México ya solo depende de sus ciudadanos para detener al coronavirus

En México, desde un principio, la estrategia de las autoridades para contener la velocidad de expansión del coronavirus COVID-19 apostó a una sola cosa: el aislamiento social, a pesar de que hacerlo amenaza a una economía ya de por sí debilitada, en un país sumamente desigual.

Las pocas pruebas realizadas para detectar el virus y las decisiones subsecuentes señalan que, pese a la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para países como México, las autoridades decidieron tomar otro camino. “Las medidas agresivas para encontrar, aislar, tratar y rastrear (los contagios por coronavirus) no solo son la mejor y más rápida alternativa a las restricciones sociales y económicas extremas, sino que también son la mejor forma de prevenirlas”, dijo el director general de la OMS el 25 de marzo.

Para los países con pocos casos confirmados, como lo estuvo México hasta la semana de ese anuncio, dijo: “Tomar estas acciones agresivas ahora pueden prevenir la transmisión comunitaria y evitar algunos de los costos sociales y económicos más severos que hemos visto en otros países”. Recalcó: “Esto es especialmente relevante para los países más vulnerables”.

Algunos de los países que hoy se encuentran más afectados por el COVID-19 fueron aquellos que desestimaron la amenaza: Estados Unidos (184,000 infectados al 31 de marzo), Italia y España en Europa (105,000 y 94,000 infectados), y Brasil en América Latina (5,700 infectados).

México optó por no seguir la estrategia de la OMS para frenar el crecimiento exponencial del virus, por lo cual hoy depende completamente de la superheroína creada por el gobierno, llamada Susana Distancia, y de la autodisciplina de una población cuyo 56% depende de la economía informal, que cuenta con problemas de suministro de agua, y que, hasta el momento, no está en aislamiento en su casa.

Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud de México, ha repetido en numerosas ocasiones que el país no realizó pruebas de manera agresiva porque el modelo de vigilancia epidemiológica de centinelas, que se utiliza en todo el mundo para monitorear la influenza estacional, es suficiente para monitorear el coronavirus en México.

Este modelo tradicionalmente pasivo se basa en reportes de hospitales elegidos como centinelas (de allí el nombre), distribuidos en puntos estratégicos del país, que seleccionan un porcentaje de pacientes con ciertos síntomas para mandar sus muestras a laboratorio y buscar enfermedades (como el COVID-19).

En el caso de este coronavirus, la OMS estima que solo 20% de los infectados son casos graves y críticos, los que en general requieren hospitalización. Este modelo no permitiría identificar al resto de los portadores asintomáticos y con sintomatología leve que no acuden a hospitales.

Si bien es cierto que ese modelo, bien implementado, funciona para el objetivo particular de monitorear las tendencias generales de una epidemia, la recomendación de la OMS de hacer la mayor cantidad de pruebas posibles era necesaria al inicio del coronavirus para poder aplanar la curva de contagios y evitar paralizar la economía.

Corea del Sur, por ejemplo, logró frenar la velocidad de contagio de coronavirus sin necesidad de paralizar su economía y clausurar el país gracias a su estrategia de manejo de pruebas: las autoridades hicieron esfuerzos extraordinarios por identificar los casos de coronavirus y sacarlos de circulación.

Dado que 80% de las personas infectadas tienen síntomas leves o moderados, Corea aplicó pruebas aleatorias en retenes. También tomaron medidas cuestionables para monitorear los movimientos de sus ciudadanos a través de sus redes sociales, compras con tarjetas de crédito y la geolocalización de su celular: buscaban saber, a toda costa, quiénes habían estado en ciudades de riesgo y con quiénes estuvieron en contacto para parar la cadena de contagios.

México optó por no hacer pruebas exhaustivas ni seguimientos a fondo cuando se detectaron los primeros casos importados y se podía rastrear la cadena de contactos con relativa facilidad. Durante esta fase, la Secretaría de Salud de Ciudad de México me identificó como un caso de alto riesgo porque reporté sintomatología leve a mi regreso de Nueva York.

Jamás me aplicaron la prueba ni rastrearon a mis contactos porque, según me explicó la persona encargada de monitorearme por teléfono, “son pruebas muy caras y solo son para los pacientes graves”. La Secretaría de Salud federal declinó mi petición de entrevista para este artículo.

A pesar de que los representantes de la OMS en México aseguraron que “en México se hacen test sin dejar a ningún sospechoso”, hay muchos testimonios que confirman lo que nuestras autoridades aceptan ahora: no hicieron pruebas exhaustivas. No fue un protocolo estandarizado rastrear y aislar a los contactos de los casos de alto riesgo.

El 13 de marzo la Secretaría de Salud dijo que el total de pruebas disponibles en el país eran 9,100. Al 18 de marzo, aún en la Fase 1 de la contingencia, habrían realizado unas 1,000 pruebas. Las pruebas tienen un costo nominal de $2,300 pesos. El año pasado, el gobierno etiquetó $500 millones de pesos (el costo de 217,000 pruebas) para la promoción del béisbol.

Estados Unidos ha sido severamente criticado por el bajo número de pruebas que ha aplicado: más de 960,000. México, al lunes 30 de marzo, reportaba haber estudiado menos de 10,000 casos.

Con la información de los centinelas y una cantidad de pruebas muy limitada, las autoridades tomaron —y siguen tomando— decisiones. Pese a los pocos datos existentes, estos alertaron a las autoridades de un “último momento de oportunidad”, como lo describió López-Gatell el 28 de marzo, para pedirle a la población y las empresas que frenen actividades e inevitablemente causar una crisis económica.

Hoy, ya en la fase exponencial de contagios y en medio de una declaración de “emergencia sanitaria por causa de fuerza mayor”, las autoridades sólo pueden confiar en que los ciudadanos decidirán quedarse en sus casas aunque, en la primera semana desde el anuncio gubernamental, solo hubo 30% de reducción en la movilidad en Ciudad de México, la más afectada.

En poco tiempo sabremos si la estrategia de centinelas implementada por México —en contra de las recomendaciones de la OMS de hacer pruebas exhaustivas— funcionará o acabaremos igual que los países que tampoco las escucharon: con un sistema de salud rebasado, problemas de manejo de miles de cadáveres, con ciudades en toque de queda vigiladas por militares, y con la economía devastada. En este momento, y sin cifras claras del tamaño del contagio, ya todo depende de que los mexicanos no salgamos de nuestras casas.

Lucina Melesio es periodista y colaboradora de diferentes medios como ‘Scientific American’ y ‘Al Jazeera’.

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