Miedo ante la amenaza del cambio

“La política es el arte de lo posible”, según R.A. Butler, político inglés de los años 50 y 60 del último siglo, a quien el partido conservador negó el liderazgo por su fama de soñar con medios de colaborar con socialistas y liberales. Tal vez, siguiendo el modelo de Butler -practicando el pragmatismo, intercambiando concesiones, buscando creencias compartidas, logrando compromisos- algunos problemas aparentemente insuperables de la política de hoy resultarían manejables: el Brexit, por ejemplo, el secesionismo catalán, los fanatismos terroristas, el chavismo, la anomalía de Corea del Norte, los impasses de Palestina y Ucrania. Desgraciadamente, estas son dificultades relativamente triviales si se los compara con los retos verdaderamente profundos que afrontan el mundo. Por eso, lo que nos hace falta en la actualidad es un arte de lo imposible.

El problema económico fundamental del mundo, por ejemplo, es el de la distribución de riqueza, no sólo entre las regiones pobres y ricas, sino también entre las clases desiguales de los países desarrollados. Durante la mayor parte del siglo XX las diferencias venían a ser cada vez menos escandalosas, debido más que nada a las grandes guerras mundiales, regionales y civiles que aumentaron el valor de la mano de obra. Pero esta fase se acabó en términos mundiales en los años 80 del siglo pasado. Y se inició otra, de transferencia masiva de recursos a favor de los ricos y de empobrecimiento relativo de la inmensa mayoría de las poblaciones de los países industriales. En Europa y Norteamérica, hemos vuelto al patrón de antes de la Primera Guerra Mundial, con desigualdades parecidas a las que dieron lugar a los movimientos revolucionarios de los míseros de la tierra que destruyeron los antiguos regímenes de zares y emperadores. Mientras tanto, el desequilibrio mundial se ha puesto cada vez peor -por lo menos para los campesinos de enormes zonas de África y Asia, donde resulta difícil ganarse la vida o eludir la dependencia-. Hasta ahora, gracias a la mejora casi universal del nivel de prosperidad en gran parte del mundo, se ha mantenido la paz social. Pero la envidia es la consecuencia natural de la desigualdad, y, tarde o temprano, la violencia será la consecuencia inevitable de la envidia. Por ahora, nadie sabe evitarlo.

Íntimamente relacionado con el problema de la desigualdad es el del consumo. Contrariamente a lo que se suele decir, las presiones que sufre el medioambiente mundial no surgen del enorme aumento de la población mundial, sino del nivel insostenible del consumo medio individual. En el siglo veinte la población mundial subió de alrededor de 1.600 millones a unos 6.000 millones -o sea, casi se cuadruplicó-, cifra inquietante, que disparó temores maltusianos y provocó programas de control de natalidad, pero que se mantuvo cómodamente dentro de los límites de los recursos del planeta. Mientras tanto, el nivel medio del consumo se multiplicó por casi veinte, o sea, cinco veces más que el aumento de la población. Y como saben todos, casi todo ese consumo desproporcionado tuvo lugar en unas pocas zonas privilegiadas, sobre todo en Norteamérica y Europa. El problema es francamente imposible de solucionar. Otros pueblos del mundo exigen su derecho de saciar sus deseos tanto como los occidentales. Los chinos, los indios, los latinoamericanos se están acercando ya hacia niveles de consumo parecidos a los de los EEUU El deseo es irrefrenable. Las democracias no aguantarán la austeridad extrema que nos sea preciso para conservar un planeta habitable. Hasta ahora ni hemos pensado seriamente en buscar una solución. Seguimos confiando en milagros tecnológicos todavía no realizados, que, en un futuro optimista pero poco creíble, multiplicarán la productividad de la tierra. La historia tecnológica nos muestra, empero, que aun consiguiendo tales remedios, la solución es sólo temporal: cada avance tecnológico trae consecuencias inesperadas y supone nuevos problemas.

El mayor problema demográfico del mundo no es el aumento de población: si pudiéramos corregir la distribución de recursos y de consumo, cabría muchísima más gente. Es el envejecimiento de la población en general que constituye la dificultad insoluble: insoluble para los sistemas de bienestar social; insoluble para las estructuras de la salud pública; insoluble para el mantenimiento de la eficacia de las familias como base de una sociedad factible; insoluble para las economías que quedarán sin suficiente mano de obra activa; insoluble, a fin de cuentas, para los políticos que no pueden decir a sus constituyentes, “Vuelvan Vds. a una valorización positiva de la muerte, como sus antecesores medievales”, o “dejen Vds. de buscar la salud, para que podamos rebajar el coste de los tratatamientos médicos”. Tal vez se mejoraría si los viejos del mundo desarrollado estuvieran dispuestos a dar la bienvenida a inmigrantes desde África, donde hay abundante mano de obra joven. Pero esta solución, aun si fuera admisible, se agotaría cuando el rumbo demográfico africano dejara de ser distinto. Teóricamente, los gobiernos occidentales podrían animar a sus ciudadanos a reproducirse con desenfreno; pero ya sabemos que tal cosa no va a suceder.

El consumo desenfrenado amenaza nuestra seguridad en todos los sentidos: social, político, enérgico, medioambiental. Pero existen otros problemas medioambientales que son literalmente fuera del alcance de seres humanos: el cambio climático, que a fin de cuentas depende del Sol -la estrella que somos absolutamente incapaces de controlar pero que rige nuestras vidas con un determinismo que sorprenderá aun al astrólogo más crédulo-. Tenemos que luchar contra todas las prácticas humanas que empeoran el clima del mundo, pero quedamos a la disposición del Sol. La evolución microbiológica, también, parece poco sumisa a nuestros intentos de intervenir; sólo podemos estar atentos para cuando se inicie una nueva peste -y luego, sauve qui peut.

En el fondo de todo, está el problema de las aceleraciones de cambios de todo tipo. Las culturas experimentan unas sacudidas cada vez más repentinas, exhaustivas, y transformadoras. Antes mediamos tales cambios en siglos y, en los últimos tiempos, en generaciones. Ahora lo hacemos en décadas, años, estaciones, o meses. Una semana, cuenta el dicho inglés, es mucho tiempo en la política actual. El ritmo del cambio ha llegado a unas velocidades extremas: tan extremas que en poco tiempo el mundo acabará irreconocible para el que resucita, digamos, de un coma o se despierta un sueño prolongado.

Habitamos el mundo de Rip van Winkle, aunque no hace falta pasar los siete años que éste pasó dormido para salir conmocionados del encuentro con un entorno descaradamente nuevo. Es por eso que sentimos ese “temblor” ante el futuro que describió el sociólogo Alvin Toffler: esa mezcla de miedo, desconcierto y resentimiento ante noticias inesperadas, molestas y subversivas de nuestras sensaciones de seguridad y complacencia. Cuando sentimos la amenaza del cambio, nos precipitamos al pánico. Reaccionamos como un bebé que se aferra a su chupete. Sucumbimos ante populistas ruidosos y las soluciones simplistas que éstos proponen: un muro, un referéndum, una guerra. Buscamos el refugio de realidades incómodas en mitos irrealizables, tales como la autarquía de los brexiteros, la edad de oro de los soberanistas, la utopía unánime de los fanatismos, la morada casta y pura de la cual se excluye los inmigrantes, los disidentes y los extranjeros. Se lanzan guerras para defender culturas destinadas a cambiarse, o para sujetar recursos en vías de extinción. No existe una estrategia política para combatir el miedo, ni para arrostrar los cambios que lo provocan. Todo lo contrario: paradójicamente tenemos que mantener las aceleraciones, improvisando nuevos cambios para corregir, uno por uno, los efectos de los últimos que hayan surgido.

Así que cuando los políticos del mundo contemplan sus dificultades con estrategias económicas a corto plazo, ajustes fiscales, contiendas territoriales, guerras inacabadas, obligaciones hacia refugiados necesitados, enfrentamientos con terroristas o secesionistas, brexiteros o dictadores o regímenes violentos y rechazadores de valores civilizados, esperamos que intenten practicar el arte de lo posible. Y cuando fracasan o se desesperan, pensamos en las tareas que quedan por cumplir para quien descubra practicar la del imposible.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU)

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