Miguel Ángel Blanco, yo estuve allí

El 11 de julio de 1997, el entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, dijo horas antes de la mayor manifestación de la historia organizada en Bilbao, que el 12 de julio no podía ser “un día más”. Y no lo fue. Aquellos cuatro días de julio de 1997 mantuvieron en alerta a toda España por la vida de Miguel Ángel Blanco Garrido, hasta entonces un anónimo concejal del PP en Ermua, secuestrado, torturado y asesinado por ETA.

El día anterior a la petición de Mayor Oreja, la noticia del secuestro me pilló en Santurce, donde trabajaba en un pequeño reportaje para un medio local. El anuncio de asesinato a cámara lenta con cuenta atrás me recordó a los casos del ingeniero de la central de Lemóniz, José María Ryan, y el del capitán de Farmacia, Alberto Martín Barrios, secuestrados y asesinados por las dos ramas de ETA en 1981 y 1983. También me acordé de Josefa Murúa, odontóloga, madre de cinco pequeños y esposa de Ryan. Todavía me encogen el alma las imágenes de aquella mujer coraje con sus hijos, agarrada a la esperanza hasta el último minuto.

Tenía 12 años y recuerdo que me enfadé con mis padres porque no me llevaron a la manifestación en Bilbao para pedir su libertad, con miles de personas bajo una lluvia torrencial y los insultos de los palmeros de ETA. También se me hace imposible de olvidar las fotos del capitán Martín Barrios, asesinado en una caseta al borde de una pista forestal, en Galdácano. Aquellas páginas de La Gaceta del Norte del 20 de octubre de 1983 fueron imborrables en la memoria de un chaval de 15 años.

A primera hora del sábado 12 de julio no tenía muchos datos para el optimismo. La noche anterior, las fiestas locales en Santurce y otros municipios continuaron como si el secuestro de Miguel Ángel Blanco fuera una anécdota secundaria. Las primeras luces del día anunciaban por fin una jornada de playa que podría reducir significativamente la asistencia a la manifestación. Pero no fue así. Sirva como dato ilustrativo que los trenes que salían de Santurce (a 15 kilómetros de Bilbao) llegaban llenos a la mitad de su recorrido hacia la capital vizcaína. En Bilbao, cientos de personas caminaban por las principales arterias de la villa hasta la plaza del Sagrado Corazón, lugar de salida de la marcha.

Parte de los asistentes ovacionaron al presidente del Gobierno José María Aznar y su Ejecutivo cuando iban hacia la cabecera. Además, los manifestantes rompieron el silencio de otras convocatorias contra ETA en las que no se alzaba la voz. Todo terminó con una desgarradora petición de Mari Mar Blanco pidiendo la vuelta a casa de su hermano. Después las calles de Bilbao quedaron desiertas en medio de un calor sofocante, como si la calma precediera a la tempestad que vendría desde Lasarte.

Una hora antes del ultimátum de ETA, por medio de un amigo logré colarme en la sede del PP, donde vivimos los acontecimientos. Todavía recuerdo la cara de horror del entonces presidente del Senado, Juan Ignacio Barrero, pegado a una pared observando impotente las lágrimas y gritos de dolor de algunas afiliadas a Nuevas Generaciones. Carlos Iturgaiz salió de su despacho desencajado, con el entonces vicepresidente Francisco Álvarez-Cascos, hacia San Sebastián. En la sede popular se vivió lo mismo que en Ermua cuando el alcalde Carlos Totorika comunicó el asesinato de Miguel Ángel Blanco.

Al día siguiente, varios dirigentes del PP vasco me pidieron que leyera en la plaza Moyúa de Bilbao el comunicado que había redactado Gesto por la Paz. Varias cámaras de televisión lo pusieron en directo para toda España. Cuando me puse delante de miles de personas se me hizo un nudo en la garganta que me impedía leer con fluidez en euskera. Los aplausos de los concentrados y los gestos de ánimo de Juan María Atutxa, Carlos Iturgaiz e Isabel Tocino me ayudaron a terminar de leer con calma en castellano aquellas interminables líneas.

Siempre suelo contar que puse de mi cosecha un “¡Viva la Libertad!”. Me salió de dentro porque se lo había escuchado al histórico socialista Ramón Rubial en el funeral de Fernando Múgica, asesinado por ETA un año antes. Rubial siempre fue para mí un ejemplo de honradez y compromiso con la democracia, una democracia que no existía en el País Vasco porque habíamos pasado, sin solución de continuidad, de la dictadura de Franco a la dictadura de ETA. El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue el principio del final de la dictadura de ETA y de toda su red de aprendices, predicadores y chivatos.

Todavía la pesadilla duraría catorce años más, 76 asesinatos más, algunos de los cuáles me tocaría contar en directo. Ser periodista en el País Vasco o Navarra era un oficio muy arriesgado, estuvieras contando un atentado con o sin víctimas mortales. Es misión imposible poner límites a tus sensaciones y emociones cuando te toca contar el asesinato de una persona, si tienes claro que ante el terrorismo no se puede ser nunca como el juez de silla de un partido de tenis.

Eso está bien para los políticamente correctos, para los de la bisectriz entre el nacionalismo moderado y el radical, para los que supuestamente no estaban ni con las víctimas ni con los verdugos. Esos siempre terminaban haciendo suyo el libro de estilo de los abertzales más ultras y siempre estaban más cerca de los verdugos que de sus víctimas.

El intervalo entre la complicidad y la cobardía moral ha tenido muchos abonados en el País Vasco y en Navarra. Los días del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco estuve allí, para vivirlo, para sentirlo, más que para contarlo. Eso me toca ahora. Hemos ganado a ETA su guerra con las armas del Estado de derecho. Ahora nos toca ganarle en su paz con las armas del relato y la memoria. Los que estuvimos allí tenemos que recordarlo y contarlo como fue.

Gorka Angulo Altube, periodista. Actualmente desarrolla su labor profesional en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo.

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