Mi revolución sin mí

Chávez cambió la historia de Venezuela. Su muerte también. Los próximos meses son cruciales para saber si los pilares de su revolución bolivariana permanecen o se esfuman.

Hugo Chávez irrumpió en la política y enamoró a muchos venezolanos porque supo crear una alternativa ante aquella democracia pactada que alimentó a una clase política corrupta. Su llegada al poder fue la última estocada a unos partidos políticos que representaban a muy pocos y de los que se beneficiaban aún menos. De la mano de su revolución bolivariana y sus misiones, los marginados políticos y económicos se convirtieron en actores políticos. Ya nadie podrá volver a ignorarlos. Y este es su legado más importante: la expansión de derechos políticos y sociales a los ciudadanos más pobres de ese país tan rico. Nadie osará quitarles esos derechos y los que vengan en el futuro tendrán que construir sobre esa base. Sin embargo, la fortaleza de la revolución se medirá por la capacidad que tengan estos ciudadanos de ejercer sus derechos.

Pero en estos días esta ampliación de derechos sociales y económicos se encuentra en un segundo plano. Oficialismo y oposición piden calma, unión, prudencia. En los 14 años de gobierno de Chávez sus logros se desnivelaron con la polarización que ha impregnado a la sociedad. El caudillismo encendió un imaginario de amigos y enemigos, de revolucionarios y reaccionarios, de patriotas y traidores. Sectores que se identificaron profundamente con la lógica y la retórica del chavismo conviven con los oportunistas que se vieron generosamente retribuidos por su temporal fidelidad al régimen. Y ahora, sin la mediación constante ni el carisma del líder, esos diferentes grupos luchan por espacios de poder.

Los primeros indicios no son muy alentadores. La interpretación de la Constitución y la hipotética asunción presidencial de Chávez el pasado enero dan lugar a que algunos consideren que Diosdado Cabello, el presidente de la Asamblea, debe asumir hasta una nueva convocatoria electoral. Otros creen que es el vicepresidente Nicolás Maduro quien debe estar al frente del Gobierno. Tras esta discusión se entrevé la pelea entre fracciones del PSUV, algo que Chávez intentó desmontar al legar anticipadamente el poder a su excanciller. Estas opiniones distintas parecen indicar que el presidente convaleciente no preparó el camino para el día siguiente.

Las próximas semanas nos irán desvelando si Chávez trabajó arduamente para planificar una transición ordenada. Por ejemplo, ¿han existido intentos para institucionalizar su partido como instrumento político para extender su legado? O tal vez, consciente de su carisma, haya entendido que sin sus arengas, discursos y actos multitudinarios, mantener la polarización era perjudicial para la democracia y la continuidad de sus conquistas y, por ello, el mandato a su sucesor fue que suavizara las confrontaciones y sumara a los desconfiados. ¿Ha sido Chávez capaz de construir una transición ordenada que garantice que sus logros no desaparezcan y que sus sucesores sean capaces de mejorar lo ya logrado? Uno de los riesgos es que los militares se constituyan en mediadores entre las distintas fracciones del Gobierno y del partido. Sin duda, el papel de las fuerzas armadas será crucial para que se cumpla con esa demanda de transición ordenada, como así también su actitud frente a la posibilidad de perder los privilegios obtenidos bajo Chávez.

Si Chávez se fue sin dejar una estrategia institucional para fortalecer la revolución bolivariana, su legado ratificará una vez más los altos costos del caudillismo, del presidencialismo exacerbado y de los abusos de poder. Si su revolución no le sobrevive es porque las transformaciones no fueron más que modificaciones que dependían casi con exclusividad de su persona. Las revoluciones narcisistas desaparecen, se volatilizan.

Descubrir que la revolución bolivariana fue solamente una ilusión pasajera será un legado preocupante, porque Chávez movilizó a los marginados, los ciudadanizó, les enseñó sus derechos, sus posibilidades y los educó. Descubrir que sin el líder sus derechos se evaporan sería una herencia absurda y una frustración permanente.

Por esto, su fallecimiento pone a Venezuela y a su revolución en una encrucijada. Para los venezolanos, pero también para los países de la región que se entrelazaron con la política de esta revolución, la fortaleza de su legado adquiere una relevancia angustiante. Gabriel García Márquez lo sintetizó maravillosamente en 1999, cuando, luego de realizar un viaje con Chávez, escribió: “Me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”.

Rut Diamint, profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad Torcuato Di Tella de Buenos Aires. Laura Tedesco, profesora de Ciencia Política en Saint Louis University / Madrid Campus

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