Mi amigo Don Marcelo

Por Carlos Seco Serrano, de la Real Academia de la Historia (ABC, 07/09/04):

La muerte del arzobispo emérito de Toledo, cardenal González Martín, me ha trasladado mentalmente a los días en que, designado por Pablo VI para ocupar la sede barcelonesa -procedía de la de Astorga, donde había dejado perdurable huella de luz-, ello provocó en la ciudad condal una disparatada actitud de violento rechazo, exteriorizada en el rótulo que se difundió por todas sus esquinas, e incluso en las peñas asomadas a las carreteras que conducían a la urbe: «Volem bisbes catalans» (Queremos obispos catalanes).

La insensatez de aquel brote de rauxa (se entiende por rauxa la contraposición al seny) desencadenada contra don Marcelo, de quien yo conocía los méritos indiscutibles, me sorprendió. Recuerdo que el primer vislumbre de tan insólito rechazo lo tuve a través de un querido e ilustre colega de la Facultad. Él y su esposa (profesora también), se mostraban indignados, apelando -para respaldar esa indignación- nada menos que al Concilio Vaticano II, que con muy buen criterio había preconizado la designación de obispos -siempre que fuera posible- nacidos en el mismo país en que debían desarrollar su misión: lo que aludía, sin duda, a las diócesis africanas o asiáticas. Pero equiparar a estos casos el de la diócesis barcelonesa -tan española como la de Sevilla o la de Madrid- me parecía, a todas luces, un disparate. Un disparate que venía a poner ante mis ojos el aspecto inadmisible del nacionalismo catalán -el catalanismo a lo Carod, muy diverso del catalanismo a lo Cambó-: la pretensión de diferenciar tajantemente a Cataluña de España; algo tan injusto, desde luego, como -en el otro extremo- el empeño de confundir lo español con lo castellano (obcecada actitud del régimen franquista). Por fin surgía un argumento intocable -la iglesia católica, el Concilio- para encastillarse frente al centralismo sin matices del Régimen. Don Marcelo pagaría las consecuencias.

Contraataqué a mis amigos recordándoles que en Toledo llevábamos bastantes años con arzobispos catalanes -Gomá, Pla i Deniel…-, y no se nos había ocurrido protestar por ello. Mi argumentación fue inútil, pero suficiente para que, en la cena-tertulia en que todos los sábados me reunía con un grupo de amigos -entre ellos, los aludidos-, se me diese de baja muy educadamente. Me explicaron que determinadas circunstancias familiares de la pareja que nos acogía semanalmente en su piso para estas reuniones sabatinas, habían obligado a suspenderlas; pero supe después que se trataba de un pretexto: las cenas continuaron; sólo yo fui excluido de ellas. Conmigo era mejor no discutir.

¡Qué calvario el de don Marcelo en Barcelona! Recibido con ostensible hostilidad, se encontró aislado, sin el apoyo incluso de aquellos que por su situación en la administración de la diócesis, más obligados estaban a prestárselo. De su situación más íntima recibía yo noticias por medio del padre Juncosa, un distinguido jesuita catalán que también había sido alumno mío, y que no regateó su asistencia y su amistad al prelado. Desde luego, don Marcelo hizo cuanto pudo para disipar aquella atmósfera irrespirable: desplegando una labor social que era prolongación -y ampliación- de la que había realizado en Astorga, y prestando solícita atención al seminario diocesano. Incluso quiso rendir un delicado homenaje a las tradiciones marianas más entrañables de Cataluña: tal fue la coronación de la venerada Virgen de Nuria; pero ¡Dios mío!, precisamente en Nuria había tenido lugar, durante la República, la elaboración del «Estatut» de 1932: aquel era uno de los enclaves sagrados del catalanismo enragé ; y el acto del Prelado, poco menos que una profanación. Así pues, la imagen de la Virgen desapareció un día antes de la anunciada ceremonia; don Marcelo hubo de coronar una reproducción en yeso de la estatua auténtica (que reaparecería «milagrosamente» días después). Inconcebible, pero cierto.

También se ocupó don Marcelo de la urgente restauración -la limpieza- del interior de la catedral barcelonesa, ennegrecido por los siglos. Fue precisamente esta «iluminación interna» del bellísimo templo lo que me dio pie simbólico para dedicar, en La Vanguardia, un artículo fervorosamente elogioso al prelado -que, por entonces, para satisfacción de sus ingratos feligreses, pero también para descanso suyo y bien de la iglesia española en general, fue elevado a la diócesis primada-. Mi artículo daría pie a una amistosa correspondencia epistolar con don Marcelo, que guardo como una preciada reliquia.

Don Marcelo era, ciertamente, un hombre de Dios, que profesaba profunda fe en la Iglesia -uno de sus libros, se titula precisamente así-. Y sabía, a la hora de la verdad, defenderla del poder temporal, evitando al mismo tiempo situaciones irreparables -fue esencial su intervención desde el seno de la Comisión Permanente del Episcopado, para dar honorable solución al famoso incidente provocado por el obispo de Bilbao, Añoveros-. Su fe y su fidelidad al Evangelio podían mostrarlo a veces como excesivamente rígido e intransigente; porque en determinados temas que entendía como intocables desde la perspectiva católica, no admitía componendas. Fue precisamente mi divergencia de criterio con don Marcelo cuando se planteó, ya en plena transición, la discutida disposición que legalizaba el divorcio (yo le argumentaba que los católicos ya sabían a qué atenerse, pero que la ley estaba hecha para todos los ciudadanos) lo que dio lugar a una interrupción de nuestra correspondencia epistolar. Pero volveríamos a entendernos, restableciendo nuestra amistad, con ocasión de un encuentro en la Academia de las Ciencias Morales, de la que él era miembro.

Pienso que don Marcelo tenía mucho de pre-conciliar. Y es que su fe inquebrantable resultaba incompatible con la permisividad de muchos clérigos actuales que se apellidan «progres», y que tienen por norma retener del Evangelio sólo aquello que parece de acuerdo con su propia actitud, olvidando que del Evangelio no se pueden hacer lecturas sesgadas. Es un hecho que, desde esta actitud rígidamente ortodoxa, obtuvo don Marcelo frutos espléndidos para la Iglesia: así, la asombrosa cosecha de vocaciones sacerdotales que se hizo felizmente palpable en el seminario de Toledo durante su gestión al frente de la diócesis.

A don Marcelo cabía aplicarle aquello que le oí decir -cuando, recién salido de la Universidad, daba yo clases en el Instituto Ramiro de Maeztu- al inolvidable don Antonio Magariños, en réplica a un grupo de profesores que comentaban, escandalizados, los desaires del cardenal Segura al jefe del Estado (Franco): «Pues a mí, a pesar de todo, Segura me cae bien, porque es un cura que cree en Dios». Don Marcelo era eso: un cura que creía en Dios. Con mayor humildad que Segura, desde luego.