Minué, vals y rock and roll

Hace tiempo creo que escribí en algún lugar -y si no lo hice, ahora me parece un buen momento para hacerlo- que «bailar es una forma de hacer el amor por métodos pacíficos». Lo que quería expresar con esta cita es que lamento el deterioro de la relación entre ambos sexos que se está produciendo en nuestra sociedad y que, quizá, tal deterioro podría atajarse si bailásemos más a menudo bailes de pareja. Ya sé que ya no se estilan, pero no se tomen a broma mi propuesta.

Si me reencarnase en una segunda vida terrenal, uno de mis propósitos sería el de aprender a bailar. Siempre he sido bastante patoso en esta área de la relación social, y aunque me parece que también lo he sido en otras, me duele especialmente mi incompetencia como bailarín. Bailar ofrece una oportunidad magnífica de abrazar a una muchacha sin levantar sospechas, decirle lo agradable que resulta estar en su compañía sin por ello ser acusado de acosador, e incluso galantearla sin que ello sea juzgado como algo impropio.

Nuestra historia está plagada de magníficos ejemplos de bailes de pareja de los que podemos tomar los ejemplos que más admiro y que contribuyen a sentirme especialmente frustrado en este aspecto de la sociabilidad. Los tres bailes que a mi juicio marcan tres hitos han sido el minué, el vals y el rock and roll. Ojalá pudiéramos recuperar su espíritu y ojalá ello nos sirviera para distender el mal rollo que va creciendo entre hombres y mujeres sin que sepamos muy bien el porqué y del que la violencia machista es su más deleznable -pero no el único- epifenómeno.

El minué es el baile galante por antonomasia. Varón y mujer se emparejan y se separan formando filas paralelas. El trato entre ambos es igualitario y respetuoso; se guarda una distancia prudente. El sosegado ritmo ternario envuelve la danza en una atmósfera de calma. El minué dice que el mundo es como es y por ello sobrevive a la corte francesa del Rey Sol y los salones del XVIII para enraizarse en la música clásica, desde Häendel y Mozart hasta la divina Tercera Sinfonía de Mahler, en la que da su último suspiro dejándonos la nostalgia de una festividad comedida. Después, los modales galantes empiezan a declinar.

El vals, con su grácil ritmo de tres por cuatro, es un canto a la levedad de la vida y a la armonía de los movimientos de la naturaleza. Es una fiesta para la vista; la expresión máxima de la elegancia sin que para eso sea necesario que ella vista de princesa y él de militar de graduación. Basta la música apoyada en las cuerdas y un bien plantarse. El atuendo claramente diferenciado pero siempre con cierta distinción (estamos aún en el XIX) y actitud sobre el escenario distinguen claramente los dos sexos y afirman rotundamente la división del género humano en dos partes iguales (hecho que Freud corroboró a falta de mejores evidencias científicas) a la vez que los hace girar interminablemente como lo hace un planeta alrededor de su estrella. Los bailarines, ahora siempre juntos, a diferencia de la distancia moderada que imponía el minué, no suelen mirarse de frente: giran la vista en direcciones opuestas, como si quisieran con ello abarcar el universo entero. Aún mandan los sueños imperiales.

Con el rock and roll, el ritmo se hace trepidante; pasamos a un cuatro por cuatro rápido, marcado por un bajo preciso, recortado, que no puede faltar nunca; ahí está, de Chuck Berry (Roll over Beethoven) a Elton John (Crocodile Rock) pasando por los Beatles (Dizzy Miss Lizzy) y ELO (Rock & Roll is king). Las parejas visten de modo informal y se miran de frente para pactar los movimientos que se van a ir sucediendo velozmente; él le indica con un gesto mínimo sus intenciones, ella disfruta cuando él la lleva bien. Ambos se concentran, porque aunque en el rock parece que manda él, el tempo visceral y la audacia pertenecen a ella. No me parece acertado que se designen como música rock muchas de las piezas que nada tienen que ver con el genuino rock and roll bailado al estilo de Grease, por ejemplo.

Los tres bailes nos enseñan que puede y debe existir armonía entre ambos géneros independientemente de la distancia que se guarden, de la velocidad a la que se muevan, de hacia dónde dirijan sus miradas, de cómo vistan; nos dan alguna pista para redirigir nuestras conductas, aceptarnos en nuestras diferencias, respetarnos y pacificar nuestros gestos. Y hacernos fiestas y bromas. Y pasarlo bien, que para eso somos a la vez tan iguales y tan diferentes.

Es preocupante que el malentendido creciente entre géneros vaya amputando nuestra espontaneidad y acrecentando nuestros temores. Quizá sea esta una visión masculina del asunto, pero a mi inexperto juicio sería una falacia hacer recaer toda la responsabilidad de la violencia de género sobre el hombre, cuyo frecuente suicidio atestigua una situación de callejón sin salida a la cual se suele llegar al alimón.

Antonio Sitges-Serra, Catedrático de Cirugía (UAB).

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