Minsk II; ¿Alto el fuego definitivo?

Cuando se escriben estas líneas dedicadas a la nueva fase del conflicto ucraniano, se coincide con el primer día del acordado nuevo alto el fuego entre las autoridades de Rusia, Ucrania, Alemania y Francia.

Sin duda, la esperanza de un pronto desenlace duradero de las hostilidades son más propias de una visión idealista de las Relaciones Internacionales que de una realista; pues siguiendo la cronología de los hechos acaecidos hasta el momento, y sin querer ser de modo alguno pesimista, las prospectivas indican que podría tratarse de un paréntesis de mayor o menor duración, condicionado por el crudo invierno en el país y por la necesidad de los actores intervinientes de buscar puntos de anclaje en la hoja de ruta diseñada para el conflicto.

El año 2014 fue a todas luces significativo de lo citado en el párrafo anterior, pues el día 13 de abril de ese año el presidente interino Alexander Turchínov, decidió ordenar una operación especial ofensiva, denominada “de castigo”, contra las provincias del Este; para ello se destacó un batallón de reserva de la Guardia Nacional ucraniana en la localidad de Slaviansk, que junto a grupos paramilitares vinculados al Sector Derecho, exhortaron a los separatistas de Novorrusia a abandonar los edificios públicos ocupados.

Sin embargo, y una vez elegido nuevo presidente del país, Víctor Poroshenko, con el consejo de las potencias de la UE y de la OSCE, se declaró un alto el fuego hasta el 27 de julio. Desde el primer momento, y con la intención de las partes beligerantes de no dejarse arrebatar los territorios controlados, dicho alto el fuego fue denunciado como falso, continuando los ataques y las acciones armadas por ambas partes.

Un vez comprobadas las deficiencias del Ejército Ucraniano, y la postura del Kremlin de apoyar firmemente a las autoproclamadas repúblicas independientes, se llegó al día 5 de septiembre en Minsk, la capital de Bielorrusia, al llamado Protocolo de Minsk, que implicó a la Federación Rusa, Ucrania y las repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk; donde se exigió el cese inmediato de las hostilidades y alto el fuego verificado por la OSCE, objetivo que a la postre tampoco se alcanzó.

De los doce puntos del citado Protocolo, en el segundo se atribuía a la OSCE el papel de verificación del alto el fuego, mientras que en el tercero se hablaba de una descentralización del poder, arreglos institucionales provisionales que dieran paso a gobiernos locales en las Donetsk y Lugansk, lo que se denominó “Ley sobre el estatuto especial”, el cual fue modificado unilateralmente por el gobierno ucraniano, en medio de continuas violaciones del Protocolo.

El 19 de septiembre del mismo año, y a la vista de los acontecimientos, se procedió al acuerdo de un memorando suplementario, donde entre otros asuntos, se disponía la creación de una zona desmilitarizada de 30 kilómetros de ancho, lo que implicaba que cada bando debía retirar todo el armamento pesado 15 kilómetros hacia atrás de la línea de contacto.

El 2 de noviembre, se celebraron las elecciones generales en Donetsk y Lugansk, y otro de los puntos en discordia fue el intercambio de prisioneros tal y como estipulaba el punto quinto del Protocolo, así como el décimo que se refería a la retirada de grupos armados ilegales y mercenarios.

Con todo ello, ambos bandos encontraron un punto de no retorno; con tropas ucranianas buscando recuperar territorio perdido y tropas rebeldes intentando ampliar por todos los medios posibles sus zonas de influencia. Muestra de ello fue el rebasamiento de las fronteras acordadas el 7 de septiembre en Minsk, así como las acciones ofensivas contra las localidades de Devaltsevo y Mariupol; la primera con el objetivo de enlazar mediante un corredor las dos repúblicas y la segunda con el de unir Donetsk con Crimea y conseguir una salida al mar de Azov. En resumidas cuentas, buscar la conformación completa del mapa de Novorrusia.

Sabedor el gobierno ucraniano de que estaba perdiendo terreno e iniciativa, se aprestó, con el apoyo de la UE, a conseguir un nuevo acuerdo con Rusia, lo que se materializó posteriormente en el llamado Minsk II.

Pero lo actores principales en el conflicto: Rusia, Ucrania, UE, Repúblicas Populares y EEUU; tenían estrategias no coincidentes en muchos casos. Por ejemplo, los EEUU, de la mano de ciertos sectores republicanos y armamentistas, concibieron la idea de suministrar armas al gobierno ucraniano para vencer a los separatistas. Esta opción norteamericana, chocante tras su actuación en el conflicto, supondría a todas luces un incremento en la escalada del conflicto, provocando la reacción similar de Rusia, y de consecuencias imprevisibles; máxime cuando los EEUU han estado pre posicionando fuerzas en un cinturón defensivo que incluye Polonia, Rumanía y Bulgaria. En estos países, sobre todo en los dos primeros, y de un marcado recuerdo negativo al respecto, en las últimas semanas los medios de comunicación nacionales, dedicaron gran parte de su programación a infundir preocupación entre los ciudadanos acerca de las posibles reacciones del Kremlin.

Pero en este contexto, el papel desempeñado por el eje Franco-Alemán, ha sido crucial. No solamente por buscar e incidir en la vía diplomática y la solución política al conflicto; sin alterar los nervios de Putin, reconociendo “de facto” su postura de hechos consumados, e intentando orientar la solución hacia la constitución de una nueva república, que calme los ánimos rusos; sino, y a este respecto, porque Alemania tiene que jugar su papel de liderazgo europeo.

Lo anterior es debido a que el conflicto ucraniano está coincidiendo en el tiempo con la crisis de Grecia, además de la amenaza yihadista; y todos estos factores están trastocando la configuración europea que hasta el momento se estaba desarrollando.

Cuando se decidió ampliar las fronteras de la OTAN y de la UE más hacia el Este, incluyendo a Ucrania, deberían haberse tenido en cuenta el abanico de posibilidades en contra. Una de ellas ya la estamos viviendo, el posible enquistamiento de un conflicto en la Europa Balcánica que deberá aceptar la política de “hechos consumados”, pero ¿hasta cuánto tiempo duraría este frágil equilibrio? ¿la creación de Novorrusia, no modificaría sustancialmente el espacio geopolítico del Mar negro?

Pero como se apuntaba en anteriores líneas, surgió el problema de Grecia, gestado principalmente por los propios griegos, y que podría resultar en la expulsión del país heleno del euro y por ende del entramado comunitario.

Si Rusia y China han prometido ayudar a este país en caso de que sucediera lo que parece inevitable o muy difícil de remediar ¿qué papel podría jugar Grecia como futuro aliado? ¿serviría a Rusia para sobrepasar la línea del Sistema de Defensa Antimisiles Polonia-Rumanía-Turquía? ¿contaría entonces Rusia con los enclaves de Crimea ya unida a Donestk y Lugansk, así como como con el país heleno para controlar la salida por Dardanelos?

Interrogantes y atrevidos planteamientos que se podrán responder en un futuro, así como del verdadero alcance del nuevo acuerdo de Minsk II; éste bajo la sospecha de que se buscarán conseguir los últimos objetivos territoriales secesionistas a costa de las renuncias ucranianas, y que no estarán exentas de provocar futuras crisis internas; todo ello contextualizado en el nuevo papel de liderazgo europeo que le podrá corresponder a Alemania en relación con la Federación Rusa.
Jorge Garris Mozota, comandante de Ingenieros, Doctor en Historia y Politólogo. Máster en Liderazgo, Diplomacia e Inteligencia, CEU-FESEI-IEEE.

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