Mierda de artista

Si hay una palabra a la que el tiempo  ha ido dando un significado sorprendente es la de artista. Dejó de tener el sentido antiguo, ligado al buen hacer, los conocimientos y la creatividad. Un artista pasó a ser el que hacía algo fuera de lo común, cualquiera que fuera eso: desde el circo hasta el robo de carteras. ¡Es un artista! ¿Quién no ha escuchado alguna vez eso referido a todos los gremios, incluido el delincuente? El arte, reconozcámoslo, ha perdido mucho de su empaque, aunque siga conservando cierto tronío y haya diversificado el campo de sus dominios. Sara Montiel es una artista, Barbra Streissand una actriz, y sin embargo las dos cantan.

El folklore español introdujo una variante que se consolidó hasta convertirse en paradigma de muchas ambiciones populares. “Mamá, yo quiero ser artista”. La frase se incorporó a la leyenda.

Cuando éramos niños los de mi quinta, existía una expresión, deliciosa en su polisemia, que era la de “canción ligera”. Había muchos premios a la “canción ligera” y por tanto muchos cantantes dedicados “al género ligero”. Hoy se consideraría políticamente incorrecto e incluso les parecería ofensivo a sus fans. Ocurre con Joaquín Sabina, por ejemplo, si usted se toma la molestia de leer sus versos – publicados en editorial de postín-con toda probabilidad se quedará anonadado, expresión pedante para describir lo indescriptible. Sin embargo, a mi gustan sus canciones, pero cabe admitir que de puro pobres no soportan la lectura en seco.

Quizá sean un reflejo de nuestra cultura y eso explique por qué buena parte de nuestra educación musical melancólica, es decir, las canciones que más nos gustaron en nuestra adolescencia, estaban cantadas en inglés, idioma del que no entendíamos nada.

Teddy Bautista fue el compositor de moda en España hacia 1968 por un éxito que en castellano resultaba de un tanto vulgar aunque muy apropiado para la época – Arrodíllate-pero que en inglés sonaba a exótico – Get on your knees-.Formaba parte de un “conjunto” – entonces no se decía “grupo”-que se llamaban The Cannaris, que todos entendían que eran canarios de las islas. Yo por entonces no los seguía mucho, por no decir que no tenía ni zorra idea, pero me fascina la evocación; es un vicio de la edad. Quizá por eso me gustaría que alguien, con conocimiento y causa, me contara la historia que va de Los Canarios a la SGAE, esa institución centenaria que siempre fue, desde que tengo noticia, un comedero.

Incluso soy miembro de la SGAE y no porque haya escrito libros. (Nunca entendí por qué si escribía libros no formaba parte de la Sociedad General de Autores y sin embargo era absolutamente obligatorio si uno escribía una letra de canción, una obra de teatro o un guión de cine). Me temo que no haya ninguna historia decente sobre la SGAE, pero de seguro que constituiría una aportación fundamental sobre el estado de nuestra cultura desde el final de la guerra civil. No logro recordar cuándo entré por primera vez en la sede de la SGAE, un coqueto edificio madrileño que parecía un escenario pensado para rodar películas de época.

Pero sí tengo en mi memoria una especie de taquillas en un mostrador alargado donde a primeros de mes se apalancaban unas señoras fondonas haciendo cola, a las que los veteranos del lugar denominaban “viudas de pasodoble”.

Venían a cobrar los derechos de autor que sus deudos – padres, maridos, amantes-les habían dejado en herencia, y como es lógico pensar ahí debían estar las usufructuarias de los grandes éxitos de nuestra música más racial, los pasodobles Manolo el Chocolatero,Marcial eres el más grande y Suspiros de España.Esa historia no escrita de la SGAE nos podría iluminar sobre un hecho sorprendente, y es el peso definitivo que tenían en la Sociedad General de Autores los compositores de “canción española”, producto musical entonces muy frecuentado. Ese, por cierto, era el género fundamental que definía a “los artistas”. Más de media España nunca consideró a Picasso un artista sino un pintor, y eso en el mejor de los casos. Una artista, la artista por antonomasia, era Lola Flores. Lo decía ella misma.

Que el asunto del arte y los artistas tenía mucha miga y que la SGAE era una auténtica panadería, lo atisbé cuando un día en una conversación banal, a la que ellos no dieron importancia, escuché, no sé si al gran Rafael Azcona oal propio Berlanga, que lo mejor para salir con buen pie económico de una película era no ponerle música, porque así no pagabas los derechos musicales, que equivalían a lo mismo que los del guionista. Hay películas de Berlanga sin fondos musicales, cosa que la verdad no había percibido hasta que ellos me lo señalaron. Viejas historias de trampas entre tramposos.

Lo que está ocurriendo ahora en la SGAE tiene sin embargo algo que llama la atención. La desvergüenza de los protagonistas, esa especie de aval que se conceden unos a otros basándose en la amistad, el compadreo, la solidaridad gremial, y cierto halo político tejido en la complicidad con el poder. Arrodillémonos todos porque “los artistas” han descubierto la teoría de la conspiración, la mano negra, en expresión infeliz de Víctor Manuel, cantante, productor y socio. Ese tránsito de la farándula divertida y cómplice a la denuncia universal eleva de grado la golfería de aquellos que han disfrutado de la cercanía al mando político, al que han servido y del que se han servido, según corresponde a quienes viven del espectáculo. Los periodistas, salvo excepciones muy puntuales, no pertenecíamos al gremio del espectáculo hasta que aparecieron los tertulianos. Había los “caretos” que salían en televisión, pero eso tenía poco que ver con el periodismo.

Y es que ahora que les han pillado con la mano negra en la caja, no sé si a todos, a casi todos o a un puñado de compadres, concluyen que se trata de una conspiración. Si nos fijamos un poco y nos atenemos a las historias de corrupción y colusión con el poder en España, resulta que todos aquellos que se han aprovechado de las regalías de la administración, alegan que lo suyo no es robar, ni estafar, ni aprovecharse, sino sencillamente venganzas de sus enemigos políticos. Y a lo mejor hasta es así, lo cual nos situaría en muy mala posición para la decencia. ¿Usted ha desviado fondos y se ha beneficiado de su posición de privilegio? ¿Si, o no? En este momento sale la mierda de artista que todos llevamos dentro, y dicen: “Más roban otros y no les pasa nada”.

La verdad es que los niveles han bajado mucho. Ni siquiera tienen que ver con aquella brillante invención del malogrado Piero Manzoni cuando en 1961 aportó al mercado del arte sus 90 latas de Merda d´artista.Hay un museo en Barcelona que compró una, yme he enterado que en una subasta reciente la lattina di merda de Manzoni alcanzó los 124.000 euros. Si será verdad que la realidad nos deteriora, que yo mismo pensaba dedicar este artículo a los “Retratos de artistas”, una excepcional colección de fotografías de Jordi Belver que se puede ver en Caixa Manresa, y sin embargo he derivado en el comedero artístico de la SGAE, donde las empresas bajo sospecha tienen nombres como Micromega, Hipotálamo, Microgénesis y Perseo, y donde la pareja de principales implicados fueron militantes de la CNT anarquista. Antes un radical le ponía a su hija el nombre de Electra, ahora se lo coloca a una sociedad participada. El descubrimiento de los mercados, y sobre todo los digitales, no deja títere con cabeza; nunca mejor dicho.

Sí, es curioso que haya que ir a Manresa para contemplar los 50 retratos de artista que les sacó Jordi Belver. Hay dos impresionantes. El de Jorge Oteiza, jugando con tres dedos en el aire, con mirada socarrona y maléfica. Y otro de Antonio Saura, en París, tocado por la muerte inminente y la mala leche congénita. Sí, resulta curioso que haya que ir a Manresa para ver una exposición importante, pero es bueno para la salud cultural. Lo inquietante es tener que pasar del retrato de artista a la mierda de artista.

Gregorio Morán

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