Miopía energética europea

En Europa, entra el otoño. Y con la llegada del frío aumentan el riesgo y la complejidad de la crisis energética del continente -una crisis de la que no se ve el final-. Aunque la subida de precios actual se le puede atribuir a la guerra en Ucrania, sus raíces son mucho más profundas. De hecho, la lamentable situación en la que nos hallamos es el resultado de la inacción de las autoridades europeas y de su visión de túnel; en concreto, de la falta de creación de una verdadera unión energética y del énfasis ideológico en el diseño e implementación del Pacto Verde Europeo -a coste de las necesarias dimensiones de seguridad y asequibilidad.

La invasión rusa de Ucrania ha aflorado la unión de los europeos en la Unión Europea. También ha contribuido a revivir una relación transatlántica debilitada no sólo por la presidencia de Donald Trump, sino también por la retirada unilateral estadounidense de Afganistán. Y, pese a irritantes concretos como la alianza de defensa AUKUS entre Estados Unidos, Australia y el Reino Unido, (con menosprecio y en detrimento de Francia, y por ende de la Unión), hoy la relación entre la UE y Estados Unidos pasa por su mejor momento en los últimos seis años.

En el frente energético, el gasoducto Nord Stream 2 (que debía transportar gas ruso directamente a Alemania) parece muerto. Es más, se ha suspendido el funcionamiento (al menos por ahora) del gasoducto Nord Stream 1, que llevaba más de una década en operación. La UE exhibe como objetivo -antes inimaginable (y tal vez inviable)- de cortar por completo su dependencia del gas ruso. La magnitud de la tarea ha quedado de manifiesto en el reciente discurso sobre el estado de la Unión de la presidenta de la Comisión Europea,   Ursula von der Leyen, en el que propuso una amplia variedad de medidas energéticas, sin imponer un límite de precio a las importaciones de gas ruso.

Se supone que acelerar la adopción de las fuentes renovables será un paso hacia ese objetivo. Pero la búsqueda de alternativas a los combustibles rusos ha traído consigo otros cambios menos favorables desde el punto de vista climático, entre ellos un resurgimiento del uso del carbón. Sin perjuicio de ello, el elevadísimo precio de la energía es factor determinante de incertidumbre económica en Europa.

A pesar de estos desafíos, no existe una estrategia unificada para encarar la crisis de la energía, por no hablar de materializar la Unión para la Energía promovida en su momento por la Comisión Europea. La oposición del presidente francés   Emmanuel Macron a la finalización del gasoducto Midi-Cataluña (MidCat), con el que se transportaría gas desde las terminales españolas de LNG, y del Norte de África al resto de la UE, es un ejemplo paradigmático de la miopía que aqueja nuestra Unión.

El proyecto MidCat cuenta con el apoyo del presidente del Gobierno español Pedro Sánchez, del primer ministro portugués António Costa y del canciller alemán Olaf Scholz. Y forma parte del REPowerEU, plan para la reducción de la dependencia europea respecto de los combustibles fósiles rusos, como uno de tres «proyectos de interés común existentes» que la Comisión Europea prometió seguir «apoyando y animando».

Pero al mismo tiempo que pide «solidaridad europea», Macron insiste en que el gasoducto «no resolverá el problema europeo del gas». En un discurso que pronunció esta semana ante el parlamento francés, la ministra francesa de la energía Agnès Pannier-Runacher hizo propias las ideas de Macron, al afirmar que el MidCat no representa un «elemento de resiliencia en la crisis energética actual». La realidad es que esta oposición tiene claros elementos de índole interna.

Como el resto de Europa, Francia se enfrenta a una inflación al alza, impulsada por el encarecimiento de la energía. Pero en su caso, la presión se agrava por el parón de la mitad de sus 56 reactores nucleares, que están fuera de servicio por mantenimiento e investigación de problemas de corrosión. Un parón significativo, teniendo en cuenta que el nuclear producía alrededor de dos tercios de la electricidad del país, y le había convertido en el mayor exportador de energía de Europa a lo largo de la última década.

Y Francia se resiente. Según una encuesta reciente, sólo el 51% de la población francesa cree que su presidente está «a la altura» de la situación actual. Así, el rechazo macroniano al MidCat no se puede desligar de la protección del maltrecho sistema energético francés (además de su propia posición política).

Los argumentos del presidente francés contra el gasoducto no son convincentes. En primer lugar, sostiene que los dos gasoductos que ya hay entre Francia y España están infrautilizados, ya que desde febrero han operado al 53% de su capacidad. Pero según fuentes del sector, desde marzo, han funcionado a plena capacidad más del 20% del tiempo. En cualquier caso, la infraestructura energética debe diseñarse con capacidad suficiente para hacer frente a períodos de dificultad extraordinarios; de lo contrario, es inevitable que haya problemas de abastecimiento.

Macron también alega que completar el gasoducto MidCat llevaría demasiado tiempo para amortiguar la crisis actual. Pero peca de cortoplacista. La tensión en la cadena de producción de gas no es coyuntural. Hasta los pronósticos más conservadores nos dicen que los precios del gas tardarán en bajar.

Finalmente, desde París, mantienen que el MidCat es incompatible con los objetivos medioambientales de la UE. Pero la cuestión de la obsolescencia del gasoducto es falsa. No se trata de atar a Europa al gas en el largo plazo. Al contrario, la previsión es readaptar estos ductos (como la mayoría de la infraestructura gasista existente) para el transporte de hidrógeno -que, en palabras de Von der Leyen, podría representar un «punto de inflexión» para Europa-.

El plan REPowerEU promueve inversiones en «infraestructuras preparadas para el hidrógeno» que conecten la Península Ibérica (proyectada como futuro hub energético) con la red europea y permitan aprovechar el «potencial a largo plazo para el hidrógeno renovable». La evidencia científica actual señala que este objetivo no es un pipe dream (el término inglés -quimera, en español- es especialmente aplicable en este contexto): el transporte de hidrógeno a través de gasoductos no sólo es recomendable en términos de transición, sino que es una opción más eficiente -en conservación de energía como en coste- que el transporte mediante cables de alta tensión.

Macron no es el primer dirigente europeo que antepone intereses nacionales -ni será el último-, aunque en público promueva la solidaridad para superar retos compartidos. Este romo “barrer para casa” quedó de manifiesto la semana pasada en la sesión extraordinaria del Consejo de la Energía, cuyo único resultado fue seguir postergando el problema.

La crisis actual tiene que servir para sacudirnos. La UE debe sostener los principios de su política energética -seguridad de suministro y de precio- que han sido olvidados tras años de priorizar la sostenibilidad por encima de todo. Y debe impulsar el progreso hacia una verdadera unión energética.

Cada Estado miembro de la UE seguirá buscando el mix energético que más convenga a sus intereses. Pero nada serviría mejor a nuestros intereses nacionales energéticos que la unidad.

Ana Palacio, a former minister of foreign affairs of Spain and former senior vice president and general counsel of the World Bank Group, is a visiting lecturer at Georgetown University.

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