Mi amigo Gregorio

Fue Gregorio Peces Barba generoso con los amigos y severo con los que no lo eran tanto, entusiasta en sus convicciones y proclive a transmitirlas a impulsos de los tiempos y de su propia conciencia, siempre proselitista entregado de la convicción democrática y al tiempo guardián fiel del grupo en el que militaba, celoso de las ideas de la tribu, pero independiente de las banderías que no fueran las guiadas por sus propias ideas. Jurista templado por la política, siempre se le recordará por sus razonables aportaciones en la ponencia constitucional, por su básicamente abierta y tolerante presidencia del Congreso de los Diputados y por haber puesto en pie una de las universidades públicas de mejor adquirido prestigio en la España contemporánea, la que lleva el nombre de Carlos III.

Le conocí en la Universidad Complutense madrileña, cuando yo comenzaba mis estudios de Derecho y él los culminaba a la sombra iusnaturalista y democristiana de Jacques Maritain y Joaquín Ruiz Giménez. Fue precisamente Gregorio el que con su habitual entusiasmo nos contagió de sus descubrimientos ideológicos y académicos a los que entonces fuimos el restringido círculo de sus amigos: Ignacio Camuñas, Juan Luis Cebrián, Julio Rodríguez Aramberri, yo mismo. Teníamos los cuatro en común el origen en el Colegio del Pilar de Madrid y el representar, en diversos matices, las creencias de la burguesía capitalina que en la Guerra Civil ser alineó con el bando de los vencedores. Gregorio, por el contrario, procedía de una familia de honda y conocida raigambre socialista y republicana, y su educación era la muy laica impartida en el Liceo Francés. Pero nos unió pronto la reclamación democrática y el ilusionante y fructífero trabajo común que, de nuevo bajo la batuta de Ruiz Giménez, resultó ser «Cuadernos para el Diálogo». Fueron aquellos momentos de ilusionante creatividad, incluso en las tempranas divergencias: a Gregorio le duró poco Jacques Maritain —del que seguirá figurando como uno de sus principales introductores en España— y los demás, aun en la estrecha proximidad de una amistad que seguramente siempre recordaremos, continuamos nuestros propios caminos políticos y profesionales. Todavía tengo en la memoria la activa participación de Gregorio Peces Barba en la defensa de los terroristas de ETA juzgados, condenados y más tarde amnistiados en el llamado proceso de Burgos, cuando la violencia vasca estaba todavía teñida de la heroicidad que le otorgaba el luchar contra la dictadura. Gregorio, excelente abogado, nunca compartió sus métodos, pero siempre luchó por asegurar los derechos de la defensa legal. Años más tarde, cuando ya compartíamos escaño en el Congreso de los Diputados, bien que en diferentes bancadas, tuvo ocasión de mostrar de nuevo su generosa disposición para luchar por mi liberación cuando fui secuestrado por ETA, en términos tan tajantes como inequívocos. Al Gregorio que yo conocí nunca le faltaron, aunque fuera en última instancia, los buenos instintos.

Y bien que pudimos divergir: fue un feroz portavoz socialista cuando la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados —que presidía Ignacio Camuñas y en la que yo era el portavoz de la UCD— debatió, y aprobó, la propuesta del Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo para que España entrara a formar parte de la OTAN. Y en la proximidad, casi en la inevitabilidad, de la victoria electoral socialista en el año 1982, y seguramente impulsado por los que en el grupo tenían más saña, más poder y menos tablas que él, se ensañó inútilmente con un disminuido Adolfo Suárez, en un ejercicio harto doloroso para gentes como yo. Los que ya quedan de los ponentes constitucionales —entre ellos, José Pedro Pérez Llorca y Miguel Herrero de Miñón, también amigos tempranos suyos y míos— dirán con más conocimiento de causa que el mío cuál fue el alcance de su aportación a la ponencia constitucional, pero retengo de lo que de ella sé su carácter abierto constructivo y posibilista. Como así fue su presidencia del Congreso de los Diputados. Nunca negó su pertenencia al grupo socialista y erróneo sería pensar que en todo momento mantuvo la más estricta de las neutralidades, pero qué duda cabe: practicó la tolerancia, la apertura, la generosidad, la protección con propios y extraños. En definitiva, un buen sentido de la equidistancia. Y el PSOE del tándem González/Guerra se lo premió negándole la posibilidad de un segundo mandato al frente de la presidencia parlamentaria. Todavía recuerdo su soledad al final de la sesión constitutiva de las Cortes en las que él ya no figuraba como miembro. Pero también recuerdo los reproches, a las que seguramente se sentía autorizado dada nuestra amistad, que me dirigió con motivo de algunos términos críticos que yo había utilizado en la campaña contra los socialistas. Genio y figura.

El Gregorio Peces Barba político, aunque nunca dejara de serlo, se consagró como un excelente rector académico en la creación y dirección de la Universidad Juan Carlos I. Ese largo tercio final de su vida merece ser recordado, porque la Universidad que le tiene por Rector Fundador es hoy una de las más prestigiadas de España por calidad académica, gestión administrativa y ordenada limpieza de su campus. A su llamada acudimos unos cuantos políticos y profesionales de la diplomacia para integrar su Consejo de Política Internacional, como él acudió a la mía para presentar en el Congreso de los Diputados unos importantes y desconocidos escritos de Pablo de Azcárate. Y fue en la misma sede de la Carlos III cuando la Fundación Humanismo y Democracia que yo presidía otorgó sus premios al mérito constitucional a los entonces expresidentes del Congreso de los Diputados: Fernando Álvarez de Miranda, Félix Pons, Landelino Lavilla y el mismo Gregorio. Un conjunto de próceres, dicho sea de paso, digno de recordación.

Hacía tiempo que no le veía. En la distancia hablé con él para hacerle llegar mi dolor por el fallecimiento de Gregorio, su padre, y de Isabel, su madre, figuras ambas para mí próximas y queridas. Le invité en varias ocasiones a visitarme en Washington, aun sabiendo que tenía como principio inconmovible el nunca viajar en avión. Seguí con pena su última deriva agnóstica y anticlerical, que me pareció poco se correspondía no ya con el Gregorio ferviente católico que en otros tiempos conocí sino con la persona de moderación y equilibrio en que siempre le tuve. Y creo que se equivocó al aceptar el desempeño de la Alta Comisaría para las Víctimas del Terrorismo que le encargó el Gobierno Zapatero.

Pero en este momento de la verdad postrera, cuando todo se matiza y resume, Gregorio Peces Barba, mi amigo Gregorio, en su tiempo compañero del alma del que todavía tantas cosas me quedaban que hablar, se nos ha ido y yo quiero aquí rendir homenaje a su generosidad, a su voluntad fraternal, a su ánimo integrador, a su empeño ilustrado, a sus aportaciones a la Historia de España. Y aunque él no lo hubiera ahora querido, yo rezaré para que su alma sea acogida con misericordia en el Seno de los Justos. Se lo merece.

Javier Rupérez, embajador de España.

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