Milagro y maldición

Por Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 22/05/08):

Si en este año 2008 fuese posible adoptar un punto de vista exclusivamente histórico, es decir, no partidista, el 60º aniversario de la creación del Estado de Israel merecería sin duda ser celebrado como uno de los acontecimientos más sorprendentes y cargados de consecuencias del siglo XX. Pocas veces un territorio tan exiguo ha suscitado tantas y tan contradictorias pasiones. Se trata a la vez de la creación de una nación, de una sociedad democrática y de la realización de un sueño milenario. George Washington afirmaba que lo que más le excitaba era tener en sus manos el destino de un proyecto del que aún no se sabía si llegaría a concretarse en un conjunto nacional o no. Por otra parte, el de la Tierra Prometida es un mito común a judíos y norteamericanos.

Y también se trata de la supervivencia de un pueblo que, tras escapar al exterminio, ha superado el rechazo de todos sus vecinos. Asimismo se trata, y esto suele olvidarse demasiado a menudo, de la milagrosa resurrección de una lengua, el hebreo, hasta ahora refugiada en la liturgia. Los mayores lingüistas de nuestro tiempo son capaces de decirnos cuántas lenguas mueren cada día en el mundo, pero ninguno había previsto la resurrección de una de ellas.

Una vez dicho todo esto, hay que señalar que esta celebración coincide con un fenómeno no menos extraño que el resto: nunca se había visto en un periodo histórico tan corto a las élites abocadas a semejante ejercicio de autocrítica, a semejantes dudas sobre la identidad o, más bien, sobre su misión, a semejante necesidad de confesar sus errores, e incluso sus crímenes, tanto en novelas como en ensayos y, sobre todo, en películas. Es muy posible que el Festival de Cannes premie una película israelí de dolorosísima audacia. Todo lo cual no deja de ser un activo en el haber de la sociedad israelí.

Después de rendir homenaje a los milagros del éxito, hay que apresurarse a recordar que la actual celebración de la creación del Estado judío coincide con un duelo en todas las sociedades arábigo-musulmanas del mundo. La palabra árabe para designar esta celebración significa “catástrofe”. Por una parte, se puede afirmar que Israel ha contribuido al triunfo del ser humano sobre la maldición genocida. Pero, por otra, sobre este Estado pesa la acusación de perpetuar la empresa de dominación y alienación que los imperios coloniales británico y francés iniciaron con suprema arrogancia. Finalmente, hoy Israel parece resignada, por su propia seguridad, a servir de manera incondicional los intereses del Occidente proamericano.

Este doble aspecto (emancipación por un lado y colonización por otro) no ha cesado de viciar todos los debates y de justificar todas las iniciativas belicosas de los últimos 60 años. Como es sabido, y a menudo repetido, en el origen del Estado israelí está la famosa declaración que un ministro británico, Lord Balfour, hiciera en favor del establecimiento de un “hogar nacional judío”. A partir de esa declaración, el protectorado británico no dejó de multiplicar sus errores de apreciación. También es sabido que sin la Shoah, las Naciones Unidas no habrían aceptado la división de Palestina en dos Estados y que, tras esa decisión, los Estados árabes, mucho más que los palestinos, cuya sociedad aún no estaba estructurada, se opusieron ruidosa y constantemente al principio mismo de la existencia del Estado judío. Las primeras victorias judías sobre los ejércitos árabes coligados dieron pie al nacimiento de un sentimiento de humillación inalterable, cimentaron el resentimiento y favorecieron el nacionalismo árabe bajo la dirección del coronel egipcio Nasser.

Pero el episodio histórico que rara vez se recuerda, y que supuso la cristalización del nacionalismo árabe y anti-israelí, se produjo en 1956, cuando una expedición, destinada en principio a castigar a Nasser por haberse atrevido a nacionalizar el canal de Suez en su propio país, reunió a los ejércitos de Gran Bretaña, Francia e Israel. Los británicos no admitían que nadie pretendiese perjudicar sus intereses económicos. Los franceses sospechaban que Nasser suministraba equipamientos y armas a los insurgentes argelinos. En cuanto a los israelíes, la interrupción del rearme de Egipto, gracias sobre todo a la Unión Soviética, sólo podía beneficiarles. El trío colonialista había vuelto a formarse. Sería a partir de Suez (1956), mucho más que de la Guerra de los Seis Días (1967), cuando el odio hacia Israel pasaría a ser un componente realmente identitario de la mentalidad árabe. Tanto más cuanto que esta vez, gracias a las conminaciones soviéticas y norteamericanas, es Nasser quien gana. Los 10 años siguientes serían los del triunfo del nacionalismo árabe.

Sólo con la guerra relámpago de los Seis Días y las hazañas de los aviadores israelíes a los mandos de los Mirage proporcionados por los franceses, sólo tras la catástrofe árabe de 1967 el conflicto pasó a ser específicamente israelo-palestino. El líder Yasser Arafat desempeñó un papel en el Tercer Mundo revolucionario que no venía justificado ni por sus ambiciones ni por su genio estratégico. Los palestinos ocuparon el Líbano, instalaron un Estado dentro del Estado y suscitaron guerras civiles e intervenciones extranjeras. Esto en lo que se refiere a los orígenes.

Pero para llegar a la situación actual hay que sobrevolar grandes pasajes históricos. Los dos fenómenos geopolíticos de importancia acaecidos tras el 11-S y la guerra de Irak son, por una parte, la islamización de los nacionalismos árabes y, por otra, una verdadera americanización del sionismo. La guerra de Irak ha sido un desastre del que el Oriente Próximo tardará mucho en recuperarse. Este conflicto ha contribuido a difundir el antioccidentalismo y el antisemitismo a escala planetaria, así como a radicalizar las sociedades musulmanas que ya eran fundamentalistas. Sin la guerra de Irak, Irán no se habría convertido en el árbitro de la paz y la guerra tanto en el Próximo como en el Extremo Oriente.

En cualquier caso, no se puede decir que este aniversario se desarrolle en un clima de paz y esperanza. Contrariamente a lo que acaba de decir Condoleezza Rice, hoy estamos lejos de poder pensar que el conflicto israelo-palestino pueda apaciguarse antes del final del año y del mandato de Bush. Los encuentros entre el primer ministro israelí, Ehud Olmert, y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, no son sino una gran puesta en escena tranquilizadora, anestesiante y engañosa, aderezada de abrazos. En general, estos encuentros tienen lugar cuando los israelíes no acatan las órdenes del hermano mayor norteamericano, que, de repente, frunce el ceño.

Hasta ahora, ninguno de los dirigentes israelíes ha dado muestras de tener intención de congelar las colonias de poblamiento, y aún menos de frenar el avance de las construcciones dentro de éstas. La construcción de un muro para separar Israel de los territorios ha provocado una disminución de los atentados que hace la vida soportable, y hoy es posible escuchar de nuevo en Jerusalén lo que antaño se escuchara en Argel de boca del general Massu: “Después de todo, aquí tenemos muchos menos muertos a manos de los terroristas de los que tienen en otros sitios por culpa de los accidentes de carretera”.

El pueblo israelí quiere la paz. Así lo indican todos los sondeos. Pero no de cualquier manera, ni con cualquiera, ni en cualquier momento. Cuando se plantea la existencia de un Estado palestino, algunos temen que ésta pudiese llegar a ser más peligrosa para su seguridad que los lanzamientos de cohetes de Hezbolá. No hay ninguna razón para creer que las formaciones judías del Likud y los cristianos evangélicos de Washington deseen la constitución de un nuevo Estado que no podría ser sino hostil a Israel.

Menos aún cuando en el lado palestino, ya sea por la falta de autoridad del presidente Mahmud Abbas, o porque los israelíes nunca le han proporcionado los medios para respaldar esa autoridad, no se ve por qué la población tendría que decidir que la no-violencia tiene más ventajas que apoyar las iniciativas o la intransigencia de Hamás. Este último movimiento se ha implantado entre la población con tanto éxito que ha terminado estructurando la sociedad palestina. Seguramente es posible mitigar su rechazo hacia el Estado israelí mediante las proposiciones de tregua que los egipcios, después de los turcos, esgrimen en su nombre.