México en guerra

Por Joaquín Villalobos, ex guerrillero salvadoreño y consultor para la resolución de conflictos internacionales (EL PAÍS, 03/06/08):

En un capítulo de la serie Sexo en Nueva York, Sarah Jessica Parker, Carrie, y sus tres amigas son sorprendidas fumando marihuana por un policía en una calle de Nueva York. El policía, cautivado por las graciosas amigas, termina perdonándolas. Es difícil de percibir algo negativo en la divertida escena, porque la marihuana es considerada inofensiva y es la más popular de las drogas. Con seguridad las simpáticas chicas de la serie no tienen ni idea de toda la actividad criminal que hay detrás de esa diversión. Precisamente por ser tan popular, la marihuana es la mayor fuente de ingresos del crimen organizado mexicano.

En los últimos 18 meses de guerra entre el Estado mexicano y los narcotraficantes, más de 30.000 hombres de las fuerzas federales se han desplegado en siete Estados del país que se encontraban en situación crítica. Las operaciones son por tierra, mar y aire y se producen más de dos enfrentamientos diarios. Quinientos policías y militares, incluyendo mandos, han perdido la vida en enfrentamientos o ejecuciones, y la guerra entre los mismos carteles ha provocado 4.000 muertes. Las fuerzas federales han realizado 22.000 arrestos y extraditado 41 narcotraficantes a EE UU. Se han incautado de 14.000 armas, 260 millones de dólares, 6.900 vehículos, 121 embarcaciones marinas, 261 aviones, 2.700 toneladas de marihuana, 52.000 kilos de cocaína y 13.000 de pseudoefedrina. Estos resultados han provocado aumentos sostenidos en los precios de la cocaína de un 44%, y de las metanfetaminas, 73%, en las principales ciudades de EE UU. El Gobierno estadounidense ha tenido que reconocer sus responsabilidades por el consumo y por el tráfico de armas a los carteles.

Sin embargo, a pesar del éxito, México está conmovido por una violencia sin precedentes desde la Revolución de 1910.

¿Por qué se desató esta guerra?, ¿cuál es el significado de la violencia? y ¿qué posibilidades tiene el Estado de ganar?, son las preguntas que preocupan a los mexicanos. Durante 40 años hubo tolerancia universal al consumo y oferta de drogas, y hasta la CIA vendió cocaína. Creció así la producción y surgieron organizaciones criminales que no fueron consideradas inicialmente una amenaza estratégica. La urbanización y los cambios culturales socializaron más el consumo de drogas, expandiéndose la demanda y con ello el poder financiero de los delincuentes. En México, los carteles, que durante años habían operado sin ser muy visibles, se volvieron cínicamente impunes. Se transformaron en poderes fácticos, arrebataron la autoridad al Estado a nivel local, cooptaron a miles de policías y ciudadanos, y desataron violentas guerras por mercados y rutas. Los grandes capos mexicanos estaban a meses de poder hablar por teléfono directamente con la presidencia, tal como ocurrió en Colombia. No había más alternativa que la guerra para recuperar autoridad, instituciones, territorios y población. El pasado de indiferencia “pacífica” ya no era posible, el narcotráfico se había convertido en una amenaza que intimidaba y humillaba a los mexicanos.

La violencia que vive ahora México es el final del régimen de convivencia con el crimen organizado, un final que obviamente será sangriento y doloroso.

Para librar esta guerra, el Gobierno de México innovó en la estrategia, desató un asedio permanente para recuperar territorios, impulsó depuraciones masivas en las policías y desplegó investigaciones orientadas a los nodos de valor y centros de gravedad del sistema delictivo. Superó el modelo estadounidense de “perseguir al malo”, por uno mexicano que ataca la rentabilidad del negocio. Los golpes están siendo constantes y contundentes, provocando una violenta reacción de los criminales, que podría incluso llegar al terrorismo. Pero la violencia, además de ser una señal de desesperación de los delincuentes, consolida, sin vuelta atrás, la ruptura entre crimen organizado y Estado.

En México el poder coercitivo del Gobierno federal era débil, porque en el pasado el PRI constituía el factor de cohesión entre el poder local y nacional. Con la democracia esa debilidad dio ventaja a los delincuentes, pero la guerra está obligando a corregir este problema. La derrota de los carteles es previsible; México es un Estado grande y fuerte, imposible de ser cooptado o intimidado. En unos tres años el poder coercitivo del Gobierno federal se habrá incrementado considerablemente y el despliegue territorial de éste se habrá consolidado; los delincuentes habrán perdido poder financiero; los carteles se atomizarán, y la violencia se reducirá sustancialmente. Tendrá México que lidiar con la cultura de ilegalidad de sus ciudadanos y con sus propios consumidores de droga. Pero alguien tendrá que abastecer la diversión de las neoyorquinas. Quizás entonces los narcotraficantes se apoderen de Estados pequeños como Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, o tal vez, aprovechando las debilidades de la transición, tomen control de Cuba.