Mi odiado camarada

La máxima inquina la reservan los comunistas a los anarquistas. Les molesta desde su chulería a su libertad, individual y colectiva. De ahí que su política con ellos sea muy simple: aniquilarlos, como hicieron con el POUM durante la guerra civil española e hizo Stalin con todos sus agentes al regresar, temeroso de que se hubieran contagiado del virus español. Con los socialistas, en cambio, sienten algo muy distinto: rivalidad, antagonismo, odio incluso si son socialdemócratas al considerarles «lacayos del capitalismo». Con buenas razones: se disputan el mismo electorado, la clase trabajadora, y comparten símbolos -la bandera roja, el puño en alto-, profetas -Marx, Engels, Lenin-, principios -el materialismo histórico, las contradicciones del capitalismo-, e incluso el nombre: no olvidemos que el primer Estado marxista-leninista se llamaba Unión de Republicas Socialistas Soviéticas, no «Comunistas». Aunque los socialistas estaban en la cárcel, en Siberia o en una tumba colectiva.

Se debe a un rasgo del comunismo poco estudiado y menos difundido: más que un partido político, es una religión. Laica desde luego, pero con sus dogmas; su clase sacerdotal jerarquizada, el partido; sus herejes, los disidentes: sus mártires, los caídos por la revolución e incluso un objetivo «asaltar el cielo», pero en este mundo y en esta vida, sin esperar a la siguiente. Su nomenclatura, desde luego, vive ya en él. El resto puede esperar y andarse con cuidado ya que liberales, progresistas, socialistas y otras variantes de la izquierda no son considerados dignos de participar en el gobierno e incluso de alzar la voz. De ahí que las purgas sean tan frecuentes como espectaculares, recuerden lo ocurrido a los trotskistas y a los seguidores de Beria. Gobiernos de coalición entre comunistas y socialistas no los hubo nunca en la URSS y en Occidente sólo en situaciones prerrevolucionarias con predominio de los comunistas aunque tuvieran menos apoyo entre el electorado. Los Frentes Populares siempre han sido manejados por ellos.

He necesitado tan largo prólogo al analizar la actual política española para destacar su anormalidad. Tenemos un gobierno de coalición -algo raro en España- entre socialistas y comunistas, raro en el mundo, con los socialistas dirigiendo, raro en la Historia. Para explicarlo no tengo más remedio que acudir a ella y enseguida nos damos cuenta de que el socialismo español, el PSOE, es un partido muy peculiar, Fundado en 1879 por Pablo Iglesias, un tipógrafo, especie de élite en el mundo obrero, aunque autodidactas (conocí los tiempos en que los linotipistas -el diccionario de la RAE siempre a mano- al convertir en plomo los artículos de los periodistas, corregían nuestras faltas sintácticas y ortográficas) sostuvo que España necesitaba una profunda evolución socioeconómica, pero no una gran revolución. No por estar contra ella, sino por pensar que todos los intentos de traerla se estrellarían contra las pétreas estructuras vigentes. En esto divergía de los primeros movimientos obreros españoles, entusiasmados por el cambio total de Bakunín. Iglesias, por el contrario, era un marxista concienzudo, ortodoxo, enterado de la doctrina de Marx, por haberlo leído, de que para llegar a la revolución proletaria, hay que pasar por la revolución burguesa. Que España aún no había tenido. Fue una batalla que libró toda su vida, jalonada de éxitos lentos, pero seguros, como la creación del sindicato UGT, la obtención de una concejalía en el Ayuntamiento de Madrid y, finalmente, en 1910, un escaño en el Congreso, el primero logrado por la izquierda. Pero el forcejeo continuaba entre posibilistas y radicales, con agrios debates, sobre todo con el triunfo de la Revolución Rusa, que terminaría con la escisión de los comunistas (1921). El golpe de Primo de Rivera trajo la colaboración socialista con la dictadura en sus aspectos más sociales, pero lo que luego se han llamado «las dos almas del PSOE» no hacían más que acentuarse y distanciarse. La salud de Iglesias había declinado mucho pero nunca dejó la presidencia del partido ni del sindicato. Que al morir (1925) dejase al frente de ambos a Julián Besteiro, un profesor de Lógica, indica que don Pablo fue fiel a sus ideas hasta el final.

Pero los tiempos eran todo menos lógicos y proclamada la II República, el cisma dentro del PSOE era total, con clara ventaja de la rama militante, capitaneada por Largo Caballero, (el Lenin español). Nada la ilustra mejor que el alzamiento en Asturias y Cataluña, contra el gobierno de la República en octubre de 1934, a cargo del PSOE y de los independentistas catalanes, por haber entrado en él el partido ganador de las elecciones (la CEDA). Señal de que los socialistas moderados habían perdido la dirección del partido. Algo que confirmó que las juventudes socialistas, capitaneadas por Santiago Carrillo, se pasaran en bloque al partido comunista.

Durante la Guerra Civil, el PSOE sólo tiene cargos de relumbrón, ya que el protagonismo comunista, respaldado por el apoyo soviético a una República que se desangra por su forcejeo interno no hace más que acentuarse. Aunque en el último minuto vemos reaparecer a Besteiro para poner fin a la carnicería en una defensa de Madrid ya sin sentido. Tampoco bajo el franquismo su actividad fue destacada y sólo en su etapa final, en plena guerra fría, Washington encarga a un Bonn en plena desnazificación, establecer un puente con los jóvenes socialistas para evitar que en España ocurra lo que en Italia: que el partido comunista sea el más votado. Brandt toma bajo su tutela a Felipe González, que tras abundantes viajes a Alemania y Estados Unidos, termina diciendo «prefiero morir de un navajazo en el Metro de Nueva York que vivir en Moscu». Luego en el Congreso Extraordinario de su partido en 1979, envía a Marx a las bibliotecas, «donde pertenece». En 1982 gana las elecciones por mayoría absoluta y gobierna 14 años en la más pura línea socialdemócrata. Pero que la otra alma del PSOE seguía activa lo demuestra que, en 2004, gana las elecciones un socialista de corte muy distinto. No resulta exagerado decir que el objetivo oculto de José Luis Rodríguez Zapatero es «la Memoria Histórica», un oxímoron, ya que la memoria es individual, y la historia, colectiva, lo que significa que hay tantas historias como individuos. Quise decir que el verdadero objetivo era ganar la guerra civil medio siglo después de haberla perdido. Un imposible, pero su sucesor Pedro Sánchez logra al menos un sucedáneo: sacar a Franco de su monumento; el Valle de los Caídos. Su otro logro es más rotundo: formar gobierno con unos comunistas, tan avergonzados tras el desplome de la URSS que se han buscado otro nombre: Podemos.

Cómo funcionará, no lo saben ni ellos. Son camaradas y enemigos al mismo tiempo. La experiencia advierte que siempre que coincidieron, los comunistas se han impuesto. Pero ha cambiado tanto el mundo que ni de la experiencia podemos fiarnos. Chocaría que, tras liberarse los países del Este europeo del comunismo, en la punta occidental, un país desarrollado que ha conocido la democracia se hiciera comunista. Aunque podría atribuirse a que no es tan demócrata como parecía. O al Spain is different.

José María Carrascal es periodista.

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