvanecido, la contienda polarizada, los discursos radicalizados y movimientos sociales en efervescencia son los elementos que caracterizan y contextualizan la recta final de la elección mexicana. Si los ánimos no se asientan, quizá el escenario exigiría del presidente Fox desempeñar un papel fundamental, el de ser el garante de la prevalencia institucional.

En un sistema presidencialista, ese rol entraña ser considerado como árbitro imparcial, como una autoridad moral que está por encima de los intereses partidarios, y como un ejemplo de respeto y civilidad. Desafortunadamente, no es la imagen que tienen priistas y perredistas del presidente Fox. Para muchos, el presidente Fox ha optado por tomar partido y lo ha hecho en contra del candidato perredista y a favor de Calderón. Esta imagen resta autoridad y capacidad al presidente en caso de un conflicto poselectoral, pues cualquier decisión o acción de gobierno estarían bajo sospecha de parcialidad.

El panorama es complejo y potencialmente conflictivo y, pese a todo, existen razones para fundamentar cierto optimismo sobre el desenlace electoral. Ante todo, como lo acreditan las encuestas, una abrumadora mayoría de los ciudadanos repudia la confrontación y la violencia. Además, como lo han demostrado situaciones de crisis política en el pasado, como la que se vivió en 1994 ante el levantamiento zapatista y el asesinato de Luis Donaldo Colosio, México tiene un buen expediente de contar con las instituciones y los liderazgos para canalizar los conflictos. Hoy, aun en el clima de polarización, los candidatos han reiterado que respetarán el resultado de las elecciones y se vislumbran señales, todavía aisladas, pero señales al fin, de moderación en el discurso.

Si la clase política de México ha aprendido del pasado y si la todavía tenue moderación de los candidatos marca el inicio de una nueva tendencia en las campañas, el desenlace del proceso electoral podría ser ordenado y sin sobresaltos. Pero si se agudiza la polarización, el país continúa alineándose en dos bandos que perciben la derrota electoral como una suerte de condena a la atrofia política o a la desaparición, entonces los perdedores estarán muy tentados de resistir los resultados adversos. Ése sería el escenario más inquietante para la democracia, el desarrollo y la convivencia de los mexicanos.