Miles de ‘odiosos’

¿Quiénes son los ‘odiosos ocho’ de la última película de Quentin Tarantino, con ese mismo título? Todos ellos, los blancos racistas y el soldado negro de la Unión, hombres y mujeres, representantes de la ley y criminales, son igualmente malvados, brutales y vengativos. El momento más patético de la película acontece cuando el oficial negro (interpretado por el excelente Samuel L. Jackson) describe a un antiguo general confederado, con todo detalle y con evidente placer, cómo mató al racista de su hijo, responsable de muchas muertes de negros: después de obligarle a marchar desnudo en medio de un viento gélido, Jackson promete a este tipo blanco, que se está muriendo de frío, que le conseguirá una manta caliente si le hace una felación; pero, después de que se la haga, Jackson no cumple su promesa y le deja morir… Es decir, que en la lucha contra el racismo tampoco hay buenos tipos, están implicados todos con la máxima brutalidad. ¿Acaso la lección de las recientes agresiones sexuales en Colonia no es asombrosamente similar a la lección de la película?

Aun en el caso de que la mayoría de los refugiados que llegan a la Unión Europea sean efectivamente víctimas que huyen de países arrasados, no se sienten impedidos de actuar de manera despreciable. Tendemos a olvidar que no hay nada redentor en el sufrimiento: ser una víctima en lo más ínfimo de la escala social no convierte a nadie en una especie de voz privilegiada de la moralidad y la justicia.

miles-de-odiososAhora bien, esta idea general no es suficiente; hay que observar más detenidamente la situación que dio origen al incidente de Colonia. En su análisis de la situación mundial después de los atentados de París, Alain Badiou discierne tres tipos predominantes de subjetividad en el capitalismo global de hoy en día: el ciudadano liberal-democrático de la ‘civilizada’ clase media occidental; aquéllos que, fuera de Occidente, están desesperadamente ansiosos por imitar el ‘civilizado’ estilo de vida de las clases medias occidentales; y los fascistas nihilistas, aquéllos cuya envidia de Occidente se convierte en un autodestructivo odio mortal. Badiou deja claro que lo que los medios llaman la «radicalización» de los musulmanes es fascistización pura y dura: «Este fascismo es el anverso del frustrado deseo de Occidente que se organiza de una manera más o menos militar según el modelo flexible de una banda mafiosa y con tintes ideológicos variables en los que el lugar que ocupa la religión es puramente formal».

La ideología de la clase media occidental tiene dos características opuestas: exhibe arrogancia y confianza en la superioridad de sus valores (libertades y derechos humanos universales amenazados por los bárbaros foráneos), pero, al mismo tiempo, está obsesionada por el temor a que su limitado territorio termine invadido por los miles de millones de individuos que están fuera, que no cuentan para el capitalismo global porque ni producen bienes ni los consumen. El temor de sus miembros es el de terminar por sumarse a los excluidos.

La expresión más clara del ‘deseo de Occidente’ son los refugiados: su deseo no es revolucionario, es el ansia de dejar atrás su hábitat hecho ruinas e incorporarse a la ‘tierra prometida’ del Occidente desarrollado (los que se quedan atrás tratan de recrear miserables copias de la prosperidad occidental, como esas zonas ‘modernizadas’ de todas las metrópolis del Tercer Mundo, en Luanda, en Lagos…, con cafeterías que sirven ‘cappuccino’, centros comerciales, etcétera).

Sin embargo, puesto que para la gran mayoría de quienes lo anhelan no hay posibilidad de satisfacer este deseo, una de las opciones que quedan es la ‘contramarcha nihilista’: la frustración y la envidia se transforman de manera radical en un odio autodestructivo hacia Occidente; y no faltan quienes se involucran en una venganza violenta. Badiou sostiene que esta violencia es una pura expresión de pulsión por la muerte, una violencia que sólo puede desembocar en actos de (auto)destrucción orgiástica, sin ningún tipo de visión seria de una sociedad alternativa.

Badiou tiene razón cuando subraya que no hay ningún poder emancipador en la violencia fundamentalista, por muy anticapitalista que diga ser: es un fenómeno estrictamente inherente al universo capitalista global, su «fantasma oculto». El hecho básico del fascismo fundamentalista es la envidia. El fundamentalismo echa sus raíces en su mismísimo odio a Occidente. Nos estamos enfrentando aquí al típico deseo frustrado que se transforma en agresividad, descrito por el psicoanálisis, y el islamismo simplemente vehicula la forma de dar sustento a este odio (auto) destructivo. Este potencial destructivo de la envidia es la base de la conocida distinción de Rousseau entre el egoísmo, ‘amour-de-soi’ (ese amor a uno mismo que es natural), y el amor propio, ‘amour-propre’, la pervertida preferencia de uno mismo sobre los demás, en la que una persona se centra no en el logro de una meta, sino en destruir los obstáculos que encuentra ante ella: «Las pasiones primitivas, que tienden todas ellas directamente a nuestra felicidad, hacen que nos ocupemos únicamente de objetivos que se relacionan con ellas y cuyo principio es solamente ‘amour-de-soi’, en su esencia todos son adorables y tiernos; sin embargo, cuando, desviadas de sus objetivos por obstáculos, están más ocupadas con el obstáculo que tratan de quitarse de en medio que con el objetivo que intentan alcanzar, cambian su naturaleza y se convierten en irascibles y odiosas. Así es cómo el ‘amour-de-soi’, que es un sentimiento noble y absoluto, se convierte en ‘amour-propre’, es decir, un sentimiento relativo por medio del cual se compara a sí mismo, una sensación que exige preferencias, cuyo disfrute es puramente negativo y que no se esfuerza por encontrar satisfacción en nuestro propio bienestar sino sólo en la desgracia de los demás».

Una mala persona no es, por lo tanto, un egoísta que piensa sólo en sus propios intereses. Un auténtico egoísta está demasiado ocupado procurando su propio bien como para tener tiempo de causar la desgracia de los demás. El primer y principal vicio de una mala persona es que está más preocupada por los demás que por sí misma. Rousseau describe un preciso mecanismo libidinal: la marcha atrás que genera el desplazamiento de la inversión libidinal del objeto hacia el propio obstáculo. Esto podría aplicarse perfectamente a la violencia fundamentalista, ya se trate de los atentados de Oklahoma o del ataque a las Torres Gemelas. En ambos casos, nos las estábamos viendo con odio puro y simple: lo que realmente importaba era destruir el obstáculo, el edificio federal de Oklahoma City o las Torres Gemelas, no alcanzar el noble objetivo de una sociedad verdaderamente cristiana o musulmana.

Una fascistización de esta naturaleza puede ejercer una cierta atracción en la frustrada juventud inmigrante que no puede encontrar un lugar adecuado en las sociedades occidentales o un futuro con el que identificarse; la fascistización les ofrece una vía fácil para escapar de su frustración: una vida arriesgada, azarosa, disfrazada de consagración religiosa expiatoria, más satisfacción material (sexo, coches, armas…). No hay que olvidar que el Estado Islámico es también una gran empresa comercial mafiosa que vende petróleo, estatuas de la antigüedad, algodón, armas y esclavas, una mezcla de heroicas propuestas mortales y, al mismo tiempo, de corrupción occidental a base de productos.

Va de suyo que esta violencia fascista-fundamentalista es sólo uno de los modos de violencia propia del capitalismo global y que hay que tener presentes no sólo las formas de violencia fundamentalista de los propios países occidentales (populismo anti-inmigrante, etcétera) sino, sobre todo, la violencia sistemática del propio capitalismo, desde las consecuencias catastróficas de la economía mundial a la larga historia de intervenciones militares. El islamo-fascismo es un fenómeno profundamente reactivo en el sentido ‘nietzscheano’ de la palabra, una expresión de impotencia transformada en rabia autodestructiva.

Aun de acuerdo con la idea general del análisis de Badiou, encuentro problemáticas tres de sus afirmaciones. En primer lugar, la reducción de la religión, de la forma religiosa del nihilismo fascista, a una característica superficial de carácter secundario: «La religión es sólo un ropaje, no es de ninguna manera el meollo de la cuestión, es sólo una forma de subjetivación, no el contenido real de la cosa». Badiou tiene toda la razón cuando afirma que buscar las raíces del terrorismo musulmán de hoy en los textos religiosos antiguos (el cuento ése de que «todo está ya en el Corán») es engañoso: en vez de eso hay que centrarse en el capitalismo global de hoy y entender el islamo-fascismo como una de las formas de reaccionar ante su atractivo a través de la conversión de la envidia en odio.

Ahora bien, desde un punto de vista crítico, ¿no es siempre la religión un tipo de envoltorio, más que el meollo de la cuestión? ¿No es en esencia la religión sino una ‘forma de subjetivación’ de los dilemas de la gente? ¿Y no implica eso que el envoltorio es, en cierto sentido, el ‘meollo de la cuestión’, la forma en que las personas experimentan su situación? Para ellos no hay manera de dar un paso atrás y contemplar desde fuera, sea del modo que sea, cómo son en realidad las cosas… De ahí la identificación excesivamente rápida de los refugiados y los migrantes con un ‘proletariado nómada’, una vanguardia virtual de la gigantesca masa de personas cuya existencia no se tiene en cuenta en el mundo tal y como es. ¿No son los migrantes (en su mayoría, por lo menos) los que con más vehemencia están aquejados del ‘deseo de Occidente’, los más inequívocamente esclavos de la ideología hegemónica?

Por último, la demanda ingenua de que deberíamos «ir y ver quién es ese otro del que se habla, quiénes son en realidad. Tenemos que conocer sus pensamientos, sus ideas, su visión de las cosas, e inscribirlos, y con ellos, nosotros mismos de forma simultánea, en una visión estratégica del destino de la humanidad». Fácil de decir, difícil de hacer. Ese otro, como se describe Badiou a sí mismo, está completamente desorientado, poseído por actitudes opuestas de envidia y odio, un odio que expresa en última instancia su propio deseo reprimido de Occidente (que es por lo que el odio se transforma en auto-destrucción). Es parte de una ingenua metafísica humanista presuponer que, debajo de ese círculo vicioso de deseo, envidia y odio, hay un núcleo humano más ‘profundo’, impreciso, de solidaridad mundial. Abundan las historias de que, entre los refugiados, los sirios son en gran medida una excepción: en los campamentos de paso limpian la suciedad que dejan atrás, se comportan de forma cortés y respetuosa, muchos de ellos son bien educados y hablan inglés, con frecuencia pretenden incluso pagar por lo que consumen… dicho claramente, creemos que son como nosotros mismos, como nuestras clases medias cultas y civilizadas.

Está bien visto afirmar que los refugiados violentos representan a una minoría y que la gran mayoría tiene un profundo respeto por las mujeres… Si bien esto es cierto, por supuesto, habría que echar, sin embargo, una mirada más atenta a la estructura de este respeto: ¿qué clase de mujer es ‘respetada’ y que se espera de ella? ¿Qué pasa si una mujer es respetada en la medida (y sólo en la medida) en que se ajusta al ideal de una sirviente dócil, que cumple fielmente sus labores domésticas, de manera que su hombre tiene derecho a explotar furibundamente si ella actúa con plena autonomía?

Nuestros medios de comunicación suelen hacer una distinción entre los refugiados ‘civilizados’ de clase media y los refugiados ‘bárbaros’ de clase baja que roban, hostigan a nuestros ciudadanos, se comportan de manera violenta con las mujeres, defecan en público… En lugar de descalificar toda esta propaganda por racista, se debería reunir el coraje suficiente para discernir el punto de verdad que hay en ella: la brutalidad, incluso la crueldad manifiesta con los débiles, los animales, las mujeres, etcétera, es una característica tradicional de las ‘clases bajas’; una de sus estrategias de resistencia frente a los que están en el poder ha sido siempre una exhibición aterradora de brutalidad dirigida a perturbar el sentimiento de educación de la clase media. Y uno se siente tentado a leer también de esta manera lo que sucedió en la víspera de Año Nuevo en Colonia, esto es, un obsceno ‘carnaval de clase baja’:

«La policía alemana está investigando informaciones sobre decenas de mujeres que fueron agredidas y asaltadas sexualmente en el centro de la ciudad de Colonia durante las celebraciones de fin de año, en lo que un ministro ha llamado una ‘dimensión completamente nueva del delito’. Según la policía, los presuntos responsables de las agresiones sexuales y de numerosos robos eran de origen árabe y norteafricano. Ante la policía se presentaron más de 100 denuncias, un tercio de las cuales estaba relacionado con agresiones sexuales. El centro de la ciudad se convirtió en una ‘zona sin ley’: se cree que entre 500 y 1.000 hombres, descritos como borrachos y agresivos, han estado detrás de los ataques a los asistentes a la fiesta en el centro de la ciudad alemana occidental. Sigue sin estar claro que actuaran como un grupo único o en bandas sin conexión. Las mujeres denunciaron haber sido rodeadas de manera agobiante por grupos de hombres que las acosaron y las asaltaron. Algunas personas lanzaron fuegos artificiales contra la multitud, lo que aumentó el caos. Una de las víctimas fue violada. Entre las que afirmaron que habían sido agredidas sexualmente se encontraba una policía voluntaria».

Como era de esperar, el incidente fue a más: ya se han presentado más de 500 denuncias de mujeres, con incidentes similares en otras ciudades de Alemania (y de Suecia). Hay indicios de que los ataques se coordinaron de antemano, además de que bárbaros anti-inmigrantes de derechas, ‘defensores del Occidente civilizado’, respondieron violentamente con agresiones a los inmigrantes, por lo que la espiral de violencia amenaza con desatarse… Y, como era de esperar, la políticamente correcta izquierda liberal movilizó sus recursos para restar importancia al incidente de la misma manera que lo hizo en el caso de Rotterdam.

Pero hay más, mucho más que eso: el ‘carnaval’ de Colonia debería incardinarse en la larga fila cuyo primer caso registrado se remonta a la década de los 30 del siglo XVIII en París, a la llamada ‘gran matanza de gatos’, descrita por Robert Darnton, cuando un grupo de aprendices de imprenta torturaron y mataron de manera ritual todos los gatos que pudieron encontrar, incluyendo la gata de la esposa de su patrón. Los aprendices recibieron un trato literalmente peor que los gatos a los que adoraba la esposa del patrón, sobre todo a la ‘grise’ (‘la gata gris’), su favorita. Una noche, los muchachos decidieron poner remedio a este estado de cosas, nada equitativo: vertieron en el patio sacos cargados de gatos medio muertos y luego los colgaron en una horca improvisada, los hombres se volvieron locos de alegría, entre el alboroto y las risas… ¿Por qué la matanza les resultó tan graciosa?

Durante el Carnaval, la gente corriente dejaba en suspenso las reglas normales de comportamiento y ceremoniosamente revertía el orden social o lo volvía del revés en procesiones tumultuarias. El Carnaval era la temporada reina en que la hilaridad, la sexualidad y la juventud se desmandaban y el populacho incorporaba con frecuencia a su música vulgar la práctica de torturar gatos. Mientras se mofaban de algún cornudo o de cualquier otra víctima, los jóvenes se pasaban un gato de mano en mano y le arrancaban el pelo a tiras para hacerlo maullar. ‘Faire le chat’, lo llamaban. Los alemanes lo llamaron ‘Katzenmusik’, un término que posiblemente deriva de los maullidos de los gatos torturados. La tortura de animales, especialmente gatos, era una diversión popular en toda la Europa moderna. El poder de los gatos se concentraba en el aspecto más íntimo de la vida doméstica: el sexo. ‘Le chat’, ‘la chatte’, ‘le minet’, significan en el argot francés lo mismo que ‘coño’ en español y durante siglos han cumplido su papel de palabrotas.

¿Qué tal, pues, si interpretamos el incidente de Colonia como una versión contemporánea de ‘faire le chat’, como una rebelión carnavalesca de los menos favorecidos? No ha sido el simple impulso de satisfacción de unos jóvenes muertos de hambre sexual (que podía haberse satisfecho de una manera más discreta, no pública); era por encima de todo un espectáculo público de propagación de miedo y humillación, de exposición de los ‘gatitos’ de las alemanas privilegiadas a una dolorosa indefensión. No hay, por supuesto, nada de redención o emancipación, nada verdaderamente liberador en semejante carnaval, pero así es como funcionan los carnavales de verdad.

Por ello, los intentos ingenuos de ilustrar a los inmigrantes (explicándoles que nuestras costumbres sexuales son diferentes, que una mujer que pasea en público en minifalda y con una sonrisa no por ello está enviando una señal de invitación sexual…) son ejemplos de una estupidez impresionante; ellos ya lo saben y ésa es la razón por la que hacen lo que hacen. Son totalmente conscientes de que lo que están haciendo es ajeno a nuestra cultura predominante, pero lo están haciendo, precisamente, para herir nuestra sensibilidad. Lo que hay que hacer es cambiar esta actitud de envidia y agresividad vengativa, no enseñarles lo que ya saben de sobra.

La difícil lección de todo este asunto es, por tanto, que no basta con dar voz a los menos favorecidos tal y como son: para hacer realidad su auténtica emancipación, tienen que ser educados (por los demás y por ellos mismos) en la libertad.

Slavoj Zizek, filósofo y crítico cultural, es profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Su última obra es ‘Menos que nada’. ‘Hegel y la sombra del materialismo dialéctico’ (Akal)

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