¿Mil primaveras más?

Al día siguiente de su triunfo electoral, Núñez Feijóo anunciaba la derogación del decreto del gallego antes del nuevo curso académico para garantizar los “derechos civiles” de los padres. Días más tarde, en la radio que tanto ayudó a su agresiva campaña, presionado para que garantizase en vivo y en directo, la “libertad lingüística”, un Feijóo más bajo de bilirrubina se excusaba diciendo que no podía duplicar el sistema educativo. Y es cierto. La ley de normalización lingüística aprobada por Fraga en 1993 prohíbe de manera expresa la segregación de alumnos por aulas o centros.

Curiosa paradoja: para cumplir sus compromisos de campaña con los civil rights de los padres que así lo demandan, Feijóo tendría que derogar la ley Fraga antes que el decreto de Touriño y Quintana. La vida es una tómbola.

A días de su toma de posesión, pocos agitan ya el fantasma de la imposición lingüística. Su secretario general, Alfonso Rueda, ha pasado de ir de comparsa de Rosa Díez en una micromanifestación de Galicia Bilingüe, a proclamar que el programa del PP no es la segregación educativa defendida por esta asociación de autodeclaradas víctimas del gallego. La propia portavoz bilingüe, Gloria Lago, ha probado en sus carnes la teoría de Warhol y los 15 minutos de fama: de estrella mediática en campaña, ha derivado en una de esas visitas incómodas que todos hemos padecido, también Núñez Feijóo. Con la mosca detrás de la oreja por tanta frialdad, ya han advertido que vigilarán el cumplimiento de las promesas lingüísticas. ¿Qué ha pasado para que los partidarios del llamado “bilingüismo cordial” hayan ido del afecto al si te he visto, no me acuerdo? Han pasado las elecciones y, sobre todo, la verdad de la penosa situación del gallego, que, para ser la lengua opresora, se amenaza fundamentalmente a sí misma.

La última entrega del mapa sociolingüístico de Galicia, distribuida de manera casi clandestina por la Real Academia Gallega para no meterse en líos durante la contienda electoral, certifica la tendencia marcadamente descendente del gallego, así como el relativo fracaso del sistema educativo y las políticas lingüísticas. Por no hablar de las probadas nulas habilidades de quienes pretendían imponerlo: uno de cada 10 menores de 18 años no ha recibido educación alguna en ese idioma, pese a obligarlo la ley de normalización de 1993. Los datos no suponen novedad ni sorpresa alguna, tampoco para Feijóo y su partido.
El plan de normalización lingüística aprobado por unanimidad en el Parlamento en el 2004, a iniciativa del último Gobierno de Fraga, suscribe evidencias como que el sistema no garantiza la competencia de los alumnos en ambas lenguas , solo en castellano; la pertinaz resistencia en los centros privados a cumplir la ley; la preocupación por el envejecimiento del idioma –los jóvenes que lo usan regularmente se sitúan 10 puntos por debajo de la media–, o su acelerado decaimiento en las ciudades –menos del 30% manifestaba utilizarlo a diario–. Incluso se define como un problema la falta de percepción del gallego como un elemento identitario.

La receta consensuada por los tres grupos presentes en la Cámara era clara: reforzar la base legal de apoyo al idioma propio de Galicia, asegurar al menos un tercio de horario de educación infantil en gallego y un equilibrio al 50% en el resto del currículo académico, fijar la obligatoriedad de conocerlo para los docentes y un modelo de políticas activas de promoción y valorización social de la lengua. Literalmente, las medidas establecidas para el sistema educativo por el famoso decreto 124/2007, a derogar por poco menos que traer el apocalipsis del castellano.

Para explicar tanto meneo lingüístico entre Feijóo y los suyos sería ingenuo quedarse en la probada utilidad electoral de olvidar en la oposición cuanto se decía en el Gobierno y viceversa. Fraga implementó una política de normalización lingüística más simbólica que efectiva, pero generó un marco regulativo favorable al gallego y nunca rompió la conexión con la identidad.

El giro imprimido por Feijóo en materia lingüística excede el mero oportunismo electoral. Rompe frontalmente con esa estrategia de compromiso simbólico y supone otra vuelta de tuerca en la genovización del PP gallego. La derecha gallega ha mudado su visión y su propuesta. Para su Gobierno, la normalización y la igualdad de oportunidades entre ambas lenguas ya no será un objetivo de interés general, ni siquiera una responsabilidad de la Xunta. Será una decisión individual de cada uno que se compromete a no estorbar e, incluso, dentro de un orden, a promocionar y apoyar.

Seguramente, la aguda prosa de otro conservador gallego, el genial Álvaro Cunqueiro, ayuda a entender mejor estos cambios. Cunqueiro dejó escrito que si de él algún día, después de muerto, se quisiese hacer un elogio, podría decir en su lápida “Aquí xace alguén que coa súa obra fixo que Galicia durase mil primaveras máis“.

Algo me dice que, aun siendo ambos de derechas, las prioridades de Don Álvaro y Feijóo no son las mismas, por desgracia para esa otra patria que es nuestra lengua, que también escribió el creador de Merlín, o encantador.

Antón Losada, periodista