Miami multirracial, multicultural

No sé el origen del último chisme que circula en Miami a propósito del nuevo presidente, pero en cualquier caso compendia el espíritu que ha propiciado el cambio de esta ciudad. En manos de los republicanos durante decenios gracias en parte a los cubanos nostálgicos de la época anterior a Castro, Miami ya no es el lugar del exilio dorado de la derecha bushista; se ha hecho demócrata: se cuenta que un hombre llega a la puerta de la Casa Blanca y toca el timbre: el agente de seguridad le pregunta qué desea.

– Ver al presidente George W. Bush.

– ¡Pero si Bush ya no es presidente! Se ha ido.

El hombre se va y vuelve al día siguiente planteando la misma pregunta. El agente se incomoda y le dice: “Bush ya no es presidente, se ha ido y ahora es Obama el presidente de Estados Unidos”. El hombre sonríe. Vuelve un tercer día y solicita de nuevo ver a Bush. El agente se enoja aún más y clama: “¡Bush ya no es presidente, el presidente es Barack Hussein Obama!”. El hombre le da las gracias. El agente le pregunta: ¿por qué hace esta pregunta? El hombre le contesta que porque le complace oír tal respuesta, porque le gusta oír que Bush se ha ido y que Obama es el presidente.

El agente, sonriendo, le dice:

“Volverá mañana, ¿verdad?”.

El estado de Florida prefirió Obama al candidato republicano; es la primera vez desde la elección de Kennedy.

Fue, también, el fracaso de los cubanos de la vieja generación, que siempre han sido de derechas. En noviembre, fueron sus hijos y nietos quienes mostraron su pasión por Obama. Puede comprobarse en la calle y observarse en los rostros. Los negros se sienten a sus anchas, han alcanzado un orgullo y dignidad de los que antes carecían. Los mestizos se sienten asimismo reconocidos en esta ciudad donde han sentado sus reales colosales fortunas, especialmente latinoamericanas. El barrio de la Pequeña Habana es risueño y popular. La comunidad colombiana celebró en él su carnaval, todos cantaban y bailaban como si se tratara de una fiesta de liberación. Los cubanos enriquecidos se comportan con discreción, sobre todo ahora que Obama no tardará en suavizar el embargo contra Cuba, si no lo levanta totalmente. Rush Limbau, un periodista airado, aúlla literalmente en una emisora de radio local: “¡Esperemos que Obama fracase! Obama es un error”, etcétera, para mofa de la audiencia.

En esta ciudad turística, y pese al hecho de que sea la segunda plaza bancaria de Estados Unidos y la primera por lo que se refiere a la relación con Latinoamérica, la gente se manifestó contra la guerra de Israel en Gaza (hecho excepcional); pintadas y eslóganes en las paredes exigen que se juzgue a Bush (un sueño); en tanto, ha llegado la crisis y la población ya vive de manera diferente, consciente de que no la esquivará a menos que otorgue a Obama su voto de confianza, hasta el punto de que un amigo me confiesa: “Se espera todo de él, es demasiado para una sola persona”.

Se palpan los efectos de la crisis. Mi hijo de once años, con el que he ido a un McDonald´s, me dijo que seguro que sería mucho mejor que el de París. Entre los clientes, parejas de clase media si no burguesa. La vida se ha puesto cara. Los grandes almacenes, a pesar de las rebajas y descuentos, están medio vacíos. Una vendedora nos ha propuesto incluso hacernos una rebaja del 20% sobre el precio ya rebajado. Se ven, junto a las cajas registradoras, pequeños botes de ayuda para personas sin casa. Por otra parte, se nota que es menester liquidar los stocks para evitar el cierre del comercio. En la avenida Lincoln se ven tiendas cerradas.

Los barrios residenciales, feudo de las estrellas de la canción y de las series de televisión, están supervigilados. Le vuelven la espalda a la crisis. Miami es el centro de la economía de lo superfluo y del placer: primer puerto de cruceros del mundo; industria del espectáculo; sede de Telemundo, Univision, Sony Latino y CNN en español; foco de turismo sexual o de la tercera edad…

El hotel Biltmore, construido en los años veinte del siglo pasado, sigue siendo una curiosidad en esta ciudad de rascacielos y arquitectura futurista. El rey de España, Juan Carlos, se aloja en él cuando visita la ciudad. Magníficos jardines, campos de golf…, en suma, todo el lujo del mundo pero a la antigua usanza, como en una novela de Scott Fitzgerald.

Esta ciudad crecientemente hispanizada (¡ciertos espacios públicos precisan que se habla inglés!) es una ciudad multicultural y multirracial; se han contado 68 nacionalidades y una treintena de lenguas. Más del 20% de la población es afroamericana (la media nacional es del 12%) y el racismo es más una expresión de la pobreza que del color de la piel; la mayoría de tal población vive en el área de Overtown, Miami. Como me dice un profesor de universidad, “estamos en una generación posracial; a la gente no le preocupa el color de la piel ni tiene ganas de discutir sobre esta cuestión; fíjese en el Gobierno de Castro, no incluye un solo negro, pero aquí todo está cambiando tras el discurso de Obama, que por cierto fue elegido sin utilizar esa palanca”. “Nuestros problemas son sociales y formativos, no raciales”, concluye.

Puedo corroborar que no he encontrado signos evidentes de racismo en Miami como pueden observarse en otros países. El mestizaje es una realidad. He preguntado a estudiantes universitarios: ni uno solo que sea de padres cien por cien estadounidenses blancos. Me han preguntado por las revueltas juveniles en las barriadas francesas; a ellos les cuesta comprender esta discriminación y algunos han recordado las revueltas de los años ochenta en Miami. Pero, para ellos, ya es historia.

La presidenta de la Universidad de Miami, Donna Shalala, es de origen libanés. Fue secretaria de Salud y Servicios Sociales durante los dos mandatos de Bill Clinton, un hecho en absoluto extraordinario para nadie. Obtiene recursos para su universidad sin que se repare jamás en sus orígenes; la facultad de Medicina de esta universidad es la segunda en tamaño del país y figura entre las diez mejores. Los estudiantes pagan una media de 40.000 dólares y sus prestigiosos profesores son contratados a precio de oro. No obstante, Miami quiere ser mediterránea, ciudad atrayente y de intensa vida nocturna. Su cielo azul, el mar, las playas, los clubs propician que Miami, con crisis o sin ella, cante y baile. A veces se abate un huracán sobre ella llevándose por delante unos cuantos árboles y viviendas. Sólo los banianos, cuyas raíces forman nuevos troncos, resisten a la fuerza de los elementos.

La belleza de esta ciudad relativamente reciente se halla en la luz, en la visión del mar y de algunos islotes; en su vegetación y en su paisaje humano de diverso color, mestizo y joven que muestra sin temor sus diferencias y peculiaridades.

Meha encantado oír cómo los estudiantes de literatura comparada diseccionaban varias novelas mías, leídas en francés en una universidad tan grande y variada. He ido a Miami a hablarles y he comprobado cómo jóvenes nacidos de matrimonios mixtos estadounidense-cubanos o afrohaitianos se dan cita en novelas escritas por un marroquí, lejano en términos geográficos pero próximo por la imaginación y la ficción. Así es esta ciudad, abierta al mundo y a su complejidad. En ella ya no se discute sobre la sociedad multicultural; el multiculturalismo se vive de manera natural. Y lo propio cabe decir de esta sociedad multirracial.

Tahar ben Jelloun, escritor y miembro de la Academia Goncourt. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa.