Mi patria es el teatro

Por César Antonio Molina, director del Instituto Cervantes (EL PAÍS, 24/11/06):

La calle Vaugirard es una de las más largas de París. Va desde el Boulevard de Saint Michel hasta la Plaza de la Puerta de Versalles, atravesando y cruzándose con otras vías de gran relevancia como la de Montparnasse afeada por ese inmenso rascacielos que, a comienzos de los años sesenta del pasado siglo, marcó el final de la bohemia en este barrio del Monte Parnasso dedicado a Apolo. Durante el primer medio siglo XX, Montparnasse fue un floreciente centro artístico y literario.

Vaugirard atraviesa Montparnasse. El número que yo busco está entre esta intersección y la que provoca de nuevo el Boulevard Pasteur. Este trozo de Vaugirard tiene un aire popular y está presidido por el Hospital Necker donde murió Joseph Roth. El número 148 hace esquina. En el sexto piso vivió, por tres décadas, María Casares (de cuya muerte se cumplen 10 años estos días), y en él murieron su madre y su padre, Santiago Casares Quiroga, el último presidente del Consejo de Ministros de la Segunda República. Llegada María a París con su madre, en el mes de noviembre de 1936, se refugiaron en el pequeño hotel París-Nueva York, sito en el edificio colindante.

Subo en el ascensor hasta el sexto piso. Me adentro en el largo piso y llego hasta el fondo, hasta la pequeña habitación donde murió el político republicano español. El apartamento, a pesar de que ahora está diáfano, no era muy grande ni acogedor.

De entre los personajes que pasaron por esta casa, la historia de Nina es emocionante. La joven judía que acogieron tantas noches y que, finalmente, fue detenida en una redada por los nazis. Gloria Pérez, la madre de María, moría en 1946, cinco meses después de la llegada de Santiago Casares de su exilio en Inglaterra; tenía tan sólo cincuenta y dos años. Cuatro años después la siguió su marido, que había tenido que atravesar el Canal de la Mancha para evitar su detención y probable reenvío a la España franquista. Santiago Casares pasó cuatro años de exilio (de “doble exilio” habla María) en Dormers, cerca de Londres, en la casa alquilada por Juan Negrín. Gloria y María se quedaron varias semanas en Burdeos, en una modesta casa en Lacanau-sur-mer y, poco tiempo después, regresaron a París, instalándose en el sexto piso del número 148 de la calle Vaugirard. Gloria Pérez falleció de un cáncer de estómago en el Hospital Curie. Fue enterrada en el cementerio de Montparnasse. Santiago Casares, esos cuatro últimos años de su existencia en París al lado de su hija fue “feliz”, a pesar de la memoria, de la nostalgia y de la enfermedad pulmonar que lo llevaría finalmente a la tumba. Casares conoció y trató a los amigos de su hija: Gérard Philipe, Jean Barrault, Albert Camus y tantos otros escritores y gentes del cine y del teatro. Casares hizo algunos viajes con María, entre ellos, uno a Roma, en 1947. Por aquellas fechas, María se encontraba en Italia trabajando en el rodaje de La cartuja de Parma.

Entre cascotes y a cielo abierto creo encontrarme en la habitación doble que daba a la calle Vaugirard y aquella otra que daba al callejón del Enfant-Jésus y al depósito de cadáveres del Hospital Necker. La pequeña habitación es como un nicho. La eligió porque estaba muy cerca del cuarto de baño y aislada de los ruidos de la casa. Aquí agonizó, recluido en su celda de Vaugirard, “limpio y claro de espíritu y de cuerpo”, son palabras de María. Su padre era flaco, no muy alto, de nariz afilada, ojos vivos, melancólico y nervioso, tuberculoso crónico y fumador empedernido. Culto con clase, gran lector y de amplia cultura, con un sentido crítico muy agudo. “Mi padre no parecía español: en su vestimenta, en sus modales, en sus hábitos, en sus ideas. Empezó a vivir en francés medio siglo antes de llegar aquí”, escribe María en sus memorias.

Retorno al portal y, de nuevo, salgo a la calle Vaugirard. La atravieso y me pongo en la acera de enfrente. Justo en este mismo lugar estuvieron esperando la salida del cadáver un grupo de republicanos exiliados españoles. María les había negado la entrada en el apartamento y les había prohibido que la acompañasen al entierro. La actriz hace las siguientes terribles reflexiones: “Odiaba a España entera, a ese pueblo enfangado para siempre en su propio menosprecio, su desdén y la vana jactancia con que se complace en desperdiciar aquello mismo que debería enorgullecerlo”. Casares fue enterrado junto con su mujer en el cementerio de Montparnasse.

Desde el año 1950, en que murió su padre, hasta el año1971, siguió viviendo allí María Casares. En Residente privilegiada establece una cartografía de los lugares de su memoria que no son tanto países y ciudades, sino las casas en donde vivió. La casa de la calle Panaderas número 12, en A Coruña; el hotel Florida y los pisos de las calles Alfonso XI y Alfonso XII de Madrid y el apartamento de Vaugirard. La casa natal la recuerda la actriz como “una casa grande con dos amplios pisos, y un bajo alquilado. Daba por un lado a la calle y por el otro a un jardín cerrado por paredes chorreantes de hiedra y madreselva”. La casa de los Casares en A Coruña está también ahora en obras para el futuro Museo de la República.

El hotel Florida (residencia de los corresponsales de guerra y lugar donde se desarrolla la obra de teatro de Hemingway La quinta columna), en la plaza de Callao de Madrid, no existe. Era un edificio bellísimo que se debía a la imaginación del arquitecto gallego Antonio Palacios. María lo describe como un gran hotel moderno, confortable, de movimiento y aspecto internacionales, repleto de gente por los vestíbulos y los pasillos. En este lugar pasaron temporadas, sobre todo, mientras su padre estuvo detenido en la Cárcel Modelo.

En Residente privilegiada habla del pequeño apartamento de la calle Alfonso XI, cerca del Retiro y del Museo del Prado, y de otro, también pequeño, en la calle vecina Alfonso XII. Madrid lo recuerda María con cierta alegría de niña adolescente aunque va descubriendo las complicaciones familiares. María estudió en el Instituto Escuela.

Desde Madrid, desde París, María seguía pensando en sus casas. Los recuerdos de estos lugares la embargaban hasta tal extremo que decide romper con ellos. Y así confiesa: “Nací en noviembre de 1942 en el teatro Mathurins. Mi patria es el teatro; y los dramas, las tragedias, las farsas, melodramas, sainetes, comedietas, milagros o misterios, toda la comedia humana, en fin, que en él se representa, es la que vivo”. Expatriada del mundo tomaba como única nacionalidad su arte, que no tenía geografía ni lugar, sino que los abarcaba todos. “Sí, Francia me acogió, y a mi familia también, desde el primer momento con los brazos abiertos. Y si no me nacionalicé francesa fue por mantener encendida la llama del exilio, del destierro, de la solidaridad. En cambio, cuando murió Franco, pensé en adquirir la nacionalidad francesa sin renegar de mi país y me casé con André, mi compañero, para unirme más con Francia y dar una forma legal a lo sentimental. De todas maneras, uno vive en el mundo, en Europa. No se puede decir categórica y excluyentemente: soy española, soy francesa. En realidad, desde 1942, mi patria es el teatro, que es universal”.

En Francia, María Casares destacó muy pronto como actriz teatral. Debutó en el año 1942 con una obra del irlandés John Millington Synge, Deirdre des douleurs. Al año siguiente interpretó el papel principal en El viaje de Teseo de George Neveux. En Residencia privilegiada, María cuenta la comida que a su madre y a ella les dio el embajador de España en Francia, José María Lequerica. Tuvo lugar en el restaurante Tour d’Argent. El motivo era convencerlas para que regresaran a España y María pasase a ser la estrella del más importante teatro oficial de Madrid; “a pesar de la amabilidad -incluso nobleza- del diplomático, le hice comprender gentilmente que no deseábamos volver a verle”. Su gran consagración se produjo cuando, en el año 1944, interpretó El malentendido de Albert Camus. En esas mismas fechas, cuando se iniciaba ya el final de la guerra, comenzó también su relación sentimental con este novelista y autor teatral de ascendencia española. Este vínculo amoroso la marcaría muy profundamente. Cuando la guerra terminó, a comienzos de mayo de 1945, María actuaba en las últimas representaciones de Federico, de René Laporte, y había concluido el rodaje de Las damas del bosque de Bolonia. A partir de entonces su carrera de éxitos se prolongaría no sólo a través del teatro, sino también en infinidad de grandes películas. Una vez, a la pregunta de si le gustaría que los restos mortales de sus padres fueran trasladados a A Coruña, ella contestó: “No soy amiga de los traslados funerarios. Creo que hay que dejar a las personas en el lugar donde fallecen. Pero es que, además, París para mis padres significó el exilio de la Guerra Civil. Igual que para Azaña Montauban. Hay que dejar a los muertos en paz”.