Miedo a deliberar

Recuerda Amartya Sen, citando a John Stuart Mill, que la democracia es gobierno por discusión. De aceptarlo, cabría preguntarse hasta qué punto nuestra democracia responde al modelo. La respuesta depende de lo que entendamos por discusión. Si limitamos el concepto a la libre exhibición de antagonismos en la arena política, podríamos contestar afirmativamente. Si, por el contrario, entendemos la discusión como deliberación, la cosa ofrece dudas más que razonables. ¿Alguien recuerda una deliberación digna de tal nombre sobre el copago sanitario, los trasvases del agua o las balanzas fiscales?

En un ensayo reciente, Félix Ovejero sostiene que, en el interior de grupos que comparten moderadamente ciertas ideas, el debate se halla condicionado por sesgos de confirmación; esto es, por una disposición a recoger solamente argumentos y datos favorables a los puntos de vista previos. Este fenómeno refuerza las convicciones de partida y tiende a polarizar a cada grupo en torno a las posiciones más extremas de aquellas que integran su universo ideológico. En general, somos mejores analizando y criticando posiciones ajenas que manejando autocríticamente las propias. Por eso, la verdadera deliberación exige la evaluación mutua de argumentos. «La clave no está en que existan diversos argumentos -subraya Ovejero- sino argumentos que se confronten».

Pero evaluar recíprocamente y confrontarse exige escuchar los argumentos contrarios antes de rebatirlos. En nuestra esfera pública -como en el lenguaje común- hemos banalizado la noción de escucha, haciéndola equivalente a mera audición. Oír, oímos, desde luego. El ruido acompaña como nunca a la expresión de las distintas posiciones, especialmente en los medios y en la red. Sin embargo, la escucha es casi inexistente. La discrepancia se despacha con rapidez recurriendo a la descalificación ideológica, cuando no a sumarios juicios de intenciones. Y, como quien no escucha tiende a dar por hecho que él tampoco será escuchado, renuncia de antemano a hacer grandes esfuerzos para convencer. El debate político acaba así en un ritualizado diálogo de sordos.

Si lo que cuenta no es convencer, lo importante, en cambio, es comunicar, verbo icónico de nuestro tiempo. Hacerlo, eso sí, del modo más ruidoso posible. Conceptos simples, de alto contenido simbólico, sustituyen al razonamiento. La movilización de las emociones suplanta a la invitación a discernir. La construcción de un cliché negativo del adversario precede a la exaltación simplificada de la propia identidad. Las ideas se convierten en mensajes. Los discursos, en «relatos». Los argumentos, en «argumentarios». Las redes sociales han llevado el fenómeno a su expresión más estilizada. ¿Hay algo más banal y previsible que el tuiteo de un político en ejercicio?

El que las cosas sean así en las disputas de los partidos y sus portavoces es malo, pero hasta cierto punto comprensible. En la esfera pública, los partidos ocupan el espacio más cercano a la lucha por el poder y no les resulta fácil esquivar los peajes que la mercadotecnia política y sus sacerdotes imponen a la competencia electoral. Siendo esto pernicioso, lo es más que otros actores renuncien a su vez a deliberar. Tengo la impresión de que estos años de crisis están acentuando en los medios, en los grupos sociales, en los foros de opinión e incluso en la academia la tendencia al alineamiento, la trinchera y el cierre de filas. Nos hemos acostumbrado a descontar con naturalidad en quienes informan o se pronuncian en público un sesgo partidista que induce a clasificar las opiniones, las relativiza y exime de tomarlas demasiado en cuenta.

Este antagonismo esencialista esconde dos paradojas. La primera es que el fondo ideológico de las controversias se muestra más diluido que nunca. Si la opinión sobre los impuestos, los recortes o los residuos nucleares depende, como hemos constatado, de que se esté en el Gobierno o en la oposición, la cosa no da para ponerse estupendo y dedicarse a arrojar principios inconmovibles -un titular tras otro- a la cabeza del adversario. Justo cuando lo que de verdad delimita los planteamientos son distinciones de énfasis, de método de cálculo, de perspectiva, de matiz, lo que se lleva es agrandar la discrepancia y recrearse en ella, practicando lo que Freud bautizó -e Ignatieffaplicó luego a la política- como «narcisismo de las pequeñas diferencias».

La segunda paradoja es que corren malos tiempos para las respuestas categóricas a los problemas que nos aquejan. En momentos en que la incertidumbre y la complejidad se adueñan del escenario, resulta algo ridículo pretender blindar los inventarios de soluciones propias para evitar que se contaminen con las del adversario. Tal vez, en el fondo, tras este declive de la deliberación pública se esconda el temor a perder las identidades y referentes que nos han proporcionado seguridad a lo largo de los años. Como expresaba brillantemente hace poco Aurelio Arteta, «evitamos exponernos a compartir ideas, ¡no sea que tuviésemos que modificar alguna…!»

Francisco Longo, director del Instituto de Gobernanza y Dirección Pública de Esade (URL)

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