Militares ¿para qué?

Por Jesús Cuadrado Bausela, diputado por Zamora y portavoz del PSOE en la Comisión de Defensa en el Congreso (EL PAÍS, 24/10/05):

¿Qué Fuerzas Armadas necesitamos? Experiencias recientes nos pueden ayudar a despejar esta incógnita. Como aquel terrible genocidio, frío, premeditado, de casi un millón de tutsis en Ruanda, entre abril y mayo de 1994. Hoy sabemos que esta terrible matanza, este holocausto olvidado, podría haberse evitado con apenas 15.000 soldados de la ONU con mandato para imponer la paz. No un poderoso ejército de 200.000, ni de 100.000 efectivos. No, tan sólo 15.000 hermanitas de la caridad frente a un millón de asesinatos. ¿Qué Fuerzas Armadas? A esto se refiere el presidente del Gobierno cuando habla de militares para construir la paz en el mundo. Un cambio estratégico en la política de defensa frente a nuevos riesgos. Ni el choque de civilizaciones, ni los pozos de petróleo, ni las guerras ideológicas. En nuestro mundo, también para España, el más poderoso objetivo geoestratégico, la mayor amenaza a la paz y seguridad internacionales está en la violación de los derechos humanos. “No tendremos desarrollo sin seguridad, no tendremos seguridad sin desarrollo y no tendremos ni seguridad ni desarrollo si no se respetan los derechos humanos”, en palabras de Kofi Annan.

“Una guerra es una guerra”, dice Mariano Rajoy. Pero, ¿qué guerras? Se sigue pensando en las guerras de Clausewitz; actos de violencia destinados a doblegar al enemigo, guerras siempre entre Estados y con reglas conocidas, con un principio y un final bien definidos. Tal vez el desconocimiento de los cambios es lo que confundió a quienes creyeron que había terminado la guerra de Irak, justo cuando sólo empezaba. Las nuevas Fuerzas Armadas deben responder a nuevos criterios estratégicos relacionados con nuevos riesgos, a nuevas necesidades operativas y, en fin, a un conjunto de capacidades que ya no pueden ser las necesarias para unas guerras que no existen. La nueva Ley de la Defensa Nacional responde a una concepción de los ejércitos, apoyada por los españoles, como muestran todos los estudios de opinión sobre la cuestión. Necesitamos unas Fuerzas Armadas capaces de desplazarse en poco tiempo a largas distancias, a veces a muchos miles de kilómetros, para permanecer allí durante mucho tiempo. Ya no son útiles unas Fuerzas Armadas ancladas como árboles en el territorio. Nuestros militares deben adquirir habilidades profesionales que respondan a las nuevas necesidades estratégicas y operativas, en el interior y en el exterior. Cierto que han de estar preparados para el uso de la fuerza, pero los conflictos más habituales a los que han de enfrentarse están cada vez más próximos a funciones de mantenimiento de la paz, con trabajos de policía unas veces, otras con tareas más tradicionales como separar a contendientes o controlar el espacio aéreo, o bien a garantizar la libertad de movimientos, colaborar en la extinción de incendios o ante grandes catástrofes. Han de estar preparados para crear entornos de seguridad en lugares sin Estado, para imponer la paz con intervenciones humanitarias ante genocidios en marcha, o para proporcionar seguridad en un proceso electoral. En fin, nuevos soldados frente a nuevos riesgos.

En esta definición de misiones militares que hace la nueva ley, ¿es Afganistán lo mismo que Irak, como quiere el PP? En concreto, ¿qué hacemos en Afganistán? Allí nos ocupamos de un equipo de reconstrucción provincial, de una operación cívico-militar de ayuda para la que la condición previa es crear seguridad, imposible sin nuestros militares, como demostró la salida de las ONG de la zona por falta de seguridad; nos encargamos de apoyo logístico desde Herat a varios equipos como el nuestro; tenemos un equipo sanitario, así como una unidad de protección y apoyo aéreo; además, de manera temporal hemos aportado, en respuesta a una petición de Kofi Annan, un batallón electoral. Como suele decir el ministro José Bono, estamos donde quieren los españoles que estemos. No se podrá interpretar nuestra presencia allí por egoístas intereses estratégicos de países ricos en una zona del planeta. No, Afganistán no es Irak. ¿Misión de paz o intereses egoístas de países ricos? Para averiguarlo, compruébese si la población nos ve como ocupantes o no.

Lo que algunos parlamentarios españoles pudimos ver el pasado agosto sobre el terreno, en el oeste de Afganistán, no era una relación entre ocupantes y ocupados. Actuamos en uno de esos países sin Estado o con un Estado fallido, con la intención de mejorar la vida de millones de personas sumidas en el círculo vicioso del conflicto, la mala gobernanza y la pobreza. Según datos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, más del 75% de estos Estados frágiles están afectados por conflictos, con grandes movimientos de refugiados, tráfico de drogas y, como en el caso de Afganistán, son utilizados como base de actividad terrorista. Y todos son fuente de emigraciones masivas. En cualquier estrategia para una paz duradera y para la estabilidad en el mundo, la intervención humanitaria en estos países se ha convertido en esencial para la comunidad internacional. ¿Irak? No había armas de destrucción masiva. La paz y la seguridad en el mundo no le deben nada a esa intervención. ¿Afganistán? Es verdad que a muchos les cuesta evaluar un trabajo militar por criterios que no sean los de la eficacia de destrucción propia de las guerras espectaculares, pero, con palabras de George Clemenceau, lo difícil no es hacer la guerra, lo difícil es construir la paz.

¿Para qué las Fuerzas Armadas hoy? Si recordamos el genocidio de Ruanda, podremos concluir que un mundo más digno, y también más seguro, depende en gran medida del empleo adecuado de las Fuerzas Armadas. Un mundo sobre el que ya nos advirtió Kant, en Sobre la paz perpetua, “la violación del derecho en un punto de la tierra repercute en todos los demás”.